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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

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Primer beso: literatura y cine

El escritor argentino Manuel Puig publica en 1976 El beso de la mujer araña que cuenta cómo dos presos que comparten una celda… terminan traspasando, de alguna manera, las cuatro paredes. Uno es un preso político, cree en el cambio hacia una sociedad más justa, cree que una revolución es posible a través de la lucha, es estudiante, desconfiado e introvertido. El otro es un homosexual maduro y afeminado condenado por corrupción a un menor que huye de su desencanto a través de historias que recuerda haber visto en las pantallas de cine. Los dos transgreden las reglas sociales y establecen una relación sin prejuicios de ningún tipo que les libra de otras cadenas, los dos desnudan sus contradicciones y se unen en un espacio especial donde solo habitan ellos dos… aunque fuera de esas cuatro paredes no puedan tener finales felices. Esta novela la terminó el autor en el exilio…, 1976 es el año del golpe de Estado en Argentina.

… el autor argentino tiene una manera muy especial de contar la historia e involucrar al lector en ese mundo creado por Valentín y Molina. Solo hay diálogos… pero la maestría es que construye una historia tremendamente compleja y hermosa. Normalmente solo son entre Valentín y Molina en la celda. Pero otras veces, y en formato más teatral, son entre el director de la prisión donde se encuentran encerrados y Molina. Para averiguar el final de los dos personajes fuera de las paredes, se nos facilita un informe policial… y a un Valentín torturado que logra viajar en un sueño.

En estos diálogos Molina es un contador de historias que envuelve a Valentín y al lector con sus ensoñaciones y particulares versiones de películas que ha visto en la pantalla. Molina es emoción, pasión, sentimiento… soñador… Valentín es racional, volcado en la causa y trata de huir de las emociones y los sueños… Pero ambos dialogando, encontrándose, contándose historias (se mezcla la ficción de las películas con sus historias reales, sus secretos, sus pasados fuera de las rejas) sufren una transformación. Uno da rienda suelta a las emociones, el otro muestra su parte más racional y desnuda su consciencia sobre su situación, su dolor, su futuro. Ambos se funden en uno.

Molina se deja llevar por las apasionantes historias de amor de heroínas sufridoras, mujeres que aman y se sacrifican, deja aparte el contexto de la película. Él se identifica con esas mujeres que sufren y aman al hombre sobre todas las cosas… por eso son amores desgraciados, historias tristes. Y, de manera inesperada, se convierte en esa mujer entregada con la que sueña… Valentín se deja llevar por esas historias cinematográficas, primero las analiza, las racionaliza y contextualiza… hasta que termina emocionándose con ellas, sueña, encuentra un camino a la libertad… para no morir vencido en una prisión.

Así Manuel Puig crea un maravilloso juego de realidad y ficción donde culmina y se entiende la importancia de ese beso de la mujer araña… Entre las historias que le cuenta Molina a Valentín hay dos relatos minuciosos de dos películas de Tourneur, La mujer pantera y Yo anduve con un zombie. Y después tres relatos cinematográficos de amores complejos y desgraciados: uno corresponde a una película de propaganda nazi y el trágico amor entre una artista francesa y un nazi, el otro un drama de amores cruzados (el de una mujer soltera que recuerda su amor de juventud cuando una joven pareja alquila una habitación de su vivienda. Pero el joven tiene que ir a la guerra y regresa desfigurado y rechazado por su novia. Entonces surge una especial relación de amor entre el joven desfigurado y una joven sirviente no muy agraciada. Un personaje ciego es el que les hace “mirar” de otra manera para que apuesten por su relación) y por último un melodrama mexicano sobre una artista atrapada en una relación con un mafioso y un joven periodista enamorado… una pasión que transcurre entre carnavales, playas, boleros, enfermedades y tugurios…

Estas historias forman un círculo (y de alguna manera reflejan muchos cabos que tienen que ver con los secretos más interiores, con las almas de Molina y Valentín)… si empieza con una mujer pantera que teme besar al hombre amado por si le desgarra y le lleva a la muerte…, termina con la petición de un beso… porque Molina no quiere ser mujer pantera, y como dice Valentín es mujer araña que atrapa con sus hilos-historias, y puede besar… Uno pide un beso y el otro expresa que no se deje nunca más humillar por otro, que eso no es justo, que eso no es bello.

Manuel Puig se sirve de la fascinación del relato cinematográfico para crear una hermosa novela que experimenta con la forma de ser contada y atrapa con su tela de araña y emociones.

Segundo beso: cine y literatura

Hector Babenco lleva esta compleja novela, pero emocionante, de Manuel Puig a la pantalla de cine en 1985. Y no era fácil. El encargado de adaptar esta novela a guion fue el hermano de Paul Schrader, Leonard. Lo que cobra importancia en la adaptación cinematográfica es el propio espacio que crean Molina y Valentín…, la propia celda. Y la recreación de esas películas “proyectadas” a través de las palabras de Molina… Así como la “visualización” de sus historias reales del pasado. La celda, ese espacio especial, y lo primero que ve el espectador con la voz de fondo de Molina… tiene a dos inquilinos de carne y hueso: Molina (William Hurt) afeminado y encantador de historias y Valentín (Raul Julia), el preso político que trata de no emocionarse y seguir con su lucha y con no volverse loco o no sucumbir al miedo a la muerte y la debilidad entre cuatro paredes. Y son esos dos actores, que hacen un trabajo actoral matizado, cuidado y genial, los que logran crear una química especial que culmina con una unión sincera, venciendo prejuicios, contradicciones, muros, paredes y cárceles interiores.

En la novela, Puig es más subversivo y va más allá que en la adaptación cinematográfica. Por un matiz importante y el cambio de un pronombre. Cuando Valentín, tras la inyección de morfina, tiene su sueño… y se va con la mujer ensueño (a la que pone el rostro de la única mujer que de verdad ha amado, Marta, y que su historia se acabó porque él quería continuar con la lucha política), le dice: “¡Marta, ay cuánto le quiero!, eso era lo único que no te podía decir, yo tenía miedo de que me lo preguntaras y de ese modo sí te iba a perder para siempre, ‘no mi Valentín querido, eso no sucederá, porque este sueño es corto pero es feliz?’”. Ese “le” cobra importancia porque Valentín se lleva esa relación especial que construyeron en la celda Molina y él. En la película sin embargo, no existe un “le” sino un “te”… que cambia el sentido final de la historia (pero por otra parte acentúa el papel de “heroína sacrificada” de Molina).

