Mi nombre es Harvey Milk

Aquí estoy. Tratando de ver todas las películas que han sido nominadas a los oscar. Y voy a ver la última de mi adorado y defendido Gus Van Sant, Mi nombre es Harvey Milk. Y salgo contenta porque Gus me va. Me gusta su manera de narrar en imágenes. Sus películas me llegan (vayan por el camino independiente, vayan por el terreno comercial o una las dos tendencias como en esta película, Gus me va). 

¿Qué hace el bueno de Gus? Toma un personaje histórico, no muy conocido, y realiza un biopic con todos los ingredientes de un biopic pero además emplea su manera de narrar cinematográficamente. Y entonces crea una buena película que además habla sobre la lucha de la consecución de derechos civiles por parte del colectivo homosexual (y aquí en plena actualidad con todo el tema de familias y nuevas familias y matrimonios homosexuales y la defensa de la familia tradicional…, Milk es de los años setenta pero en pleno siglo xxi su activismo todavía habría sido activo). 

El bueno de Gus no sólo emplea esa forma de hacer cine que parece que todavía carga él mismo y sus técnicos con una cámara 8mm. No sólo realiza un montaje con ritmo y genial para contar la historia de su protagonista o mezcla de manera coherente imágenes de archivo e imágenes de ficción sino que se rodea de un reparto de quitarse el sombrero. Y es que todos están geniales (bueno, todos menos un descolocado Diego Luna que para decir la verdad a lo mejor no está tan mal porque su personaje también está descolocado y siempre al margen). 

Milk es un Sean Penn arrebatador y carismático. Ni más ni menos. Genial como activista homosexual y como político pero también excelente como ser humano, como hombre en su intimidad. Y uno de los aspectos que más me fascinó de Mi nombre es Harvey Milk fue sin duda la historia de amor con Scott. Desde el primer encuentro en el metro hasta la última conversación telefónica que mantienen juntos. Y aquí viene uno de los descubrimientos para servidora en esta película, el otro, Scott es interpretado por un bellísimo (me dejó sin palabras) James Franco que borda su papel. 

Otro buen personaje, sin duda, es el joven adolescente que se une a la campaña y lucha de Milk. Un personaje con fuerza muy bien llevado por un jovencísimo Emile Hirsch (protagonista de la última película que dirigió Penn, Hacia rutas salvajes). También me encantó la relación que se establece entre Milk y otro compañero (y pieza vital del biopic) en política, un concejal que piensa totalmente de manera diferente, Dan White (un siempre acertado e inquietante Josh Broslin… ¡¡¡cómo me gustó y enamoró en No es país para viejos!!!). 

Mi nombre es Harvey Milk apunta al corazón del espectador, como es habitual en los biopic, es decir, presenta de manera atractiva al hombre que va a ser biografiado. Presenta su causa. Los acontecimientos que marcan su vida y plasma su lucha (con las dosis convenientes de emoción, mensaje y lágrimas en su tramo final —que probablemente es lo que más me chirrió y lo que menos me agradó—)…, pero todo bajo la siempre especial mirada y lente de Gus Van Sant que hace de un género no muy dado a obras maestras, una película interesante.

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