Ciudad en sombras

William Dieterle es de esos hombres que nació con el cine y tocó todos los caminos hasta llegar a la dirección, un pionero. Fue de aquellos que emigraron de Europa (en concreto de Alemania, era judío) a Hollywood, aprovechando ese periodo en que se hacían versiones de películas sonoras, según el idioma (cuando todavía no existía ni el doblaje ni los subtítulos). Dieterle es un director en el sistema de estudios, que trabajó muchos géneros. Bucear por su filmografía permite encontrar todo tipo de sorpresas: desde una película como Blockade (1938), que transcurre ni más ni menos que en la Guerra Civil española, con Henry Fonda y Madeleine Carroll, a una de las películas más delirantemente románticas en Hollywood como Jennie (1948). O responder a Roberto Rossellini con su Stromboli e Ingrid Bergman…, con la misma Anna Magnani en Vulcano (1950). Y ese mismo año dirige también la interesante Ciudad en sombras. Una película con aires de cine negro, gotas de suspense y asesino en serie, con hilos de redención y melodrama. Además de ser el primer papel protagonista de Charlton Heston en Hollywood.

Así la película empieza con una detención de varios hombres en un tugurio de juegos y apuestas ilegales. Todo lo ve desde un bar, Danny Haley (Charlton Heston), que enseguida sabemos que también trabaja allí. Haley es un joven ambicioso, ex-combatiente de la segunda guerra mundial, y absolutamente desencantado. Después de ser interrogado por el poli duro (Dean Jagger), el desencantado protagonista también nos lleva a un local nocturno donde una rubia canta con voz triste. Esa rubia, Fran (Lizabeth Scott), está enamorada de Haley, pero este parece que no quiere ningún tipo de compromiso. Ya se desilusionó en el pasado. Solo quiere saber que está. Allí además conoce a un tipo con un cheque de 5000 dólares. Y logra embaucarlo para que vaya a jugar con él y con dos de sus compañeros de batalla (a los que la policía ya ha soltado). Para así desplumarlo. Con lo que no cuenta ninguno de los tres es que es un hombre atormentado, que al perder el cheque con dinero que no es suyo, decide quitarse la vida. Y tampoco saben cómo es ese hermano del que tanto hablaba mientras jugaban a las cartas. Así nos encontramos con un primer acto y con todos los ingredientes del mejor cine negro: malos augurios, destinos fatales, ambientes de perdedores y bajos fondos, ambigüedades morales, violencia…

Después viene el suspense. El miedo que sobrecoge a cada uno de los jugadores, cuando descubren que hay un asesino suelto decidido a matarlos uno a uno. Todos saben quién es, pero ninguno lo conoce. Ni cuando va a actuar. El espectador solo tiene una pista de cuando el asesino está cerca: una mano con un anillo que tiene una enorme piedra. En esta parte del suspense nos encontramos con las mejores secuencias de la película. Y corresponden a los preludios de las muertes de los compañeros de Haley… y el descubrimiento de sus cadáveres. Sobre todo es magistral, por la dosificación del suspense, la muerte de Barney (un siempre maravilloso actor secundario, Ed Begley), todo un perdedor con ulceras incluidas.

Posteriormente está la redención y transformación del personaje de Heston (y la parte más melodramática), que sobre todo recupera las ganas de vivir una vida normal cuando conoce a la viuda y al niño del fallecido. Con ellos pasa un día cotidiano, sin miedos ni incertidumbres, y van incluso a un parque de atracciones. Y entonces surge otro suspense diferente, ¿a quién entregará su corazón el héroe caído?: a la rubia que canta canciones tristes o a la bella y morena viuda (Viveca Lindfors). Esas ganas de enfrentarse de nuevo a la vida, hace que quiera cuanto antes encontrarse con su asesino…

Así William Dieterle se muestra como un director con clase, con conocimiento del lenguaje cinematográfico y de puesta en escena… con un dominio de los géneros. Muestra una ciudad en sombras donde hay personajes que se redimen y otros que se hunden en la noche…

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