La película, no obstante, capta bastante bien el “espíritu” y el significado de la novela, además de lograr trasladar con lenguaje cinematográfico y buenas decisiones en la puesta de escena esta difícil novela. De todas las historias ficticias que le cuenta Molina a Valentín, sí que la película de Babenco apuesta por la más provocativa de la novela (pero no la más hermosa…, me quedo con la que transcurre en Veracruz): la película de propaganda nazi que a Molina le entusiasma por la historia de pasión y amor. El espectador ve “su proyección” a través del relato oral de Molina, imitando a una mala película de propaganda. Y el juego cinematográfico funciona sobre todo al poner el rostro de la heroína con la cara de Sonia Braga, que luego descubriremos que es el rostro también de Marta, ese amor oculto de Valentín… y la mujer de ensueño con la que huye para ese sueño corto pero feliz. Porque podemos pensar que esa proyección visual es la que se hace el propio Valentín transformando también las historias que le cuenta Molina.

Y, por último, la película acierta con el traslado de esa “investigación policial” que cuenta el final de Molina…, convirtiendole realmente en una “heroína sacrificada” de película de acción y thriller político con un halo de romanticismo trágico. Así como el final de un Valentín, tras una tortura que le ha dejado al borde de la muerte, que le deja vivir en un sueño feliz. Ahí he podido encontrar la misma magia que con una antigua película de Hathaway Sueño de amor eterno (1935), donde un preso con cara de Gary Cooper lograba también su libertad y la unión con su amada a través de los sueños…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

elconformista

En el capítulo 10 de la personal serie The story of film. Una odisea, que realiza el crítico irlandés Mark Cousins, el propio Bertolucci cuenta una anécdota respecto El conformista. Cuenta que Jean Luc Godard se citó con Bertolucci en una cafetería. Que él llegó y le estaba esperando, cuando el director francés apareció a su lado con unas gafas de sol oscuras. No le dijo nada sino que le pasó una nota y se marchó. Ahí estaban sus comentarios sobre la película: “Uno tiene que luchar contra el imperialismo y el capitalismo”. Toda esta frase escrita en un retrato del presidente Mao. Bertolucci se enfadó muchísimo y rompió en mil pedazos la nota. Sin embargo, en esta reciente serie documental el director italiano lo cuenta sonriendo y con nostalgia y termina diciendo que le da mucha pena su furia en aquel momento, porque en ese momento le gustaría ver y mirar de nuevo esa nota, otra vez.

Seguían las repercusiones del mayo del 68, y una de ellas era una cantera de directores europeos que vivían el cine como un instrumento político y de lucha. El cine como escritura audiovisual e intelectual para mostrar un discurso ideológico. Y esto hacía que hubiera fuertes encontronazos ideológicos e intelectuales entre los creadores (y los espectadores) que se tomaban el tema del cine como un asunto de compromiso político e ideológico. Un asunto de estás conmigo o contra mí…

Sin embargo dentro de este debate de fotogramas, se realizaron historias potentes contadas como puro cine. Y esto es lo que ocurre con El conformista, que como dice Godard no habla de imperialismo y capitalismo pero sí, a mi parecer, algunas claves para entender por qué el mundo es como es y para ello parte de un escalofriante (pero bellísimo) testimonio visual sobre la figura de un fascista (y por qué termina abrazando esa ideología), Marcello Clerici (Jean-Louis Trintignant).

Bertolucci articula su discurso con una brillante puesta en escena y cuidando al máximo la estética visual de la película. Construye una película política pero cuidadosamente orquestada y compuesta. Y realiza a la vez un escalofriante retrato de Clerici, un hombre (aquejado por varios traumas familiares además de un trauma que arrastra desde su infancia y que le marca, quizá lo más débil de la trama) que aspira a “ser un hombre normal”. Y dicho término adquiere tintes terroríficos. Porque ser normal en Italia en el momento que lo desea con todas sus fuerzas (además de tener prestigio laboral e intelectual, una determinada situación social, estar a punto de casarse con una chica bonita educada para ser mujer florero)… supone abrazar lo que en esos momentos engulle a Italia, el fascismo (pero como dice un siniestro personaje: unos seguirán el fascismo por dinero y otros por miedo, pocos por fe). La película transcurre entre los años 30 y 40 (auge y caída del fascismo en Italia)… y refleja la transformación de Clerici o más bien trata de desentrañar ese conformismo que le hará tener un giro final revelador… La normalidad produce antipatía y mucho miedo.

El conflicto del personaje es precisamente integrarse en esa normalidad o no. Por una parte tiene a su mujer florero (brillante Stefania Sandrelli) y a un amigo ciego que abraza el fascismo (la fiesta de los ciegos, la ceguera de la sociedad italiana), además de tener prestigio social y económico, pertenece a la policía secreta. Por la otra en su luna de miel a París entra en contacto de nuevo con su antiguo profesor de filosofía y su hermosa mujer (Dominique Sanda) de la que se enamora perdida y cobardemente y en la que ve una posibilidad de vida nueva y libre. El problema: Marcello Clerici precisamente tiene una misión en su viaje de novios y es entrar en el círculo de confianza de su antiguo profesor para tenderle una trampa y terminar con su vida.

Bernardo Bertolucci para contar una historia desgarradora y durísima se sirve de una novela de Alberto Moravia, de decorados impresionantes, de una puesta en escena elegante y meditada, de un uso especial del tiempo para narrar (no usa el cronológico), de unas coreografías brillantes (como el baile parisino), de una fotografía no solo cuidada sino que está totalmente al servicio de contar esa historia de una manera muy especial, de una banda sonora envolvente… y de unos actores que forman parte de esa coreografía general especial. El conformista te hace pensar en lo que cuenta, te estremece y remueve, pero también hipnotiza por la belleza de cada uno de sus fotogramas.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

“¿Entiendes su violencia?”, escucha en una ópera china callejera una de las protagonistas de las cuatro historias que conforman Un toque de violencia del realizador chino, Jia Zhang Ke. Y esa pregunta parece lanzada al espectador que asiste a un concierto violento sobre la China contemporánea. Una radiografía dura y sin concesiones de un país que oscila entre un desarrollo económico donde entran las maneras más agresivas del capitalismo con un sistema político y social que arrastra la herencia de un régimen comunista en forma de dura dictadura. Así el director Jia Zhang Ke toma la batuta para realizar un retrato impactante y desarrolla un estudio complejo sobre la convivencia del ser humano con la violencia… en su día a día. Estremecedor.

