Diccionario cinematográfico (88)

Abuelos: guardo recuerdos entrañables de mis abuelos. Guardo sus olores, sus manos, la forma de sus caras, sus palabras…

Sus historias.

Sus vivencias.

No es ninguna tontería, ni tópico alguno, cuando se dice que los abuelos tienen un tesoro: sus experiencias.

El cine también ha creado abuelos inolvidables.

Umberto D, solitario con su pequeño perro.

Dos abuelos en un estanque dorado.

Una abuela con muchas historias que contar… y con ganas de dar su receta de tomates verdes fritos.

En Novecento, la primera parte es rica en matices gracias a dos abuelos muy distintos. Lo que no se puede negar es que ambos tienen una relación especial con sus nietos.

El padrino con cara de Marlon Brando también es abuelo y su final es tranquilo, nada que ver con su vida de mafia…, vuelve a ser niño con su nieto. Y su vida termina, jugando.

Nos desarman esos abuelos tiernos a los que los momentos duros les afectan más…,  ¿recuerdan los rostros y la muerte de los abuelos de la familia Joad en esa maravilla de Ford, Las uvas de la ira?

O que me dicen esos abuelos maravillosos, con o sin memoria, de El hijo de la novia. Los recuerdos, siempre los recuerdos.

Tampoco, puedo dejar de nombrar al abuelo ilustre que aparece en La familia, del que conocemos toda su vida. O esas tres tías abuelas solteronas que nos hacen reír y llorar.

Y para abuelos inolvidables, para comérselos, se puede acudir a esa mujer que canta, que ya es pasado, esa tía abuela de Los muertos.

O esos cuatro abuelos postrados en la cama, con sus camisones y gorrillos, a lo Tim Burton, que los quieres para tu habitación, que desean que su Charlie consiga su papel dorado para entrar en la fábrica de chocolate.

¿O qué me dicen de esa danza bajo la nieve y la noche que realizan abuelos austeros después del festín de Babette?

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