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El extraño puede ser la historia de un reto. Orson Welles quiso demostrar que podía llevar a cabo una película de encargo, con el presupuesto y el tiempo estipulado. Ya cargaba sobre sus hombros la fama de niño terrible que había hecho una ópera prima brillante (Ciudadano Kane), había tenido problemas y conflictos para llevar a cabo El cuarto mandamiento (y no pudo realizar la película soñada por él…, otra de las tragedias de su filmografía) y además ya tenía un proyecto cinematográfico inacabado (la eterna desgracia de su obra fílmica), Its All True. Así que ahora le tocaba una película que siguiera los estándares del sistema de estudios. Que demostrase que podía ser un director dentro de la industria hollywoodiense. Y ese fue el encargo de un productor, que por otra parte siempre arriesgaba, Sam Spiegel. La película fue El extraño. No solo tenía un productor, sino un presupuesto, unos tiempos estipulados, unas estrellas impuestas (y una de esas estrellas sería él mismo en el papel protagonista)…

Y todos estos “impedimentos” no sepultaron el espíritu creativo de Welles en esta película, que como en otras suyas termina pesando cómo está contada. El tema es atractivo. Y en ese momento prácticamente pionero, que en un futuro se convertiría casi en un género cinematográfico. La ocultación de un nazi en otro país, después de la Segunda Guerra Mundial, y la búsqueda y desenmascaramiento por parte de un personaje que actúa como un cazador de nazis. Posteriormente sería el tema de películas tan recordadas como Marathon Man, Odessa, Los niños del Brasil o La caja de música. Pero El extraño está hecha justamente cuando termina la Segunda Guerra Mundial y cuando todavía los acontecimientos no solo están recientes sino que se está destapando toda la maquinaria mortal que habían montado los nazis y el horror del holocausto (los juicios de Núremberg).

El extraño cuenta la historia de un agente de la comisión de crímenes de guerra que decide dejar en libertad a un nazi para que este le lleve hasta un pez gordo, hasta uno de los cerebros de los campos de exterminio, Frank Kindler. Efectivamente le traslada hasta una pequeña e idílica población estadounidense, Harper, en Connecticut, para descubrir que Kindler se ha convertido en un respetable ciudadano, con otra identidad, que además de ser un popular profesor de historia, va a casarse con la bella hija de un juez.

Ya en esta pequeña sinopsis se “leen” asuntos inquietantes, que tocaban también otras películas que se estaban rodando ese mismo año. Y es la facilidad con la que pueden extenderse y filtrarse una ideología que desemboque en totalitarismo. Kindler puede tranquilamente “integrarse” como profesor de historia en una pequeña localidad estadounidense y “disfrazar” e “inculcar” sus ideas además de relacionarse con las personas más influyentes del lugar (su futura esposa es la hija del juez). Por poner otro ejemplo, en aquel año, 1946, también se estrenó Hasta el fin del tiempo de Edward Dmytryk que contaba el duro regreso de tres soldados tras la contienda y sus dificultades para incorporarse de nuevo como ciudadanos. Estos tres soldados, perdidos, desubicados, desorientados y muy desencantados, se encuentran pasando el rato en un bar y un grupo de hombres se acerca a ellos para ofrecerles que formen parte de una asociación para construir una nueva América pero les cuentan sus requisitos para pertenecer a ella: “ni negros, ni judíos, ni católicos”… Se encuentran también en “casa” las semillas del fascismo contra el que habían combatido.

También toca otro tema muy cinematográfico…, presentar un pueblo y una sociedad inocente e idílica aparentemente…, perturbada por un elemento oscuro. Amenazada por el mal. Solo hay que rascar la superficie para encontrarse el lado más oscuro. Y eso no es solo la esencia de los futuros melodramas de los cincuenta (uno cosa es el idílico mundo aparente y otro son las pasiones y pulsiones ocultas) sino también la fórmula empleada por Hitchcock unos años antes en La sombra de una duda o por David Lynch posteriormente en Twin Peaks… para hablar sobre la presencia del mal y sus estragos.