Le basta una secuencia de introducción antes de los títulos de crédito para explicitar el tono y el estilo de la película. Un camión de tomates volcado en una solitaria carretera, un motorista en silencio presencia, inmutable, la tragedia de un accidente fatal. Por esa misma carretera circula otro motorista, parece un hombre indefenso. De pronto tres jóvenes irrumpen en su trayectoria y le paran. Portan hachas en sus manos, amenazan al hombre y le piden todo su dinero. El hombre en silencio e inmutable, les mira. Todos esperamos el peor de los finales para el atracado. Sin embargo, impasible saca una pistola y dispara a los tres jóvenes. Después sigue por la carretera, se cruza con el accidente, se para un momento al lado del otro motorista y sigue su camino.

Con una puesta en escena brillante, teniendo especialmente cuidado en las localizaciones (paisajes y arquitecturas) donde suceden las distintas historias, Jia Zhang Ke realiza un viaje sin compasión a una China compleja. Las cuatro historias son reales y las conoció el director porque se difundieron en las redes sociales. Cada historia tiene su toque de violencia. Cada historia transcurre en un lugar diferente de ese enorme país que es China. Cada historia tiene distintos protagonistas. Y cada historia tiene una reflexión diferente sobre ciudadanos atrapados en diferentes violencias que finalmente estallan (pero esos estallidos se reconocen, desgraciadamente, no solo en China y eso universaliza la película). Paralelo a la historia de los personajes y la violencia que ejercen sobre ellos y la que ejercen ellos mismos, se nos muestra animales que también sufren la violencia… Parece que los humanos, en ocasiones, somos más violentos, irracionales e inhumanos que en el mundo animal. Y desde esta óptica también se puede realizar un interesante y escalofriante análisis.

Jia Zhang Ke ha dejado constancia en varias entrevistas cómo le influyó cierto cine europeo (por ejemplo en el cuidado e importancia de las localizaciones y en las ‘arquitecturas’ donde sitúa a sus personajes) como Michelangelo Antonioni. Pero por otra parte el cineasta siempre deja constancia de la memoria, el paso del tiempo y la cultura y las tradiciones chinas y ese paso de una China del pasado a una contemporánea. Así en esta película, deja un papel expresivo importante a la Ópera china o puede rastrearse la influencia de un género cinematográfico de su país, el wuxia, que es el cine de artes marciales. Un toque de violencia es una película rica en matices, detalles e influencias.

Un día de furia en la vida de un obrero

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La primera historia es el descenso a los infiernos de Dahai, un minero que no puede más con la injusticia social, con la corrupción de los jefes de la empresa y de los mandatarios del pueblo donde vive. No puede con la brecha que se va abriendo más entre ricos y pobres. La explotación a la que están sometidos le enferma y también le va minando la soledad en su denuncia. Pronto recibe ‘un castigo’ por no permanecer con la boca callada o sumiso, por ser contestatario. A cambio recibe la burla de todos sus compañeros, de las gentes de la localidad donde vive. Entonces decide rescatar una escopeta de un armario y lanzarse a la calle… Así esta historia sigue la estructura del hombre normal y corriente, cotidiano, que acuciado por las frustraciones diarias y las injusticias que rodean su vida así como la incapacidad, la complicidad o la desidia de los que podrían tomar medidas contra los desmanes de los poderosos, estalla finalmente en una violencia irracional como última salida de rebeldía. Un día de furia en China.

Vida cotidiana y disparos

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La segunda historia es la que le resultó más interesante y compleja a la que esto escribe. Es la vida errante de un hombre que es oriundo de una localidad rural deprimida (uno de los moteros de la escena inicial, el que es atracado). Un hombre silencioso, apático… es un muro. Es padre de familia, tiene hijo y esposa, y en su aldea vive su madre y hermanos. En Año Nuevo regresa a su lugar natal, y entre fuegos artificiales, siente que todo sigue igual. Lo único que le saca de la apatía es su trabajo: es un atracador violento que recorre China para ejecutar sus robos y así consigue el dinero para su familia. En esa apatía, vive sin mala conciencia. Es un peligroso muerto en vida, que arrasa con todo lo que se le cruza…

Estallido

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Una bella joven, que trabaja de recepcionista en una sauna (que ofrece servicios sexuales), continuamente está percibiendo violencia contra su persona. La historia empieza con un desencanto emocional, su amante no se decide a dejar a su esposa y empezar una nueva vida junto a ella. Se van sucediendo distintas bofetadas ’emocionales’ a la protagonista hasta que unos clientes intentan forzarla a tener relaciones sexuales. Y sucede así una de las escenas más violentas (sin explosión de sangre) cuando uno de los clientes empieza a golpear y gritar a la protagonista con un fajo de billetes exigiendo sus servicios porque puede pagarlos. Así la bella joven, de pronto, se rebela también en un estallido de violencia… que desemboca en una de las escenas más hermosas e inquietantes del film, una joven llena de sangre, con una navaja en una mano, avanzando por una carretera rocosa…

Acorralado

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La historia más sensible y humana la protagoniza un adolescente que va de trabajo en trabajo sufriendo explotación e injusticia. Es un joven risueño que parece que todo lo aguanta. Pero desde el principio el espectador sabe que es un joven sencillo que se siente atrapado en unas estructuras económicas y laborales (con la presión de su familia) en las que llega un momento que no ve salida alguna. No ve futuro. En uno de los trabajos, una especie de prostíbulo de lujo para empresarios, se ilusiona con una de las chicas explotadas sexualmente… pero es ella la que le muestra que no hay salida para ellos de una vida gris. Así el joven solo ve salida en una drástica y violenta medida…

