Tres grandes títulos para el viejo baúl de las películas

Hoy os comento tres películas para este particular baúl que se va llenando en el blog. Nuestro viaje cinéfilo nos lleva a un drama social de Hollywood en 1936, Furia, que supuso la primera película en ese nuevo continente del maravilloso realizador alemán Fritz Lang; pasamos por el realizador francés Henri Georges Clouzot con El salario del miedo en 1953 y redondeamos viaje con una de las primeras películas de un veinteañero –en aquellos tiempos claro está, ahora se encuentra en los cielos—, Stanley Kubrick, El beso del asesino de 1955. Esto es resultado de visita compulsiva al videoclub. Lo reconozco. Así os doy también la alegría de que son películas fáciles de localizar. 

Ya sabéis que siempre me gusta buscar puntos de contacto y en estas tres películas lo tengo fácil. Son historias de perdedores. Y ahí van las pequeñas crónicas cinéfilas. 

Furia (Fury, 1936) de Fritz LangJoe Wilson (no podía ser otro más que Spencer Tracy), es un perdedor, como todos los protagonistas de las películas que vamos a comentar. Trata de ser un ciudadano honesto y cumplidor y trata de salir adelante. Quiere que tanto él como sus dos hermanos vayan por el camino recto. Trata de cumplir sus sueños a través del trabajo honrado…, y su sueño es casarse con una joven trabajadora (maravillosa Sylvia Sydney). 

Pero un día que llega a la pequeña población donde se ha trasladado su novia por motivos de trabajo, es detenido por las autoridades locales. Es sospechoso del secuestro de una niña. Y como tal es conducido a la prisión local hasta asegurarse que es inocente. 

Y entonces los distintos ciudadanos se van enterando de que han detenido a alguien, empiezan los rumores, los intereses, el temor, las mentiras y enredos y la multitud se exalta. No piensan. La masa irracional y violenta se acerca a prisión y sin pensar arrasan quemando la prisión con Joe Wilson dentro que vive como en una pesadilla todo el odio que es derramado sobre su persona sin posibilidad de defensa. 

Hasta aquí parece que la película va a denunciar los linchamientos en EEUU pero, de pronto, el alemán da una vuelta de tuerca, y nos deja una reflexión sobre la venganza. Joe Wilson sobrevive y el hombre bueno se transforma en despiadado porque ha aprendido a odiar, porque quiere que los culpables sufran como él ha sufrido. Wilson quiere devolver la misma moneda y se vuelve irracional, está dispuesto a llevar a todos a la pena de muerte. Y la turba violenta del principio se va individualizando en rostros, en seres humanos, que sufren esperando sentencia. Se convierten en víctimas porque se condena su acto pero nos da escalofríos la venganza que quiere llevar a cabo Joe Wilson. ¿Sin embargo, qué hubiera pasado si Joe Wilson no hubiera sobrevivido? Y ahí está el dilema. La venganza es horrible, ponerse a la misma altura, pero cómo condenas o evitas un acto despiadado de linchamiento. Tampoco esa masa irracional formada por individuos puede irse a casa y que todo se olvide. 

Furia tiene la fuerza a la que nos tiene acostumbrados Fritz Lang y además nos devuelve a la actriz de la Depresión, Sylvia Sydney que en sus primeras películas fue la heroína trabajadora y luchadora de los malos tiempos. 

El salario de miedo (Le salarie de la peur, 1953) de Henri Georges ClouzotHistoria impactante de perdedores. Perdedores de todas las nacionalidades y colores que se encuentran atrapados y desempleados en la más absoluta miseria en una aldea sudamericana donde sólo ofrece trabajo una compañía petrolífera norteamericana. Su vida es espera. Su vida es sueño de escape. Su vida es pensar que alguna vez tendrán trabajo y dinero y podrán salir de ahí. Su vida es tapar un pasado de fechorías. 

De pronto, por accidente terrible, surge posibilidad de un trabajo muy bien renumerado pero altamente peligroso. Llevar por carreteras infernales en unos camiones poco adecuados nitroglicerina que al menor bache puede hacer estallar por los aires el vehículo. 

Cuatro son los elegidos, hombres que no tienen nada que perder, y sí algo que ganar. Una salida. Un pasaje a algo parecido a la prosperidad. El joven Mario que se come la vida y todavía rebosante de energía, sueños y ambición. Su peor enemigo, su impulsividad; el miedo, a su manera, le hace estar en continua tensión, el objetivo hace, que a su manera, sea hasta cierto punto prudente. Él quiere seguir luchando. Su compañero, un hombre que fue duro, que en tiempos pasados llevó toda una vida de fechorías en el viaje descubre el miedo a no seguir vivo, se descubre viejo y se derrumba, y no sabe que con ese miedo hace prudente al joven Mario, aunque en un principio sienta absoluto desprecio por la transformación del hombre. El obrero trabajador con ganas de mucha vida que sabe que poco le queda, tiene sus pulmones destrozados, si no logra salir de allí. Y el hombre, que ha sufrido hasta perder los sentimientos, pero que nunca se olvida de la dignidad, de estar siempre presentable aunque sea ante la muerte. 

Película de tensiones y sin concesiones. Absolutamente nihilista. Alguna vez me han comentado que no gusta su final. Yo lo encuentro brutal y totalmente acorde con toda la historia. Ya saben, una historia de perdedores. Una historia sin salidas posibles. 

El beso del asesino (Killer’s Kiss,1955) de Stanley KubrickYa se veía el amor al cine del obsesivo Kubrick. Realiza muy joven película de apenas setenta minutos de duración y se mete de lleno en un cine negro de héroes que son perdedores. No podía ser de otra manera. 

A Kubrick ya se le ve creador de escenas magníficas y ambientes característicos. También, su dominio a la hora de plasmar la violencia. Y, por otra parte, descubrimos a un Kubrick de blanco y negro tremendamente romántico.  

El beso del asesino cuenta la historia entre boxeador en horas bajas y joven de salón de baile decadente. Dos desgraciados que son vecinos y se miran a través de las ventanas. Los dos unen sus vidas contra mafioso con el que trabaja la chica. 

Kubrick realiza film tenso y violento, la escena de la persecución y lucha entre el mafioso y el boxeador en una habitación llena de maniquíes intuye al buen director. El flash back de la joven triste que cuenta su historia pasada al boxeador muestra las formas de narrar del interesante Kubrick. La escena de boxeo del principio muestra ya su amor por la cámara y su buen uso. 

En este caso, es curioso, pero Kubrick –no es muy común en el director— deja un final feliz, un futuro para ambos perdedores. Les da una oportunidad de quizá encontrar algo parecido a la felicidad.

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