Stella Dallas (Stella Dallas, 1937) de King Vidor

Hay reinas del melodrama, del melodrama desaforado de sentimientos disparados que apuntan directamente a las emociones de los espectadores. Películas que durante los años 30 reunían a las personas en sala de cine dispuestas a sacar sus pañuelos y llorar sin consuelo viendo historias dramáticas de estas reinas que mostraban como estas divas también sufrían como ellos.

Y una de esas reinas indiscutibles era Barbara Stanwyck que con su papel de Stella Dallas triunfó como nadie dejando una interpretación de análisis. Stella Dallas es ella, la película es ella, y esa madre que se transforma y se sacrifica para dar lo mejor a su hija Laurel. Y la emoción y el volcán de sentimientos es tal que aún hoy funciona. No hay sitio para lo racional, sí para lo emocional en estado puro.

Y si además todo se acompaña de la música de Alfred Newman, de un director eficaz y dominador de la narración cinematográfica —ya formado en el cine mudo— como King Vidor, un guión con todos los elementos necesarios para desatar el drama y un equipo técnico con Rudolph Maté como director de fotografía surge una Stella Dallas que provoca sentimientos desatados. Melodramas exagerados entre la frontera de la cursilería y el ridículo que nunca rozaban alcanzando un milagroso equilibrio que aún hoy perdura.

Como digo si todavía se puede seguir viendo y sintiendo la misma emoción es sin duda por la presencia y la construcción del personaje de Stella Dallas. Una chica de familia trabajadora y humilde pero con ambiciones de adquirir una posición social y económica. Así pone sus ojos en el director de la fábrica donde trabajan su padre y hermano y le conoce en un momento de crisis sentimental y personal donde el director se siente solo y arrebatado a la vez por la espontánea personalidad de Stella. Al final le lleva al altar. Y él ya le ha dicho en un momento que le encanta como es ella, tal y como es. Que luego se verá que no es del todo cierto. Él no la acepta.

Así que el matrimonio no funciona a pesar de que tienen una hija que es lo que ambos quieren más. Porque Stella sigue siendo igual de espontánea, ella misma, y no es la ‘típica’ esposa y madre de clase alta acomodada de apariencia y comportamiento que se considera ‘educado, elegante y digno’. Ella se hace sus modelos a cada cual más extravagante, se rie en alto, le gusta conocer gente, divertirse, bailar, hacer fiestas y adorar a su hija. Así que de mutuo acuerdo se separan. Él sigue con sus negocios en New York, reconstruyendo su vida. Y ella se queda con su niña y con su manera personal de vivir la vida. Cada uno sigue con su vida y lo único que comparten es a Laurel. Pero pasan los años y Stella cada vez es más extravagante, hortera y basta pero, sin embargo, establece una relación especial con su hija que la adora. Pero Laurel es más ‘señorita’ de clase alta, distinguida, educada, que guarda las formas, elegante…, más como su aburrido y serio padre. Y Stella se da cuenta.

Stella se lo pasa mucho mejor con su amigo, el tío Muns, un hombre con problemas de alcohol, que es mucho más divertido que su marido. A ella le gusta reirse a carcajadas y también hacer la mejor fiesta de cumpleaños a su niña, que no la falte de nada. Sin embargo, Laurel pronto conoce a la nueva pareja de su padre, un antiguo amor ahora viuda, una mujer elegante, recatada, estirada, con una gran mansión y tres hijos que juegan al tenis, viajan…, y se siente muy a gusto. Y conoce nuevos amigos. Y…, pero siempre regresa donde su madre. Y Stella no es tonta y es consciente de que su hija puede aspirar a otro tipo de vida que no es la suya, la que ella le puede ofrecer. Entonces empieza el sacrificio y la renuncia.

Sobre todo cuando es consciente al acompañar a su hija a un hotel de lujo con sus nuevos y elegante amigos, de que ella con su forma de ser y su indumentaria extravagante y sus formas… llama la atención y no es admitida. Y siente aunque su hija no se lo haga saber, que ella Laurel, está avergonzada del comportamiento de su madre. Así que decide: facilita que su hija elija y se vaya con su padre y su nueva mujer. Se comporta con su hija de manera más exagerada y le hace saber que se casará con el tío Muns (por el que Laurel no siente ninguna simpatía)… Así que Laurel con lágrimas se va. Y deja a Stella sola y triste.

La última escena es el clímax de la emoción. Cuando vemos a Stella como testigo de la boda de su feliz hija pero desde fuera, como una viandante más, desde una ventana, como mujer anónima, en una tarde de lluvia. Y sonríe feliz, empapada bajo la lluvia, por ver como su hija está donde quería estar. Y Barbara emociona. Desata nuestras emociones. La película cuenta con un montón de escenas de este tipo, genialmente filmadas, que nos hacen llorar como esa escena en el tren donde madre e hija escuchan cada una en su litera los comentarios despectivos de los nuevos amigos de Laurel hacia Stella. Y cómo reacciona cada una.

Stella Dallas es sin duda Barbara, reina indiscutible de este melodrama. Los demás no importan.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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