Un toque de violencia es una bofetada continua de Jia Zhang Ke (primera película del realizador que me atrevo a ver… Digo me atrevo porque hasta ahora tenía la sensación que en otras realizaciones suyas me iba costar más entrar en su manera de mirar y contar) que deja una radiografía bastante dura de la China contemporánea.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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Hay películas que van unidas a un periodo de tu vida. Y precisamente La canción de Carla es una de esas películas. Por aquel entonces estaba con lecturas como Las venas abiertas de América Latina, no me perdía los estrenos de cine latinoamericano, leía novelas de aquellos lares… y escuchaba a un montón de cantautores: desde Victor Jara (que su historia me tenía –me tiene– hipnotizada) hasta Silvio o Pablo Milanés pasando por los tangos de Carlos Montero o Violeta Parra, sin olvidarnos de Chavela Vargas. También era tiempo de las películas de Ken Loach. En un puño. Ladybird, ladybird, Tierra y libertad, La canción de Carla, Mi nombre es Joe, Pan y rosas… Recuerdo la primera vez del Fisahara que tuve oportunidad de ir y ver en una pantalla enorme, bajo el cielo del desierto, Dulces dieciséis. Y hasta ahora he sido fiel (y no desencantada) al cine de Ken Loach. Así no me he perdido Solo un beso, El viento agita la cebada, En un mundo libre o Buscando a Eric… Tengo en espera Route Irish, La parte de los ángeles y su documental El espíritu del 45. Me gusta su cine y su manera de contar historias. Unas me gustan más y otras menos… pero todas tienen algo que me llega, que me toca. Un personaje, una escena o la historia entera…

No había vuelto a ver La canción de Carla y tenía muchas ganas de conseguir el dvd y volver a disfrutarla. Recordaba lo bien que me caía su protagonista, ese conductor de autobuses de vida algo caótica (buena gente) con rostro de Robert Carlyle (y es que fue Ken Loach quien le dio su primer papel protagonista en Riff Raff a este actor al que tengo gran cariño). Y cuando empecé a verla el otro día me di cuenta de lo viva que seguía en mi mente. Y lo bien que me acordaba de ella. Es una historia de amor imposible en dos actos. El primero transcurre en Escocia (cómo me gusta) y el segundo en Nicaragua (Nicaragua, Nicaragüita, la flor más linda de mi querer (…) pero ahora que ya sois libre Nicaragüita, yo te quiero mucho más…).

En el primer acto un conductor de autobuses se enamora de Carla (Oyanka Cabezas), una bailarina callejera nicaragüense que no está pasándolo muy bien. Pero él no puede evitar estar a su lado y tratando de entender la tristeza que arrastra. Y nosotros los espectadores somos como él. Tratamos de entender las causas de la tristeza de Carla. Transcurre el año 1987 y se nos va desvelando que las cosas en su país no fueron ni van nada bien y que huye de un pasado que la duele. George, el conductor, trata de construir una vida con ella, empezar de cero. Pero se da cuenta de que ella tiene que regresar a Nicaragua no solo a ver a su familia y amigos sino encontrar también a su antiguo amor. Saber qué le pasó, qué es de él. Ella tiene que regresar y saber qué queda de ese país por el que luchó… Algo terrible pasó…

El segundo acto transcurre en Nicaragua y nosotros tenemos la mirada de George que intenta entender la situación de ese país cercano y lejano a la vez. Y se nos van desvelando las dificultades, los conflictos, la violencia, los enfrentamientos, la contra… para que no prospere el gobierno sandinista que trata de trabajar por un país más justo y libre. Así como una mano que divide y destroza en forma de Estados Unidos… Los ojos de George se van volviendo tristes y va entendiendo a golpe de violencia el horror de lo que ha vivido su amada y lo que le ocurrió a su compañero en la lucha. Descubre el fuerte vínculo y el compromiso que les unía, la canción que Carla siempre porta y nunca se atrevía a cantar… Y George se da cuenta de que tiene que regresar a Escocia, que esa no es su historia. Y que Carla no puede ir a su lado. Su vida está en Nicaragua. El conductor de autobuses encuentra un aliado inesperado que le termina dando una visión completa (aunque su primer encuentro es nefasto…) con un americano cooperante (Scott Glenn), amigo del grupo de Carla.

Con esta película empieza la colaboración entre Ken Loach y el guionista Paul Laverty…, colaboración que aún hoy continúa… La canción de Carla a la vez que narra una delicada historia de amor imposible, presenta las claves para entender la historia de un conflicto.

Y es que el cine ha dejado películas que recuerdan las dictaduras, las revoluciones y contrarrevoluciones de Latinoamérica que sigue teniendo las venas abiertas (como el mundo)… Así también transcurre en la Nicaragua sandinista, Bajo el fuego de Roger Spottiswoode. Y me vienen a la cabeza películas que me impresionaron como Desaparecido de Costa Gavras sobre la dictadura de Chile, El beso de la mujer araña de Hector Babenco o La muerte y la doncella de Roman Polanski. Ken Loach, junto a su guionista Paul Laverty, se acercan con la mirada del que vive ajeno al conflicto, que vive en otro país distinto y no entiende la situación (solo lo escucha de vez en cuando o lo oye en las noticias… como los demás espectadores)… y le implica en la historia porque conoce a una persona a la que ama y quiere entenderla. Así poco a poco se le va desvelando la historia pasada de su amada, que es la de su país, Nicaragua. Y lo que descubre, le duele en lo más profundo pero termina viendo el rostro real de la amada y su secreto guardado, la canción. Entiende la lucha y la opresión. Y lo que queda aún por hacer… Se da cuenta de que la vida de Carla está en Nicaragua, su país. Escocia solo había sido una huida obligada, un antídoto inútil contra el olvido… que la estaba rompiendo de soledad y desesperación.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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En 2010 la danesa Susanne Bier dirigió En un mundo mejor donde contaba la historia de Anton, un médico de un campo de refugiados en África. El protagonista vivía entre su trabajo al límite en el campo (donde experimentaba un fuerte conflicto moral) y su vida en familia en una próspera localidad danesa. En todo momento se encontraba en un tsunami emocional, a las complicaciones laborales, éticas y morales en una zona conflictiva del mundo donde la injusticia social es el pan nuestro de cada día, se unían las complicaciones emocionales y la violencia silenciosa en una sociedad próspera. Así Bier planteaba temas sumamente interesantes.

Con una estructura similar, el director noruego Erik Poppe (primera película que veo de él) afronta también temas de interés en Mil veces buenas noches, además de reflejar con verosimilitud una profesión compleja: el fotógrafo de guerra. La protagonista es Rebecca (con el rostro de Juliette Binoche en el que los directores esculpen sentimientos), una reportera de guerra de prestigio, que trata de equilibrar su vida entre una profesión que la apasiona, que continuamente la pone en complejos dilemas (y en la que es capaz de arriesgar sin medir las consecuencias), y sus relaciones familiares con un marido y dos hijas (una de ellas adolescente) a los que adora que viven en Irlanda esperando siempre su llegada.

