El día de la langosta de Nathanael West (Backlist, 2008)

El autor murió al día siguiente de su amigo Francis Scott Fitzgerald… en un accidente de coche, tenía 37 años. Durante su corta y azarosa vida conoció en sus últimos años las dos caras de Hollywood. La de las estrellas, grandes directores y estudios y la de los sueños rotos, de aquellos que no llegan, que viven al lado del éxito y no pueden ni rozarlo. 

Y son los sueños rotos los que moldea el escritor para vomitar una novela triste y desesperanzadora donde las haya con personajes con el corazón destrozado que nunca tocarán la gloria de un Gary Cooper sino que siempre serán una sombra de desgracias. 

El día de la langosta fue escrita en aquellos años treinta. Momentos de gloria y de películas inolvidables. Momentos de crisis. Es una novela de entreguerras con toda la melancolía posible derramada en cada una de sus páginas. 

Y capta a esa ciudad y esa zona que se llama Hollywood (Los Angeles) pero la otra cara, no la del glamour sino la del actor de variedades que muere poco a poco en el olvido, siempre actuando, aún estando enfermo o su hija, una joven con ambiciones de ser algo más que una extra, que juega y se rompe y se cae, cruel y locuela, frágil e indefensa con hombres-presa a su alrededor a los que ella trata de dominar, que siempre termina flotando. 

O la historia de un escenógrafo que se va abriendo camino  en Hollywood, ya desencantado pero que va como si la dolce vita se le escapara a cada minuto. Y conoce a un guionista de éxito, y se enamora o mejor dicho desea a la hija del actor de variedades, y conoce a todo un grupo variopinto de personas. Y deambula por escenarios de cine y grandes melodramas o por escenarios reales que le hacen analizar, así de pasada, el mundo en el que vive. De vez en cuando se muestra cuerdo y sensible. Un día va a una casa de citas de lujo con película pornográfica incluida –donde van a parar muchas extras que de momento no alcanzan sueños o pequeño papel con frase de estrella— y otra va a un garaje con un cowboy venido a menos, un mexicano que organiza peleas de gallos o un enano que refunfuña cabreado con la vida. 

El día de la langosta te rompe el corazón, te lo desgarra, con un personaje monótono, gris, buena persona, que se encuentra en su camino (él tan sólo abandona su mecánica vida de contable en un hotel en otra ciudad por razones de salud) a todos los personajes antes descritos. Y si antes había sido insensible a los sentimientos, ahora el contable se los mete en vena y no sabe manejarlos. Y no son sentimientos todos ellos bondadosos son sentimientos que le resquebrajan. Te rompe el corazón porque es un personaje que trata de abrirse, de dejar de ser gris, pero cuando sale, le destrozan sin ninguna compasión. Como en las peleas de gallos. ¡¡¡Pasen y pisoteen!!! Pasen y pisoteen, ¿quién saldrá a flote? El enano cabrón, el cowboy estúpido, el escenógrafo filósofo o el contable gris… 

Sumergirse en El día de la langosta es sumergirse en otros años 30, en otro Hollywood que no es el dorado. Y es un viaje triste pero merece la pena.

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