Novecento (Novecento, 1976) de Bernardo Bertolucci

Después del éxito sin precedentes de El último tango en París, Bertolucci decide realizar una película épica que narra la historia italiana, desde su perspectiva y pensamiento, del año 1900 al 1945. Película inmensa de cinco horas de duración dividida en dos partes que te va involucrando en una historia que llega a altas cotas de calidad, sobre todo en su segunda parte (sin menospreciar momentos cinematográficos de la primera).

Novecento tiene diversos aspectos a tener en cuenta que hacen su visionado muy rico. Una película que expone perfectamente la lucha de clases (Bertolucci plantea la historia desde una perspectiva y filosofía marxista), la situación del campesinado italiano, y sobre todo, la rica visión de una familia de patronos y una familia de campesinos. También, expone a la perfección la subida del fascismo al poder y el nacimiento del movimiento comunista italiano. Así Novecento se convierte en una interesante película histórica.

Toda la historia comienza el día en que muere Giuseppe Verdi, 27 de enero de 1901, día en el que nacen dos niños: el nieto del patrón, Alfredo, y el hijo de la familia campesina, Olmo. Sus vidas transcurren paralelas pero llenas de encuentros —ambos se profesan cariño y amistad—, pero su distinta posición social, postura ante el poder e ideología política, separa a estos dos hombres, que, sin embargo, siempre se encontrarán frente a frente.

El reparto es increíble y su ficha técnica impecable, de manera, que es difícil no dejarse llevar por imágenes absolutamente bellas o sufrir con la violencia reflejada. Por otra parte, también se convierte en interesante documento sociológico donde Bertolucci muestra la vida en una Hacienda de principios del siglo xx donde muestra los modos de vida y las costumbres. En ese sentido la ambientación, a mi gusto, es excepcional. Cada detalle está muy cuidado.Volviendo al reparto es toda una sorpresa. Junto a grandes actores y actrices tanto italianos, como americanos y también el francés Gerard Depardieu, nos encontramos con una película de rostros increíbles sobre todo entre los campesinos, Bertolucci contó en su reparto con verdaderos hombres y mujeres de la tierra con rostros trabajados con el paso de los años y expresiones impresionantes.

Pero la estela de grandes actores y la recuperación de estrellas del pasado es increíble. Mención aparte se merecen los intérpretes más mayores por unos papeles en los que se comen la pantalla a bocados o dentelladas en escenas inolvidables.

Magistral, Burt Lancaster como un patrón de la vieja guardia, del patrón del xix que ve como su mundo desaparece y no comprende lo que está surgiendo. En contraposición, ‘su’ campesino más emblemático, el ‘abuelo’ de Olmo tiene el rostro de un superlativo Sterling Hayden que entró en la mitología cinematográfica como Johnny Guitar, un hombre luchador, con muchísimo orgullo, y con conciencia de clase y que cuida y da importancia a la comunidad a la que pertenece. Después, mágicas son las breves apariciones de dos grandes divas italianas: Francesca Bertini (diva de los grandes dramas del cine mudo italiano), aquí como divertida hermana monja del personaje representado por Burt Lancaster y Alida Valli (la inolvidable intérprete del Tercer hombre) en dramático papel que adquiere relevancia en la segunda parte.

Por otra parte, se encuentra todo un plantel de grandes actores que estaban haciendo suyos los años setenta. Ellos, dos americanos y un francés. Ellas, tres italianas de armas tomar.

Como Alfredo, un joven dinámico, curioso, vigoroso, abierto a nuevos caminos y sensaciones (con su esposa y su tío vivirá plenamente los locos años 20, la bohemia con cocaína, alcohol y sexo incluido) pero finalmente conformista y cobarde que por su comodidad y supervivencia como patrón permite injusticias contra sus trabajadores, un estupendo Robert de Niro. Como siempre camaleónico, como siempre duro, como siempre tierno, como siempre complejo…

Como Olmo, joven campesino, orgulloso de serlo, orgulloso de su familia, de su trabajo, de sus compañeros de faena, que pronto adquiere conciencia y pronto se convierte en líder, que ama la vida y a los que le rodean —entre ellos a Alfredo, ser humano, pero choca y odia al Alfredo, patrón—, que es fuerte, que trata de hacer las cosas con cabeza aunque muchas veces su impulso y corazón le pueden…, tiene el rostro de un jovencísimo y lleno de personalidad Gerard Depardieu.

Para representar al camisa negra, al fascista por excelencia, al mal absoluto, al sadismo irracional, al oscuro Attila, contamos con el terrible rostro de un Donald Shuterland en estado de gracia que protagoniza las escenas más fuertes y violentas del film (estremecedora escena de un gato para explicar el odio que siente hacia el comunismo, sin respiración la escena del asesinato y muerte de un pequeño y tremenda y cruel la escena en la que va castigando, de manera brutal, a los campesinos que previamente se han burlado de su persona…, son tan sólo algunas de sus terribles apariciones).

Ellas dominan con sus papeles las escenas en las que aparecen. En primer lugar, una bohemia y alocada Ada (Dominique Sanda) que ante el horror que siente por el fascismo, la violencia, la injusticia y el ambiente opresor cae en tristeza, depresión y alcoholismo…, pero toma una determinación mucho más inteligente y honesta que Alfredo. Dominique Sanda, bella actriz, se come la pantalla con un rostro tan hermoso que no parece real…, caída hoy en olvido, en los setenta fue musa de Bertolucci y trabajó con maestros del cine italiano.

Como compañera de Olmo, en todo, sentimental y políticamente, Ana con rostro de Stefania Sandrelli que fue todo un icono sexual en el cine italiano de aquellos años. Otra actriz imprescindible que apareció como protagonista en distintas cintas italianas con directores de prestigio.

Por último, el inquietante rostro de la prima de Alfredo, Regina, que en su ambicioso ascenso al poder unirá para siempre su vida con Attila y capaz también de lo peor, contará con el rostro de Laura Betti, actriz que trabajó más veces con Bertolucci, además de con otros directores italianos, y gran amiga de Pasolini.

Novecento, además, envuelve por su música del genio Ennio Morricone. De la banda sonora la parte que más me conmueve es la melodía que siempre acompaña a las apariciones del personaje de Ada. Y también es increíble la belleza en la fotografía con un Vittorio Storaro en estado de gracia.

Por último, como curiosidad me gustaría resaltar la obsesión de Bertolucci por el pene masculino. Todos los actores, incluidos los niños, tienen una escena en la que muestran y emplean el pene (no es que Hildy, de repente, se ponga burra es que es cierto) y para mí algunas son muy justificadas y otras, la verdad, no tanto. Quizá en el aspecto sexual es donde más se ve el paso del tiempo, no porque estén desfachadas (algunas escenas son muy hermosas) sino por esa necesidad de mostrar y mostrar en esos momentos en que las censuras cinematográficas caían y sobre todo como un sello del director después del éxito conseguido por El último tango en París. Algo queda claro de Bertolucci y es que le gusta mostrar los cuerpos de sus actores y actrices.

Novecento es un fresco histórico, con sus grandes aciertos y también sus fallos (pero que ante la grandeza del proyecto no destacan mucho), que merece un visionado porque ofrece cinco horas de buen cine.

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