Cóctel cinematográfico

Hoy escribo sobre varios asuntos y mezclo varias de mis habituales secciones. Razón: me han entrado ganas de contaros cientos de cosas y no quería más retraso.

Cyd Charisse

Quiero recordar a la gran Cyd Charisse que nos ha dejado esta semana para seguir con sus bailes en el Olimpo. Cuerpo despampanante, piernas sin fin y una bailarina excepcional. Unió danza y sensualidad y sólo ella fue capaz de representar el erotismo en el baile con una elegancia nunca alcanzada. Magistral cuando era la chica del gángster, la femme fatale en el baile, insuperable…

Entró en la leyenda con pocas apariciones. En el genial baile final de Cantando bajo la lluvia junto a Gene Kelly, en la maravillosa Melodías de Broadway, 1955, etérea en un sueño llamado Brigadoon, divertida en La bella de Moscú y dramática en Chicago, años treinta o Dos semanas en otra ciudad.

El compromiso, 1968, de Elia Kazan

Una de las últimas películas de este gran director que sorprende de nuevo con su manera de narrar cinematográficamente. Película intimista, triste, decadente y crepuscular. Me dejó triste. Terriblemente humana y compleja. Su visionado no es fácil. El director adaptó su propia novela y deja al público unos personajes tristes donde queda patente el vacío existencial de un hombre de éxito que sólo aspira a ser él mismo. Sin apariencias, sin máscaras. Y no lo tiene nada fácil. Su propio personaje, el que ha creado a lo largo de toda su vida, y el que conocen todos aquellos que le rodean, le arrastra a la nada. Nadie le entiende…, excepto su joven amante. El protagonista vuelve a sus orígenes, al principio, a sus raíces, en un viaje doloroso, en un salto al vacío.

De nuevo, Kazan se rodea de un reparto excepcional donde los seres humanos hacen locuras, se equivocan, se quieren y se hacen daño, se aman y traicionan, trata de explicar el poder, el dinero, el hacerse a sí mismo, la influencia de la familia, del trabajo, las relaciones de pareja, las sexuales, las apariencias… El trío protagonista deja unos duros retratos del ser humano: Kirk Douglas, Deborah Kerr y Faye Dunaway.

CRAZY(2005) de Jean Marc Vallée

Película canadiense que sorprende por cómo cuenta una historia mil veces repetida. Conocemos la historia de Zac desde que nace a mediados de los años sesenta hasta que cumple 20 años ya en la década de los ochenta. Un niño y adolescente sensible e imaginativo que lucha contra su opción sexual porque por nada del mundo quiere perder el amor de su padre, el hombre al que adora. A Zac le rodean sus tres hermanos (mención especial a la historia y relación con su hermano mayor, Raymond, que cae en el mundo de las drogodependencias), su deliciosa y religiosa madre, sus familiares, conocidos y amigos. Tragicomedia que te deja con la sonrisa y la lágrima en boca y ojos. Con un reparto desconocido pero de interpretaciones intensas somos testigos de los avatares de una familia de clase media, que entre celebración y celebración, nos va descubriendo sus miedos, sus amores, sus dependencias, sus alegrías y sus penas a través de los ojos de un joven confuso pero tierno. Que se equivoca una y otra vez porque no se encuentra.

CRAZY es de esas películas, que como la vida misma, logran emocionar no sólo por la historia que cuenta, sino por cómo lo hace y sobre todo por como emplea el tema de la nostalgia de una etapa pasada, de discos de vinilo. La banda sonora es un placer. Mención especial al tema de Patsy Cline, Crazy.

William Wyler. Su obra. Su época de Ángel Comas (T&B Editores, 2004)

Hacia tiempo que no disfrutaba tanto con la lectura de un libro sobre la trayectoria de un director de cine. Ángel Comas presenta un completo retrato de William Wyler, director que injustamente ha caído en un olvido absurdo. Muchos le consideraban más un buen artesano que un creador. Pero gracias a la mano maestra –algunos no paraban de decir que ‘sin estilo propio’— de Wyler surgieron grandes películas, para mí inolvidables y que me siguen en mi memoria cinéfila.

Él es el artífice de melodramas tan buenos como Jezabel, La loba y La carta, sus tres colaboraciones con la gran Bette Davis –con la que también vivió breve historia de amor—. Me deja fascinada una y otra vez cada vez que vuelvo a ver una y otra vez Dead End, un retrato entre maravilloso y realista (a pesar de ser película rodada en estudios) de la Depresión de los años treinta y de las fisuras irreparables entre los más ricos y los más pobres. Nunca hubo un cine bélico y, sí, sí, propagandístico —palabra que suele hacer huir de sala cinematográfica— de mayor calidad, intimismo y hondura humana. Tanto La señora Miniver como Los mejores años de nuestra vida son un buen ejemplo de un cine que también quería transmitir ciertos aspectos. En la primera, quiénes eran los aliados, en la segunda los estragos de la guerra en tres combatientes (Wyler lo sabía bien, pues también era uno de ellos). Me deja un escalofrío en la mirada una de sus últimas películas, El coleccionista. Nunca olvidaré el cuento romántico, por excelencia, la mítica Vacaciones en Roma o el ejemplo de película épica bien hecha, Ben Hur. También, son inmejorables sus adaptaciones literarias de dos grandes: ¿alguien olvida el romanticismo exacerbado de Cumbres Borrascosas o el retrato de una mujer humillada en La heredera?

Hombre meticuloso y de carácter siempre se rodeo de buenos colaboradores y amigos. Tuvo a sus actrices y actores fetiches. Y fue coherente con su manera de pensar, siempre fue crítico con la Caza de Brujas, entre otras cosas porque ahí estaba, en lista negra, su buena amiga Lilliam Hellman (gracias a ella, ahí está La Loba, Esos tres, su remake La Calumnia, Dead End…). Le apasionaba su trabajo y siempre luchaba con aquellos productores que trataban de cortarle las alas. Fue artista en la negociación y en las relaciones con cada uno de los integrantes que hacían posible una película. Su vida se caracterizó por su lucha continua por lograr ser independiente y por su uso magistral para contar historias de la profundidad de campo (gracias a su primer colaborador como director de fotografía Gregg Toland)…, y muchas más sorpresas que Ángel Comas va descubriendo con un estilo documentado y muy pero que muy ameno y apasionado.

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