Para Isis

El ojo de la aguja

Dos amantes trágicos en la isla de las tormentas

La isla de las tormentas es el título de la novela de Ken Follet que adapta Richard Marquand en la película El ojo de la aguja. Y es curioso porque los dos títulos hacen justicia a esta cinta. El primero, el de la novela, más simbólico, describe perfectamente la naturaleza emocional de la película y su parte de historia de amor desatada con aires de melodrama exaltado… El segundo, El ojo de la aguja, más incisivo nos describe la frialdad y racionalidad del mundo de los espías en la Segunda Guerra Mundial. La película funciona a la perfección porque alcanza el equilibrio justo entre esas dos perspectivas: entre la película de espías y el romanticismo desesperado. El ojo de la aguja va preparando la incisión perfecta, como si Marquand tuviera el estilete del protagonista, para llegar al clímax final con las dosis suficientes de ritmo, emoción y tensión.

Pero hay otros elementos que hacen no solo que funcione El ojo de la aguja, sino que la película permanezca en el recuerdo y sea además una película sumamente entretenida. Por una parte el personaje del espía nazi, el malo de la función, aquel que se apoda El aguja (porque su arma más eficaz es un estilete), pues curiosamente el espectador lo conoce como un frío, solitario, inteligente y calculador asesino para convertirse, de pronto, en un hombre enamorado y atrapado en una guerra que no le deja alcanzar la felicidad. El aguja se transforma en el héroe romántico por excelencia. Su talón de Aquiles será una mujer aislada y también atrapada en una isla que arrastra unas trágicas circunstancias personales, pero que no dudará en convertirse en sujeto activo de una historia que la tenía al margen…, aunque la suponga de nuevo la soledad. Estos personajes tienen el rostro de dos actores con carisma y mucha química: Donald Sutherland y  Kate Nelligan, una secundaria de carácter en uno de sus pocos personajes protagónicos.

También la ambientación, que alcanza su máximo esplendor en esa isla de las tormentas: la sensación de aislamiento, del mar bravo, de la lluvia constante, de la niebla…, como si fuera otro tiempo, otro espacio… y, sin embargo, un sitio clave para determinar el curso de la guerra… y en el centro, fatalmente, un hombre y una mujer amándose en el momento y en el sitio equivocados. Donde culmina la tempestad emocional, pero también la de un mundo en guerra. Una isla donde hay pocos sitios donde ir, pero fundamentales para la trama: la casa de la mujer, donde vive con su marido y su hijo pequeño; y el faro, único sitio que permite que no vivan totalmente aislados, y sitio estratégico y fundamental pues es donde está la radio que les permite comunicarse con el exterior. Pero antes de que todos los personajes lleguen a la isla de las tormentas, hay otros lugares y otros ambientes que preludian una emoción continua: la primera casa del espía o uno de los trenes donde huye El aguja…

Por otra parte como todo buena película de espías, especula con la historia y con la posibilidad de que El aguja descubriese, tomase fotografías y fuera capaz de comunicarse con Hitler para informar sobre los planes estratégicos de los aliados, que obviamente lograría cambiar el rumbo de la guerra. Así la misión del espía es averiguar si los aliados van a desembarcar en Francia por Normandía o por Calais. De este modo durante sus pesquisas descubre uno de los secretos mejor guardados de la operación Fortitude: la base fantasma de Calais. Pero también encuentra todos los obstáculos posibles para poder proporcionar esta información a los alemanes… y termina en la isla de las tormentas. Y ahí encontrará su tragedia, pero también la posibilidad de convertirse en un hombre que ama y que siente…, dejando a un lado la frialdad que arrastra y sus aires de asesino. Es una película de persecución continua, pues el espía protagonista siempre será acosado por los aliados, que siempre están a punto de atraparlo, pero este siempre logra esquivarlos.

Y, por último, el director Richard Marquand (que logró un puesto en la memoria cinéfila de la generación de los 80 por dirigir El retorno del Jedi de la primera trilogía de La Guerra de las Galaxias), que tiene entre las manos una buena historia y una efectiva banda sonora de Miklós Rózsa, sabe cómo contar una trágica historia de amor con el fondo de guerra. Y cómo ir uniendo la dos tramas de los protagonistas para desembocar, en el colmo del paroxismo donde se une el amor y la muerte con unas gotas de erotismo…, en la isla de las tormentas.

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