Warrior

Hay películas que no te cuentan nada nuevo, incluso tocan teclas que ya han sido pulsadas múltiples veces, y saben cómo entrar en las entrañas del espectador, así como emplear esos trucos cinematográficos que de pronto nos enganchan…; pero, sin embargo, alguna de esas películas logran un corazón y un alma…, y de pronto, te sorprendes frente al televisor vibrando, sufriendo, llorando a moco tendido, emocionándote, y totalmente fuera de sí cuando oyes un “Te quiero, Tommy” en una cruda pelea entre hermanos y una canción de fondo que te hace encogerte más y más en el sillón. Y eso lo consigue inteligentemente Warrior de Gavin O’Connor. Es la historia de una familia rota que trata de reconstruirse, pues los hilos todavía no se han roto del todo. Un padre ex-alcohólico, violento y veterano de la guerra de Vietnam (Nick Nolte). El recuerdo de una esposa muerta…, siempre sufriendo. El padre ahora trata de canalizar la culpa, de que sus hijos le den una oportunidad… y en sus ratos libres escucha un libro por unos cascos: Moby Dick, de Melville. Un hijo mayor (Joel Edgerton) que ahora es un hombre casado con dos hijas, enamorado de su esposa, con un puesto de profesor de física (después de dejar la lucha profesional), un montón de deudas en el banco por gastos del hospital al costear las operaciones de una de sus hijas y a punto de perder su casa y su empleo. Y un hijo pequeño (Tom Hardy), marine que regresa roto de la guerra de Irak, todo introspección, soledad y silencio… y una furia que trata de canalizar a golpes en un gimnasio. El nexo de tres almas perdidas: un campeonato de artes marciales mixtas, Sparta.

Y es que como en otras películas de boxeo u otro tipo de técnicas de lucha, sus protagonistas pelean también en el día a día. En la cotidianidad. Sus vidas son otro ring. Y bajo los músculos, los golpes y su dureza, hay vulnerabilidad, fragilidad y vidas duras. O’Connor sabe servir muy bien estas corrientes ocultas y divide su película en dos partes bien diferenciadas: una que sirve para presentar a los personajes, las motivaciones que tienen para pelear y sus técnicas, y la presentación cruda de sus lazos rotos. Después la otra parte, es la de la propia competición, que tiene su clímax en el enfrentamiento a puños de los dos hermanos. Los combates transcurren en una especie de jaula, como el estómago de un monstruo. Y es que la película es una lucha continua de hombres que tratan de sobrevivir contra sus particulares ballenas blancas… Todos son Ismael, Ahab o Queequeg… Y forman parte de un relato épico contemporáneo con alegorías bíblicas sobre sus fotogramas (Caín, Abel, el hijo pródigo, el sentimiento de culpa…).

Una de las teclas que toca magníficamente es mostrar una relación difícil de dos hermanos con un pasado duro y cómo cada cual ha tratado de sobrevivir. Los dos son guerreros para arrastrar sus pesadas mochilas de una infancia para enterrar. Y vuelvo a meterme en este texto como espectadora entregada: las historias de hermanos duros, pero con una sensibilidad que se derrama, me arrastran, me atrapan. El año anterior a Warrior, David O’Russell rueda The fighter con otros dos hermanos de protagonistas, con el boxeo de fondo. Ahí el amor fraternal era entre Mark Wahlberg y Christian Bale. Y hace dos años Bennett Miller también tomaba como protagonistas a dos hermanos (Channig Tatum y Mark Ruffalo), medallistas olímpicos de lucha libre, en Foxcatcher. Así estas tres películas ratifican una frase de un interesante ensayo de la escritora Joyce Carol Oates, Del boxeo: “El boxeo se ha convertido en el teatro trágico de los Estados Unidos de América”. Aunque en este repaso cinematográfico ampliamos las disciplinas de lucha. Estas tres películas tienen una manera de mostrar y tocar de manera muy diferente el teatro trágico de un país con la lucha de fondo. The fighter y Foxcatcher parten de historias reales. En la primera muestra una familia imperfecta, como todas, con sus problemas y dilemas del día a día donde también hay tragicomedia, momentos felices y otros amargos. O’Russell narra con un realismo cotidiano la vida de sus protagonistas y cada uno va superando la vida como puede, y los dos hermanos van avanzando a base de caídas pero nunca dejan de levantarse. En la segunda cuenta una historia trágica y oscura, un suceso, donde en la relación de hermanos (que siempre se protegen) entra una tercera persona tóxica, que dinamita el sueño y la unión de ambos. Y en la de O’Connor tira de la ficción pero con situaciones reconocibles de la América contemporánea (y en otros lugares) como los problemas económicos que ahogan o las secuelas de la guerra de Irak, o los problemas de familias desestructuradas para mostrar a dos hermanos perdidos, con el rostro del fracaso como Rocky o tantos otros boxeadores cinematográficos (me viene a la cabeza Mountain Rivera, con los surcos de Anthony Quinn, en la triste Réquiem por un boxeador), que nunca pueden abandonar el ring.

Warrior cuenta además con tres rostros que cuentan y atrapan a la cámara. Así Nick Nolte, Joel Edgerton y Tom Hardy hacen creíbles sus maneras de batallar (y de actuar). El padre trata de convertirse ahora en el padre que nunca fue, y se va dando cuenta de que ya es demasiado tarde, pues ha sembrado mucho dolor (él arrastró también las secuelas de otra guerra, Vietnam). Pero persigue el perdón de sus hijos. Y cae una y otra vez. Pero no se rinde, como los personajes de la novela que le obsesiona… todos arrastran una mochila que pesa. Y sus dos hijos se enfrentan a la vida y a la lucha de distinta manera: el mayor, el profesor de física, es bueno aguantando y aguantando golpes hasta el final. Su filosofía es no rendirse nunca, aunque le golpeen sin parar. Y trabaja día a día su técnica. Perfeccionista, como su entrenador que trabaja también la calma (con Beethoven). El pequeño es un terremoto impulsivo y herido que lucha con instinto y fuerza bruta. Tumbar a la primera… Una máquina de golpear. Una manera de evitar el dolor que esconde…

Así O’Connor y sus actores, tocando teclas que ya conocemos, logran, sin embargo, emocionar y atrapar al espectador. El director por cómo sabe contar varios momentos y los actores creando personajes que logran conectar con el espectador y protagonizando secuencias que se quedan en la retina: Tommy, el hermano pequeño, mirando las fotos familiares; el encuentro de Tommy y su hermano mayor, Brendan, en la playa; el enfrentamiento y reconciliación de Tommy y su padre en el casino y en la habitación de hotel; y esa lucha final… Warrior esconde un corazón y un alma… y eso no siempre es fácil.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.