Erik Poppe antes de ser director fue reportero gráfico en zonas de conflicto y se nota la carga autobiográfica en la película, se siente que sabe de lo que habla y lo que refleja. Y ese es uno de los fuertes de esta película. Solo por la primera media hora (en la que apenas hay diálogos) y los minutos finales merece la pena no dejar escapar el visionado de esta película. Durante esos tiempos vemos a Rebecca en Kabul realizando un reportaje gráfico que golpea al espectador. Detrás de cada fotografía, hay una historia que contar. Una injusticia que narrar y denunciar. Y Rebecca tiene ese concepto de su profesión en sus venas.

La segunda parte de la película narra un conflicto familiar. Tanto a su marido como a sus hijas se les hace cada vez más difícil la espera y entienden menos los riesgos que la reportera asume. Tanto el marido como las dos hijas (sobre todo la adolescente) temen esa llamada que anuncie la pérdida definitiva. La presión es tan fuerte (la nueva vuelta a casa ha sido después de un reportaje que casi acaba con la vida de la fotógrafa) que su marido la pide que elija entre los dos mundos: su profesión o ellos. Pero para Rebecca vivir en la normalidad, sin que se le dispare a cada segundo la adrenalina, sin sacar fotografía alguna, se le hace casi misión imposible. Este sentimiento de no saber vivir en la cotidianidad y en la normalidad con los problemas habituales de las sociedades de los estados de bienestar, ese no saber vivir en una situación de paz pero con otro tipo de dificultades, también fue reflejado magníficamente por Michael Haneke en Código desconocido con otro fotógrafo de guerra que regresaba durante unos días a París, al hogar de su novia (precisamente ella era Juliette Binche).

Rebecca trata de aferrar los lazos con su marido y sobre todo con su hija adolescente (que termina entendiendo a su madre –sobre todo cuando comparte con ella un viaje a un campo de refugiados en Kenia– y aprende a vivir con el miedo de la pérdida). Así Erik Poppe es absolutamente sutil, delicado y elegante en el reflejo de la relación entre madre e hija logrando momentos de una emoción intensa. Quizá el personaje peor construido y la relación más desdibujada sea con su marido (un desaprovechado Nikolaj Coster-Waldau) aunque cuenten con escenas en las que se siente la química entre ambos.

Erik Poppe plantea varias cuestiones en Mil veces buenas noches para un debate o tertulia intensa y además posee una mirada cinematográfica que deja momentos de gran belleza. Pero sobre todo muestra un amor y toda la pasión por una profesión necesaria: la del fotógrafo en zonas de conflicto. Porque detrás de una fotografía, hay una historia que contar. Porque ante una fotografía… se hace reaccionar al ciudadano ante situaciones injustas. Porque ante una fotografía, se evita el olvido. Porque detrás de una fotografía, hay una denuncia…

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Barbacoa de amigos (Barbecue, 2014) de Eric Lavaine

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En un periodo corto en el tiempo he visto tres películas del actor francés Lambert Wilson que me han gustado mucho. Una me parece una gran obra cinematográfica, De dioses y hombres. Y las otras dos, comedias muy interesantes. La primera la comenté hace muy poco, Moliérè en bicicleta y la segunda acabo de verla, Barbacoa de amigos. Una película que sin inventar nada nuevo (no se sale de la fórmula de este tipo de películas), funciona: reunión de amigos y en consecuencia diversiones, confesiones, alegrías, tristezas, tensiones, discusiones… y vuelta a afianzar vínculos. El punto de partida es el del protagonista (la película está contada desde su punto de vista), precisamente Lambert Wilson, que cuenta como a punto de cumplir los 50 años un acontecimiento da un giro a su vida: un infarto. Desde ese contacto con la muerte, después de años y años en los que se ha cuidado, decide hacer lo que le da la real gana así como no callarse… Nos va presentando a su grupo de amigos, desde la Universidad, y sus muchas vicisitudes. Reuniones, vacaciones, conversaciones, hermosa casa rural y buenas comidas. Un buen grupo de actores con mucha química entre ellos. Y una mezcla entre la comedia (decantándose más por esta vía) y la tragedia que siempre funciona. Una sensación de la vida fluye y continúa… Barbacoa de amigos nos recuerda que la vida está poblada de momentos que merecen la pena… aunque haya otros que nos hagan olvidarlo.

Corazón de León (Corazón de León, 2013) de Marcos Carnevale

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La idea de partida es buena. Tiene momentos que funcionan, divertidos. Pero la propuesta podría haber sido mucho más arriesgada y alocada. Más realista. Empieza en forma de comedia, continua como un melodrama y termina como una comedia romántica. Parece que de vez en cuando a Carnevale se le escape el tono. La premisa es: una mujer con su vida emocional y laboral patas arriba (separada de su marido, trabaja en un bufete de abogados con él y además no pasan el mejor momento laboral), ‘pierde’ su móvil. Un desconocido lo rescata y la llama para que lo recupere. La conversación con el tipo le gusta, lo pasa bien y decide quedar con él. León es un hombre divertido, atractivo, rico…, buen profesional, es arquitecto, separado y con un hijo universitario encantador. Es el hombre perfecto, el hombre que en ese momento la protagonista necesita. Sólo hay un pequeño inconveniente (según los ojos con los que se mire el asunto): mide 1,35 centímetros. Funciona la química entre Guillermo Francella y Julieta Díaz, lo que no funciona tanto es el efecto especial para que Francella tenga la estatura adecuada a su papel. A veces él parece realmente enano pero Juelieta excesivamente gigante… Y el efecto es extraño. Cuando hablaba al principio de llevar a cabo esta apuesta arriesgada (pues plantea temas muy interesantes y habla sobre prejuicios muy arraigados), me refería precisamente a que hubiese sido mucho más creíble con actores como Peter Dinklage o Emilio Gavira, con una estatura real de 1,35 o 1,40 metros.

