Sean Penn

Ayer tuve la oportunidad de ver en dvd El asesinato de Richard Nixon y me quedé triste y cautivada a la vez con una historia dura. Un excelente Sean Penn recrea un viaje a la locura como un hombre, al que le van quitando a golpes cada uno de sus sueños y rasgos de personalidad, decide tomar una medida desesperada y suicida. Envía una carta al compositor Leonard Bernstein y le confiesa sus propósitos y por qué se comporta como se comporta. 

Sean Penn deja un retrato de un buen hombre que sólo quiere ser honesto y no mentir, que quiere participar como dice del sueño americano, y sólo se ve humillado una y otra vez por todo aquel que le rodea. Nadie entiende su desesperación, ni las personas más cercanas, su gran amigo, su hermano, su ex-mujer…, el protagonista vive cómo sólo el que mejor miente, el menos honesto y el menos honrado, el que más humilla, es el que alcanza mejor posición, el más respetado y seguido. Y, todo esto lo representa, en ese momento de desesperación, el presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon. 

Y después de su visionado (una visita más al empleado-esclavo que toma las riendas y se rebela con violencia contra un sistema que le destroza: otros ejemplos, Taxi Driver o Un día de furia) me vinieron ganas de escribir sobre Sean Penn en mil rostros en la oscuridad. 

Sean empezó su carrera en los años ochenta, fue cuidando la elección de papeles en los noventa y el siglo XXI ha sido su consagración definitiva como actor. Con rostro peculiar, y camaleónico, le van los grandes caracteres variados. Se levanta de los tropezones, con películas que nos hacen recordar que el niño rebelde, progresista e impertinente, ya maduro, de Hollywood, es además un actor de carácter. 

El joven Penn empieza a despuntar con películas –que ya muestran su personalidad y esos papeles de antihéroes contra sistema que aplasta– en Taps, más allá del honor, en 1981 junto a Timothy Hutton y Tom Cruise o esa melancólica fábula, Adiós a la inocencia junto a Nicolas Cage en 1984. Sin embargo, va yendo de un papel a otro donde se va curtiendo como actor pero en películas poco redondas y, va construyendo su fama de joven intratable y rebelde de vida loca (fueron sus años de relación con Madonna). Por ahí, sin pena ni gloria, aparece en Colors, Shanghai Surprise, Corazones de hierro o Nunca fuimos ángeles. 

La década de los noventa es la década de su consagración gracias también a un mayor cuidado en la elección de papeles, siempre variado (es la década en la que conoce a Robin Wright Penn tras su reciente ruptura parece que hay rumores de reconciliación) y que le convierten en actor camaleónico. De El clan de los irlandeses (1990) salta a esa maravilla (nunca me canso de decirlo) que se llama Atrapado por su pasado en papel de abogado que va cayendo en la violencia, locura, poder y drogodependencias. En 1995 llega el papel que le consagra definitivamente en el Olimpo de los grandes, Pena de muerte le permite la recreación de un asesino al que se le aplica la pena capital y le acompañamos en sus últimos momentos en el corredor de la muerte. Penn muestra un retrato de un hombre complejo pero humano muy humano y a través de su retrato denuncia la pena de muerte. La película trata de ponerse en la piel de todos: el resentimiento y el odio de los familiares de las víctimas, la crispación de un asesino que nunca ha tenido oportunidades en el sistema que vende sueños, el dolor de su propia familia y sobre todo el reflejo de que la pena de muerte no soluciona ni arregla un montón de vidas ya destrozadas. La película trata de mostrar que matar es un acto igual de horrible lo haga un ser humano o el Estado y trata de hacer ver que sólo puede verse un poco de luz a través de la comprensión y mirada del otro, que es lo que más cuesta. Comprender por qué se ha hecho o cometido ese mal por cada una de las partes y, quizá, así encontrar un camino. 

Después, Penn pasa a una de las obras más sorprendentes y barrocas de un Stone pirado que descubre a una Jennifer López en el esplendor de su belleza en una historia paranoica donde Sean sorprende hasta sin dientes: Giro al infierno. Demoledora. 

Ese mismo año junto a su mujer Robin y un Travolta desconocido protagoniza puro cine independiente de la mano del hijo de Cassavettes y ofrece Atrapada entre dos hombres, una historia delicada y bella visualmente que se estrenó el mismo año que esa maravilla llamada La buena estrella.  Fue algo coincidente y mágico: ambas partían de una premisa de argumento similar. 

Después, sigue construyendo papeles para películas comerciales o del más puro cine independiente en The Game, La delgada línea roja o Hurlyburly. Hasta que le llega otro papel de oro en 1999 en película ni más ni menos que de Woody Allen: Acuerdos y desacuerdos. Un canto al jazz donde Sean es un buen músico pero mediocre en su vida diaria. Película delicada y hermosa donde se narra una triste historia de amor entre muchacha tímida y muda y músico con melodía en las venas pero con poca sensibilidad ante la vida hasta que alguien se la despierta. 

Y empieza el siglo XXI y empieza con papeles secundarios (Antes de que anochezca), melodrama de corte televisivo (Yo soy Sam), película mediocre (El peso del agua) o remake fracasado (Todos los hombres del rey) para volver a sorprender con papeles fuertes: desde su caracterización de profesor de matemáticas al borde de la muerte pero que descubre el amor a través del sufrimiento en 21 gramos o ese personaje que sólo conoce el lenguaje de la venganza para poder redimirse del dolor que siente en Mystic river pasando por el papel de un solitario del FBI en una bella y poco valorada cinta de Pollack, La intérprete. Y nos deja con la boca abierta con ese descenso a la locura que es El asesinato de Richard Nixon. 

Al rebelde, sensible y malhumorado Sean Penn le queda mucho que expresar a través de la pantalla blanca. Espero.

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