No te preocupes, no llegará lejos a pie

John Callahan y Donnie, dos hombres tratando de no caer en No te preocupes, no llegarás a pie

El hombre del pelo rojo en silla de ruedas que hace caricaturas irreverentes, voz de la contracultura en Portland, John Callahan… Él es la figura sobre la que gira No te preocupes, no llegará lejos a pie de Gus Van Sant, frase de una de sus viñetas, donde dos vaqueros se encuentran una silla de ruedas vacía y uno de ellos suelta la frase en cuestión. La película se mueve en el universo reconocido del director: personaje al margen, Portland, adicciones, homosexualidad, la búsqueda de la madre, lo creativo… y, finalmente, un optimismo hacia el ser humano, con sus luces y todas las sombras que arrastra.

¿Cómo decide encarar Van Sant el biopic de Callahan? ¿Cómo contar su vida? Se centra en su adicción al alcohol y desarrolla la terapia de los 12 pasos de Alcohólicos Anónimos y el camino personal que emprende Callahan para reencontrarse con él mismo y dejar a un lado la espiral de autodestrucción. Así No te preocupes, no llegarás lejos a pie es un rompecabezas a través de los 12 pasos que va construyendo su vida. Pasos adelante y hacia atrás en el tiempo, no hay orden, según avanza el proceso. Una reunión recoge otra y otra y otra más, como las muñecas rusas, y estas enlazan con hechos pasados, antes del accidente, después del accidente y acontecimientos más recientes. 12 pasos interpretados según Callahan y el grupo en el que participa, con su líder personal, Donnie. Y en el grupo el orden superior es el Dios que quieran, el que les sirva para que su vida no sea lo único que ronde alrededor de ellos, sino que les haga mirar más allá. Y ese Dios puede ser la posibilidad de crear, de trascender su vida, de imaginar (incluso que una madre aparezca desde el más allá), de pintar viñetas con su visión de la vida y unas gotas de humor negro e irreverente.

Pero No te preocupes, no llegarás lejos a pie también son dos rostros: Joaquin Phoenix como Callahan y un irreconocible Jonah Hill como Donnie. Ambos se transforman en sus personajes en su manera de moverse, de hablar, de relacionarse, de vestirse…, de llorar y de mirar. El historietista carismático en su caída a los infiernos, en su freno a la autodestrucción y en la construcción de una vida con posibles momentos de disfrute y felicidad. No deja de ser una metáfora la última secuencia: un Callahan con unos niños que practican con su skate en una rampa improvisada, él los sigue, apuesta por intentarlo —nunca se rinde— y su silla se cae, pero todo el grupo de chiquillos corre a ayudarlo a ponerse de nuevo en pie. Y el líder del grupo de Alcohólicos Anónimos, que aparece como si fuera una especie de hippy guay de vuelta de todo para ir desvelando un personaje frágil, vulnerable, asustado… y tremendamente humano.

Y Gus Van Sant sigue sin miedo cuidando la forma de contar sus historias. De hecho la estructura de la película ya se sale de la trama lineal. O dejando momentos visuales que son poemas en imágenes como la primera aparición de Annu. Annu es solo presentada bajo la mirada de Callahan, es una luz en sus sombras y miedos. Es la posibilidad de salir del tobogán del infierno. Una aparición, que de vez en cuando vuela por los aires. La primera vez que la ve es cuando vive su dura rehabilitación en el hospital y cree que no hay posibilidad de salida. Ella llega y solo la mira en primer plano luminoso, sonriendo, llamándole guapo y diciéndole que es especial, que va a salir de ahí. O su manera de contar la larga noche de juerga con Dexter (Jack Black) hasta que tienen el brutal accidente que le postra en una silla de ruedas. No le hace falta filmarlo. Y entrelazando todo las viñetas que fueron su tabla de salvación cobrando vida y significado.

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