The east (The east, 2013) de Zal Batmanglij

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Otra película de premisa muy interesante pero desarrollo fallido. No obstante cuenta con momentos que preludian cómo podía haber sido una propuesta a tener en cuenta y un reparto del que se podría haber sacado mayor provecho. The east cuenta la historia de una empleada de una multinacional de seguridad que tiene que infiltrarse en un grupo de ecologistas radicales, que atacan a las grandes empresas empleando sus métodos contaminantes. Lo que cuenta y el empleo de las claves del thriller para conseguir tensión y suspense podrían haber constituido una buena obra cinematográfica. Pero el mayor fallo es precisamente la presentación y evolución de los ecologistas radicales y las relaciones entre ellos y de ellos con la infiltrada… no se presenta de manera atractiva o interesante, de forma que nos importe lo que hacen, que nos creamos la transformación de la infiltrada y que entendamos su historia con el líder del grupo. Tampoco el director se muestra muy versado en las claves del thriller para crear la tensión suficiente, el ritmo adecuado y el suspense en cada uno de los ‘atentados’ del grupo…

A la caza (Cruising, 1980) de William Friedkin

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… Hace poco dije lo que me sorprendió este director con su última película en el año 2011, Killer Joe. A la caza no la había visto y aunque no es película redonda (como tampoco lo es Killer Joe), sí tiene sin embargo ciertas cualidades que hacen que su visionado merezca la pena. William Friedkin muestra su valía para crear ambientes paranoicos, angustiosos, siniestros, de moralidad oscura, con aires de pesadilla. Al final no importa tanto la trama de suspense, que se queda en el aire, como las relaciones entre los personajes y la ambigüedad de alguno de ellos. En su momento la película fue un escándalo porque varios colectivos gays pusieron el grito en el cielo por la imagen de la homosexualidad que se daba en el film, que se centraba en un asesino de homosexuales que frecuentaba locales donde se practicaba además el sadomasoquismo… Para investigar el caso, ahí está un policía con el físico de Al Pacino (y comportándose como todo un actor del método) que se infiltra en el ‘ambiente’ y termina bastante tocado… La ambigüedad pulula por todo el film hasta su final… Y ahí están aparte de Al Pacino, un siempre eficiente Paul Sorvino y una olvidada Karen Allen (que vivió su momento de gloria en los 80).

Gritos y susurros (Viskningar och rop, 1972) de Ingmar Bergman

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Dentro de la amplia filmografía de Bergman hay varios títulos que ‘dibujan’ su carrera como director. Uno de ellos es Gritos y susurros. Una película que presenta muchas de las claves de Bergman. La influencia del teatro de Strindberg, la continuación del camino abierto y experimental de Persona, las complejas relaciones familiares, el predominio de las mujeres, la presencia de la muerte, del sentimiento de culpa… En una casa familiar, asistimos a las últimas horas de una mujer acompañada por sus dos hermanas y la asistenta que la cuidado durante años. El cuarteto de mujeres (que desnudan su alma y sus rostros) deja su huella y cada una tiene su momento sobrecogedor. De nuevo Bergman demuestra su manera especial de reflejar el rostro de una mujer. Ahí están Harriet Andersson, Kari Sylwan, Ingrid Thulin y Liv Ullmann. Llama la atención el predominio del rojo en la escenografía, siempre elegante, y el sonido del reloj. También como en muchas películas de Bergman utiliza para su banda sonora música clásica, esta vez Bach y Chopin. La presencia de los hombres es secundaria, y en su ausencia precisamente, marcan totalmente la vida de las hermanas.

Dos cabalgan juntos (Two Rode Together, 1961) de John Ford

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Primera vez que trabajaba James Stewart con Ford e inicio de una ‘buena’ colaboración. No fue una película muy apreciada por el propio Ford pero como siempre cuenta con matices, interpretaciones y miradas muy interesantes y complejas. Quizá su poco aprecio va unido a varios asuntos, además de ser una película de encargo, justamente durante su rodaje fallece uno de los miembros de la troupe de Ford, Ward Bond, y esto desestabiliza emocionalmente al director. Es otro de los western de Ford donde se siente que ronda el desencanto. Sin embargo confieso que disfruté de lo lindo de su visionado y me entusiasmó el cuarteto protagonista, sus personalidades y relaciones (James Stewart, Richard Widmark, Shirley Jones, Linda Cristal). No es una película ni ligera ni tan fácil o sencilla como parece a primera vista. En un momento predomina el tono de comedia, tiene un buen ritmo… pero llega la bofetada final. La historia es la de un sheriff (bastante cínico y algo corrupto pero con encanto… un James Stewart explotando la vena de los personajes en los western de Mann) que es requerido por el ejército federal, pues este es presionado por varios familiares, para que se inmiscuya en tierras comanches (sin romper el pacto de paz) para negociar la devolución de prisioneros blancos secuestrados durante años. El ejército quiere aprovechar que el sheriff se ha relacionado ya con los indios en varios negocios y los conoce. Se lo pide su amigo, un comandante idealista y luchador. La complicidad entre ambos enriquece muchos momentos de la película (así como las historias con sus amadas…). Como en cualquier película de Ford nada es blanco o negro, están los matices. Ni unos son los malos malísimos, ni los otros los buenos buenísimos. Y el racismo brutal, la intransigencia absoluta, el radicalismo en las creencias y la incomprensión ofrece una de las escenas más crueles y terribles de toda la película… y es protagonizada por ‘las familias’ que clamaban por la vuelta de los suyos…

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Recuerdo  a principios del siglo XXI cómo se me quedó la frase “Otro mundo es posible”… Y es que estos movimientos colectivos (que nacen de la espontaneidad), que muchos dicen son utópicos, de alguna manera transmiten una onda expansiva de que los sueños a veces pueden cumplirse. Y, de fondo, algo más importante…, no hundirse en la apatía, el mal rollo o transitar un camino de no retorno de desencanto. La espontaneidad de estos movimientos colectivos enciende continuamente mechas y supone un paso más a la consecución de un mundo un poco mejor. Algunos viven con tristeza (y con sensación de fracaso) la ‘aparente’ disolución de estos momentos (bien porque son interrumpidos violentamente, bien porque la espontaneidad no es eterna… y entonces empiezan otras ‘fases’ y ‘evoluciones’ en el proceso) y empleo la palabra ‘aparente’ porque sí, se apagan, pero queda la brasa, el fondo o el poso… Queda el testimonio.

