Dublineses. Los muertos (The dead, 1987) de John Huston

Ochenta años, enfermo y en silla de ruedas. Huston, sin duda, sabía que se acercaba el final del camino. El director aventurero, desenfrenado y desencantado, de vuelta de todo, tuvo la oportunidad de dejar testamento cinematográfico.

Pausado, tranquilo, rodó una fiel adaptación de uno de los cuentos, el último, de Dublineses de James Joyce, Los muertos. Una emoción contenida y una reflexión sobre como acabaremos siendo, irremediablemente, sombras, irremediablemente presentes entre un mundo de vivos, ¿muertos?

Una triste reflexión sobre qué es mejor si morir, cuando no te lo esperas, joven, y con toda la energía y vivir a través del recuerdo. De una imagen que nunca envejece. O si tristemente ir apagándose hasta ser una sombra de lo que se fue. Y apagarse, envejecido. Solo.

Una reflexión sobre el sentido de la vida, sobre la muerte y el amor, sobre los ausentes, sobre las emociones que nos puede despertar una simple canción o palabra. Sobre los sentimientos.Como el relato, la película recrea una cena navideña en casa de las ancianas tías Julia y Kate y su sobrina Mary Jane en el Dublín de principios del siglo XX. Con todo detalle se nos cuenta cómo transcurre esa fiesta, los momentos, los diálogos…, y luego la vuelta al hotel de dos de los invitados, el otro sobrino, Gabriel y su esposa Gretta.

Una película serena, como el relato, donde no ocurren grandes sucesos o acciones. Lo importante son los sentimientos que remueve. El subfondo. Como una canción La joven de Aughrim revuelve los recuerdos de Gretta y cómo luego en el hotel confiesa a su marido la historia de un amor adolescente, del joven Michael Furey, que con diecisiete años, desafió a la muerte por amor a Gretta…, y murió. Esto también remueve al propio Gabriel que reflexiona sobre la muerte y el amor, sobre el significado de su vida y de la de sus seres queridos, que reflexiona sobre su historia vivida junto a Gretta. Todo contenido pero intenso.

La película discurre elegante y recrea una cena de principios de siglo XX en Dublín. La llegada de los invitados, los bailes, los poemas recitados, la canción cantada por una anciana tía Julia que recorre todos los recovecos y rincones de la casa, que recuerda a los ausentes; el banquete, el discurso, las conversaciones, las risas,  los momentos divertidos, la bebida, los momentos tensos, todo envuelto en las exquisitas buenas formas, que nunca se pierden aunque en muchos momentos se está a punto, sobre todo cuando aparecen en escena temas polémicos que nunca llegan a estallar. Recordando momentos pasados y menos futuros. El tiempo congelado en la casa de Julia y Kate, guardianas de las formas, del pasado musical de Dublín, de la exquisita educación y de la cortesía irlandesa, guardianas perfectas de los ausentes.

Uno de los invitados, un tenor engreído, protagoniza la canción final que paraliza y conmueve a la bella Gretta (interpretada por Angelica Huston) que confiesa a su marido su primer amor. La letra le recuerda un acontecimiento del pasado que la dejó marcada para siempre.

Oh, la lluvia cae sobre mi pesado pelo

Y el rocío moja la piel de mi cara,

Mi hijo yace aterido de frío… 

John Huston, el aventurero, el que siempre había realizado retratos de perdedores o intrigas con nervio o aventuras llenas de vida…, se despide con un hermoso y sentido relato cinematográfico. Que debe verse con calma mucha calma, y con la emoción siempre a punto de surgir…

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