johnbarrymore

… Hay salas de teatro con encanto, con mucho encanto. Desde que entras en el Teatro Guindalera sientes mucho amor por el escenario, por cada una de las obras que ofrecen, por el trabajo de actor… por el teatro puro y duro… Y no se rinden porque es una forma de vida. Así siguen tratando de seducir a todo el que ama el teatro y quiere disfrutarlo y ofrece un espacio creativo, imaginativo y vivo en Madrid. Y la situación está complicada pero ellos siguen creyendo, luchando y ofreciendo teatro de calidad.

Mi idilio con esta sala empezó hace unos años. Paseaba por la calle Martínez Izquierdo y enseguida llamó mi atención un acogedor local. Tenían en cartel una obra de Harold Pinter, Traición. Entré a verla y me entusiasmó. Daba la casualidad de que estaba descubriendo a Pinter (y además me interesaban sus conexiones con el cine) y nunca había visto una obra suya en un escenario… Ahí empezó todo.

Y así he disfrutado de otras obras en esta sala como Historia del soldado, La larga cena de Navidad, En torno a la gaviota, Molly Sweeney o El juego de Yalta… Acabo (hacia tiempo que no me acercaba… y como siempre he recibido palabras amables de cada una de las personas que hacen posible este teatro) de ver Odio a Hamlet de Paul Rudnick, he llegado a casa y me he puesto frente al teclado. Un rato antes me había tomado el licor de guindas que ofrecen siempre a la salida de la sala y sólo me ha salido un ‘enhorabuena’ de los labios para los actores. He hecho mutis por el foro sin decir ninguna palabra más… Sólo sabía que me lo había pasado en grande, que cómo siempre el montaje había cumplido mis expectativas (incluso más), que el elenco de actores había hecho un trabajo impecable… y que me habían hecho amar un poquito más el teatro…

Pero ¿por qué escribir de Odio a Hamlet en un blog dedicado exclusivamente al cine? Bueno ya sabéis mi pasión por las conexiones, referencias y relaciones. Y que por eso escribo a veces sobre las interrelaciones entre cine y teatro, teatro y cine. Dramaturgos convertidos en guionistas, guionistas convertidos en dramaturgos, obras de teatro y sus adaptaciones al cine (y viceversa), el mundo del teatro reflejado en el cine, el mundo del cine reflejado en los escenarios…

Y Odio a Hamlet me permite muchas reflexiones y conexiones de cine-teatro, teatro-cine. Lo primero su autor el dramaturgo Paul Rudnick también ha escrito guiones de cine como In&out o Las mujeres perfectas (ambas dirigidas por Frank Oz). Y lo segundo y más interesante: uno de los protagonistas es un fantasma que es ni más ni menos que John Barrymore y no sólo eso sino que Rudnick lleva a los escenarios teatrales una obra con la fuerza y los elementos de las screwball comedy de Hollywood. Y toda esta mezcla: historia de fantasmas, screwball comedy, mucha locura y amor, Shakespeare, Hamlet, Ofelia, Romeo y Julieta, técnicas de interpretación, ironía frente a la mentalidad de un tipo de televisión que se produce y el tipo de héroe que triunfa (así como el rostro que lo lleva a cabo), dinero, publicidad, una reflexión viva sobre la fama, el prestigio y el talento… provocan una cartasis final de absoluto amor al teatro y al oficio del actor rebosante de ternura.

Así mientras reía con las situaciones que se iban desgranando en el escenario, me venía a la cabeza una película de Howard Hawks (que muchos historiadores consideran la primera screwball comedy), La comedia de la vida (1934) protagonizada precisamente por John Barrymore y la maravillosa Carole Lombard. Una comedia alocada sobre el mundo del teatro en el cine. Y entonces esa locura encantadora que es Odio a Hamlet se me convertía en una vital screwball comedy donde un actor que conoce sus limitaciones (José Bustos) ama a una mujer que tiene muchos comportamientos de aquellas damas de las screwball (Alicia González)… Como todo buen screwball comedy tiene unos estupendos personajes secundarios con vida propia que aportan a la trama principal: la agente inmobiliaria y médium (Ana Alonso), la representante con mucho pasado a sus espaldas (Ana Miranda) y el productor-director de televisión (Álex Tormo).

Pero además Odio a Hamlet nos hace reflexionar sobre Shakespeare (que también ha sido fuente infinita de argumentos cinematográficos) y uno de sus personajes más emblemáticos y complejos, Hamlet. La obra cuenta las dudas que asaltan a un actor de televisión (cuyos trabajos consisten en una serie y su presencia en varios anuncios) cuando se le ofrece la oportunidad de ser Hamlet en una representación al aire libre. Su duda es dar este paso o aceptar un contrato millonario para protagonizar otra serie de argumento estúpido (un profesor de día, superhéroe de noche). Lo que no sabe es que para su decisión además de con su amada, virgen y loca novia, su representante, el productor de televisión… puede contar ni más ni menos que con una presencia del más allá, el mismísimo John Barrymore (José Maya) que representó en 1922 a Hamlet y alcanzó la gloria…

Para mí el momento culminante y emocionante de la obra y que explica todo el sentido de esta screwball comedy es un canto absoluto de amor al teatro y a su función. Por qué alguien decide subir para siempre a los escenarios y representar… Y es cuando un fracasado (y tierno) actor de televisión se da cuenta de que durante el famoso monólogo de Hamlet sintió que lograba transmitir no sólo su desazón sino lo que quería contar el dramaturgo (un momento de autenticidad) a través del personaje y cómo nota una conexión con un joven del público al que le han llegado sus palabras, le ha escuchado y ha sentido… Y cómo eso se convierte en algo impagable.

Odio a Hamlet es también un precioso homenaje a un actor de teatro y cine, John Barrymore. Y se nota que Rudnick se empapa de aquel John Barrymore (hermano de Ethel y Lionel y abuelo de Drew) que se subió a los escenarios y se convirtió en un actor de prestigio. Alcanzó fama en los teatros con sus personajes shakesperianos. Pero fue también uno de los actores que sublimó el séptimo arte, el cine. Empezó su andadura en el cine mudo y pasó al sonoro mostrando que era camaleónico de galán a cómico pasando por la tragedia. Seductor, galán, divo, mítico, excesivo… y alcohólico… se convirtió en una presencia importante en la pantalla blanca. El fantasma de Barrymore es un personaje entrañable que revela su espíritu de comediante y galán (y deja entrever también su parte oscura y trágica).

Y ese amor que se deja ver y se emite en Odio a Hamlet, es el amor que sentimos los espectadores cada vez que nos acercamos a Teatro Guindalera. Y para seguir sintiendo esa magia, Guindalera es un espacio que debe continuar vivo y abierto…

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