También me viene a la cabeza una persona que no olvidaré porque disfruté de su amistad, de sus palabras, de su memoria y recuerdos. Se llamaba el Indio Juan. A un poso de desencanto, siempre surgía la chispa en su mirada. Una de sus pasiones era recorrer las calles, los cementerios, los muros, los edificios, las puertas y paredes… y rescatar en su cuaderno las frases que dejaba la gente. Decía que ahí había poesía y mucha sabiduría. Pienso que hubiese disfrutado mucho del año 2011… y de todos esos movimientos colectivos que se dieron a la vez por el mundo. Y que siguen la senda de Otro mundo es posible. En ese momento era un mundo clamando por un cambio de organización y sistema. Mostrando también que la democracia real es otra cosa. Que el ciudadano puede pensar por sí mismo, que es consciente de que tiene derechos y también deberes y que sabe cuándo le están tomando el pelo o cuándo están abandonados a su suerte. Ciudadanos que claman por una representación real. Ciudadanos que siguen imaginando que las cosas pueden ir y hacerse mejor.

Durante todo el siglo XX y ahora el XXI, hay otra manera de poder dar testimonio de estos movimientos. Otra manera de hacerlos vivos y presentes. De eternizarlos. De preservar que existieron. De plasmar que algo se mueve… Y son las imágenes en movimiento. Es el cine. Una cámara y captar el espíritu de estos movimientos. Y es eso precisamente lo que consigue la realizadora chilena Cecilia Barriga en su documental Tres instantes, un grito. Captar ese grito, que se extendió en distintas partes del mundo y generó movimientos colectivos que provocan creatividad, pensamientos, vitalidad, posibilidad de cambio, debates, coloquios, diálogos y que construyen una generación de personas que tiene presente los sueños de muchos ciudadanos. Y eso no es fácil. Tres instantes, un grito provoca ganas de moverse, genera un sentimiento de esperanza y continuidad, muestra personas con ganas…, todavía algo se mueve, quizá todavía no esté todo perdido…

El documental muestra la esencia de tres de estos movimientos que se dieron en un año vivo, y como dijo uno de los asistentes al coloquio en la Cineteca-Matadero, que creará un fondo de documentación e ideas tan importante como el mayo del 68 (que no solo fue en París sino que tuvo también su efecto onda…). Y también su poso de críticas… pero es que siempre pienso que el que actúa, porque actúa, se equivoca… Y eso es sano, mientras haya un sentido de autocrítica y análisis, de ver qué fue lo válido y qué fue lo que falló.

El viaje de Barriga recoge el espíritu asambleario de los indignados en la Puerta del Sol de Madrid. La espontaneidad colectiva, creativa y multicultural, con presencia continúa de lo musical, de la toma de Wall Street. La filosofía: el 99 por ciento de la población muestra su descontento por el reparto injusto de riquezas y poderes en manos de un 1 por ciento que hace lo que quiere dejándose llevar por la codicia y la corrupción. No existe el axioma: pensar en el otro. Y por último la rebeldía constructiva, potente, valiente, espontánea, alegre e imparable de los adolescentes chilenos que tomaron las escuelas públicas del país exigiendo una educación pública, gratuita y de calidad. Y ese es el mejor aliciente para disfrutar del documental, sientes ese espíritu contagioso.

Movimientos que surgieron a la vez que otros y que serán la mecha para generar otros en un futuro próximo. Como dijo Cecilia Barriga, en el documental se intuye que los próximos movimientos colectivos quizá nos trasladarán a China o a cualquier otra parte donde la gente quiera soñar. Y de alguna manera su existencia permite el contagio… y poco a poco, con obstáculos, dificultades, desencantos, fallos… pero con un continuo movimiento, se pueden ir produciendo cambios que prefiguren otro mundo posible… y ojalá que mucho mejor.

Nota: próximas proyecciones en la Sala Berlanga (jueves 22 de mayo) y en junio en el Zumzeig cinema en Barcelona.

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Ida es una película sobria tremendamente hermosa. Nada le sobra, nada le falta. A su belleza formal a la hora de contar una historia, se une la propia historia… potente. Dos personajes femeninos, la identidad, la memoria y el peso de la Historia sobre ellas. Cada fotograma destila la composición perfecta de una obra artística. Pawel Pawlikowski cuida cada segundo, cada instante de la puesta en escena y del lenguaje cinematográfico, creando una obra redonda. Polonia, años sesenta, empapada del saxo de John Coltrane y unas notas triste de Bach. Años grises, de blanco y negro, donde los personajes se mueven en un formato cuadrado que da fuerza y relevancia a las figuras femeninas sobre los espacios en los que transcurre su ‘viaje’ vital de descubrimientos… Donde unos ojos y una lágrima que recorre la mitad de un rostro o un paisaje nevado y una figura que camina cobran una fuerza que desarma al espectador.

Anna (Agata Trzebuchowska) es una novicia a punto de hacerse monja, de recibir los votos. Ella es huérfana y siempre ha estado entre las paredes de un convento. Tiene dieciocho años y su mundo siempre ha estado unido a lo espiritual y trascendente. No conoce nada más. La madre superiora le da un aviso inesperado. Su tía, que nunca ha querido conocerla, ahora sí desea verla. Y la recomienda que vaya a visitarla antes de tomar los votos. Así, con una pequeña maleta y su hábito, Anna conoce a su tía Wanda (Agata Kulesza), una mujer aparentemente dura y fuerte. De golpe, la primera información que le suelta Wanda… descoloca el mundo de Anna. “Así que eres una monja judía” y “te llamas Ida”. Así, a lo bruto, Ida… decide encontrar dónde están enterrados los suyos, es la única manera que tiene de expresar que quiere buscar sus raíces. Y en este viaje, le acompaña Wanda… la vulnerable y contradictoria mujer aparentemente fuerte y de hierro.