Si seguimos ubicando en su tiempo a El extraño… curiosamente podemos volver a nombrar al maestro del suspense que el mismo año, él estrenaría una de sus obras maestras, Encadenados, donde curiosamente el antagonista es también un nazi que se oculta en Brasil. El Alexander Sebastian de Claude Rains es un personaje más complejo y ambiguo, además de hombre profundamente enamorado (para complicar más la historia), que el Frank Kindler de Orson Welles, que es una representación del mal con toques de tragedia shakesperiana. Un nazi convencido al que se le cae la máscara.

Curiosamente en El extraño son mucho más interesantes y tienen más matices atractivos y ocultos toda una galería de personajes secundarios. Desde ese nazi convertido en un fanático religioso, que sirve de cebo para localizar a Kindler; hasta ese dueño de bar del pueblo, testigo apacible que charla con los clientes, oye la radio, y juega a las damas con mínimas apuestas y gorra pero también miembro activo de la sociedad (es el primero que participa en la búsqueda de un cadáver)… O los matices de esa esposa provinciana, protegida siempre por su familia y cegada de amor que se niega a aceptar que se ha casado con un “monstruo” pero que se ve enfrentada a su problema o su joven hermano que apenas puede ocultar su antipatía por su futuro yerno porque algo intuye.

Y todos esos personajes secundarios dan vida a unas localizaciones atractivas que van armando un ambiente y que tienen sus funciones dentro de la historia. El plácido futuro hogar de los esposos se va convirtiendo en lugar siniestro cuando se oculta un secreto. El peculiar bar del pueblo es todo un punto, un espacio que es lugar de reunión y donde uno se sirve el café, coge los medicamentos que necesita o juega a las damas con el dueño. El bosque que rodea la localidad que es presentado como lugar de juego pero también como el sitio siniestro donde dos nazis se encuentran y donde ocurre un asesinato. O ese gimnasio vacío donde unas anillas pueden convertirse en un arma homicida. O por fin esa torre del reloj donde un hombre encuentra no solo una pasión sino un sitio donde ocultarse o un lugar que se convierte en una trampa mortal.

Orson Welles hubiera querido dar sus pinceladas personales a esta historia, pero como tenía que seguir las imposiciones de su productor y del estudio, no luchó, por ejemplo, por una buena idea: que el agente fuera protagonizado por una mujer, en concreto por Agnes Moorehead, que hubiera aportado sin duda matices interesantes y originales. Siguió el dictado que se le impuso. Ese personaje era para Edward G. Robinson, que por supuesto supo dejar su impronta, una buena interpretación y construcción del personaje. Por supuesto no se encargó del montaje ni del metraje, incluso cuenta el propio director que se descartaron buenas escenas rodadas en un país latinoamericano… donde llega primero el nazi-cebo y que explicaban o desarrollaban mejor la trama. Por otra parte, en El extraño Orson Welles también actúa y él es Frank Kindler, al que le aporta carisma y su característica voz. Así construye un tipo que logra enmascararse y convertirse en un ciudadano ejemplar para ir desvelando todas sus sombras y máscaras… hasta darle un violento final.

Por otra parte no falta su atrevimiento y movimientos de cámara, sus virguerías de la mirada. Esos contrapicados en el interior de la torre del reloj, ese beso en la penumbra, esas sombras en el gimnasio… o ese encuentro y asesinato en el bosque… Ese desvelamiento a la heroína de la personalidad de su marido cuando la enfrentan en una sala oscura a una cámara que proyecta las imágenes del horror, del holocausto, y ella muestra su rostro con pánico ante las imágenes que está viendo, que le parecen imposibles.

El extraño es una película que no deja de “hablar” y que muestra a un Orson Welles dentro del sistema de estudios sin perder su firma ni su creatividad… capaz del reto del que se hablaba al principio de este texto. Pero, sin embargo, el siguiente paso del director fue caminar por los márgenes de ese sistema de estudios… y no parar.

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