impulsocriminal

A veces hay actores que protagonizan una escena y hacen que una película no se olvide. Eso ocurre con Orson Welles en Impulso criminal. Además hay películas o documentales que parten de una premisa difícil para defender otra. Y la complejidad del planteamiento es uno de sus aciertos. Esta película expone cómo la aplicación de la pena de muerte no soluciona lo que pretende (hacer desaparecer los crímenes brutales o que sirva de castigo y escarmiento para disuadir o aplicar sin más el ojo por ojo pero por parte del Estado…). Pero no narra una historia fácil: los condenados no solo son culpables sino que ni siquiera parece que vayan a arrepentirse por sus acciones. Son dos jóvenes de familias ricas, que queriendo mostrar su superioridad sobre los demás, se creen con el derecho de asesinar, como si fuera un juego. Uno aplica malamente sus clases de filosofía, sobre todo a Nietzsche. Y el otro es un descerebrado y un amoral consentido. Y tal y como los presenta, es difícil sentir cierta empatía con ellos (y ese es el difícil reto que tienen dos de los personajes clave de esta interesante película). Además los dos están atrapados en una relación tóxica que no les hace ningún bien, se hacen daño y crean una dependencia enfermiza. Por otra parte están atrapados en otras cárceles, como son sus propias familias y sufren también la represión sexual, no pueden explicitar su homosexualidad, siempre latente.

Impulso criminal es la adaptación de una novela de Meyer Levin que a la vez se inspiraba en un caso real: dos jóvenes universitarios, Leopold y Loeb, secuestraron y asesinaron a un muchacho de 14 años en Chicago en el año 1924. Ellos dijeron que querían demostrar su superioridad intelectual y cometer el crimen perfecto. Este mismo caso sirvió también a Alfred Hitchcock para La soga (1948), que tomó como base una obra teatral de Patrick Hamilton sobre el mismo caso. La película que dirige todo un artesano de Hollywood, que se dedicó a muchos géneros y a realizar películas de éxito de taquilla, Richard Fleischer (quizá hoy bastante olvidado), se sirve de este caso para cuestionar la pena de muerte. Después ha habido otras películas y documentales que han seguido esta compleja senda para cuestionar esta práctica, que aún sigue vigente en algunos estados de EEUU (y también en otros países del mundo como China): como A sangre fría de Richard Brooks (adaptando la novela de Truman Capote) o el impresionante y reciente documental de Werner Herzog, Into the abyss.

Y en ese cuestionamiento de la pena de muerte es clave el personaje de Orson Welles en la película y su monólogo en el juicio. Welles encarna a Jonathan Wilk, un veterano abogado ateo, que cree en la justicia pero no en la pena de muerte instaurada por el Estado. Sus años de oficio le hacen ver que la crueldad genera más crueldad. Sus años de oficio le hacen dudar más todavía sobre el ser humano. Pero tiene claro que la pena de muerte no soluciona sino que enquista y no cura a sociedades enfermas. Finalmente cree que la única manera de conseguir algo…, si se consigue, es a través del amor, la compasión y el entendimiento (pero en sus significados más profundos). Y que el odio, la venganza, fomentar las luchas y los conflictos (en este caso concreto la lucha de clases, sus dos clientes son hijos de familias acaudaladas) no solucionan nada. Además de dejar claro que poco se puede decir de un país, si se pone a la misma altura y emplea la misma frialdad que la que han mostrado los jóvenes asesinos…

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Impulso criminal crea debate y es película que aún hoy, remueve. Hay otro personaje que trata de entender lo que pasa por la cabeza de estos dos estudiantes, sobre todo de uno de ellos. Y puede “leer” en su mirada y comportamiento. Llega al entendimiento (que no quiere decir justificación, como tampoco justifica en ningún momento el abogado). Y es una joven estudiante, Ruth (Diane Varsi), que es novia de un periodista principiante y compañero de la universidad de los dos jóvenes implicados que empieza a destapar el caso…

Richard Fleischer se sirve de un guion muy bien estructurado y por otra parte sencillo y efectivo (una primera parte que nos presenta a los jóvenes asesinos, su entorno y la investigación hasta su captura y una segunda parte, que es el propio juicio, con la aparición de Orson Welles), de un ritmo intenso y de unos intérpretes que se empapan de sus personajes. Es una historia que pide a gritos la sobriedad del blanco y negro. Así los jóvenes, con sus personalidades diferentes y enfermizas, están perfectamente construidos por Dean Stockwell y Bradford Dillman. Ya desde la primera escena, antes de los créditos, en que intentan atropellar a un alcohólico después de haber cometido un robo… quedan perfectamente definidos así como establecida su relación tóxica y dependiente. Stockwell es el atormentado y aparentemente el más débil, retraído y manipulable (pero también el más consciente y el que más posibilidades tiene de llegar algún día a entender que se convirtió en un monstruo, en el que se puede plantar la duda… en sus planteamientos, como se da cuenta el personaje de Orson) aunque por otro lado muestra su frialdad, una inteligencia y sensibilidad especial. Es un joven herido, rechazado y que siente la soledad. Por otro lado, Dillman da miedo en su amoralidad y falta de empatía, es extrovertido, escandaloso y no mide la consecuencia de sus actos, se ríe de todo.

Después son fundamentales en la trama el fiscal del caso (un estupendo E.G. Marshall) que sabe llevar con frialdad e inteligencia la investigación hasta conseguir la confesión y que tiene claro que es un caso estrella y cuál tiene que ser la conclusión. Sin posibilidad de buscar otros matices y miradas. Y el abogado ateo (pero que piensa y por eso duda), que no se mueve por dinero, y que decide defender a los dos jóvenes asesinos. Ahí Orson presta su voz profunda y su orondo, desencantado y cansado físico (tenía solo 43 años pero parece mucho mayor) a un monólogo de los que se quedan en la memoria. La película plantea más capas y habla de manipulación, de los medios de comunicación, de los juicios donde ya está de antemano la sentencia dictada… y convierte unas gafas redondas en todo un símbolo, en un detonante y en una duda…

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