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Un viaje que altera a ambas que siempre han estado, de distinta manera, privadas de su identidad. Cada una asumirá como puede las consecuencias del encuentro con su memoria, con sus raíces, con sus recuerdos, con su pasado… Con las viejas fotografías que construyen unas vidas sesgadas. A Ida le privan de su identidad, de sus orígenes. Wanda, para combatir el dolor, oculta su identidad y se entrega al Estado socialista polaco. Ella se transforma en Wanda la Roja, una mujer fría que no tiembla en condenar a muerte a todo aquel que no comulgue con las ideas estalinistas… Ida trata de recomponerse, Wanda se sigue fracturando…

Ida descubre con Wanda que existe algo más en la vida que los muros de un convento. Que existen las contradicciones, los placeres, los sacrificios, la culpa… Y vislumbra a lo que renuncia… sobre todo cuando conoce una posibilidad de futuro con un saxofonista (“¿Y luego? La vida, lo normal”… pero es que ni Ida ni Wanda tuvieron posibilidad de una vida normal…). Y Wanda descubre con Ida su alma fracturada, sus heridas apenas ocultadas, su vulnerabilidad, su culpa y caída al abismo, el dolor por la pérdida de lo que más amaba…

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Pawel Pawlikowski, director polaco que durante años ha trabajado en Gran Bretaña (y que ha realizado trabajos documentales, televisión… aborda su quinto largometraje y su primera película en Polonia), regresa a su tierra natal con una obra cinematográfica de una belleza tranquila, de ritmo pausado, de planos fijos… donde una joven novicia restaura una estatua de Cristo, una mujer quebrada apura un licor en una mesa de una taberna, solitaria; o una joven de dieciocho años —que quiere sentirse deseada— se prueba unos tacones y un traje negro y se envuelve en una cortina transparente…

Ida es una película que ha hecho que vuelva a nombrarse el cine polaco… y quizá sea el principio de una vuelta del cine de este país al circuito internacional. Pawel Pawlikowski ha despertado la curiosidad sobre qué es lo que está pasando en la cinematografía polaca en la actualidad. Así el realizador puede dar continuidad a nombres como Andrzej Wajda, recorriendo los rostros de Andrzej Zulawski y Roman Polanski y meciéndose en Krzysztof Kieslowski, reconociendo a Agnieszka Holland y desembocando en él mismo y otros compañeros de generación. Me viene a la cabeza una película polaca de los años ochenta nostálgica y tremendamente hermosa que durante años tuve grabada en un vhs… Yesterday de Radoslaw Piwowarski… y la nombro porque como Ida también reflejaba unos años sesenta en Polonia. Unos jóvenes que trataban de buscar salidas al blanco y negro en que estaban inmersas sus vidas a través de los Beatles y la música.

… De momento, recuerdo a una novicia en una sala de fiesta, ahora vacía, escuchando a un saxofonista que toca a Coltrane… O a Wanda colocando fotografías en una mesa, reconstruyendo su pasado y recordando el hermoso pelo pelirrojo de su hermana que ahora esconde tras la toca su sobrina. O esa misma mujer poniendo en su tocadiscos la música de Bach mientras la luz entra por su ventana…

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¿Cómo narrar el dolor? ¿Y por qué contarlo? ¿Cómo desnudar el alma y por qué es necesario? Rithy Panh realiza un documental político porque recupera la imagen perdida, la memoria mutilada. La imagen perdida es más que una autobiografía, es una demostración de que los jemeres rojos y su sistema social, económico y político fracasaron… Un superviviente como Rithy Panh cuenta en imágenes y escribe sobre el horror vivido. Denuncia y cuenta para que no caiga en olvido…, para que ninguna víctima caiga en olvido.

Desde los años ochenta su filmografía (tanto de ficción como de cine documental, de la que no he visto nada hasta ahora) ha reflejado cómo fue y cómo afectó el genocidio a Camboya, y ha tratado también de encontrar en el pasado una explicación de lo que aconteció.

Cuatro años de genocidio atroz (1975-1979)… los jemeres rojos, el líder Pol Pot, Kampuchea democrática y la destrucción sistemática de las ciudades, de la población urbana, de la cultura… de todo lo considerado burgués para crear un sistema de economía agrario y un control férreo militar que dominaba a través de la muerte y el terror.

Pero nunca había empleado la primera persona. No había contado su historia. Único superviviente de su familia…, todos fallecidos durante los años del terror. ¿Cómo tocar algo tan cercano, tan doloroso? Primero habló de sí mismo en un libro La eliminación (Anagrama, 2013) a partir de su experiencia al entrevistar a uno de los responsables del genocidio (un libro que tengo enormes ganas de leer), después ha sido en este bello documental. En La imagen perdida, el director camboyano ha encontrado la manera de narrar lo que le duele y destroza.

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De fondo, una voz en off va lanzando sus reflexiones, sus recuerdos… vierte su memoria dura pero con una delicadeza que hace que el horror de lo que narra abofetee dulcemente al espectador. Crea con las palabras metáforas tan bellas pero a la vez tan duras y desoladoras… Y esa voz en off va acompañada de hermosas maquetas llenas de figuras de arcilla (arcilla y agua… vida) que ‘ilustran’ sus recuerdos del pasado y el terror del genocidio. Figuras estáticas con alma… porque son las víctimas. Hay figuras que representan a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus amigos, a otras víctimas que acompañaron su calvario… y hay una figura que representa al niño que fue él, el superviviente. Ese niño que arrastró y arrastra años después un sentimiento de culpa por no haber podido ayudar más a los suyos. Un niño que trataba de olvidarse de su ropa negra (y se imaginaba distinto, con una camiseta de colores brillantes… y su figura de barro así lo representa), de su vida oscura. Un niño que se aferraba a la ternura de su infancia, a su padre leyéndole poesía, a los juegos con sus hermanos, el rostro alegre de la madre, a las reuniones, a la risa, al bullicio de las calles, las sesiones de cine donde se proyectaban danzas de bailarinas hermosas.

Y esas secuencias de figuras de barro…, se mezclan con imágenes del pasado. Con aquel legado cinematográfico y musical que trataron de destruir y saquear (pero que algo sobrevivió) para sustituirlo por un cine propagandístico que mostrara esa Kampuchea democrática falsa, esa mentira dolorosa. Esas imágenes que ocultan el hambre, la muerte, las fosas, el miedo…

Durante años, Rithy Panh ha tratado de encontrar una imagen real del horror, una fotografía de una ejecución… pero ante su ausencia (no la ha encontrado pero sabe que se hizo), él se sirve del cine (que ya amaba desde pequeño) para construir la memoria perdida, las imágenes que recuerda, que le duelen… pero que hacen que las víctimas no sean números sino personas (su padre, su madre, sus hermanos, sus vecinos, sus amigos…) y las pone frente a esa propaganda cruel. Unas figurillas de arcilla y agua articulan la memoria perdida, el horror… y unas palabras que son poesía dura y desgarrada (que alcanza la luna) permiten que el espectador sea capaz también de percibir o sentir mínimamente lo que es casi imposible de contar, lo que realmente ocurrió. Y sentir así un escalofrío del que todavía no me he desprendido…

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