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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

A Sally, mi gatita fiel, que ha sido mi compañerita del alma durante dieciséis años

Las relaciones peligrosas (Les Liaisons dangereuses, 1959) de Roger Vadim

Las relaciones peligrosas

La novela-epistolario de Pierre Choderlos de Laclos, Las amistades peligrosas, ha tenido dos adaptaciones cinematográficas muy recordadas: Las amistades peligrosas (1988) de Stephen Frears y Valmont (1989) de Milos Forman. Pero muchos años antes Roger Vadim la llevó a la pantalla y no hizo una película de época, sino que la convirtió en una historia contemporánea, donde un matrimonio de la alta burguesía francesa miman una relación abierta consentida por ambos, donde juegan continuamente a cortejar y abandonar a sus conquistas. Los dos se tienen máxima confianza y sus juegos frívolos construyen su peculiar intimidad. Ambos viajan y se cuentan sus andanzas por carta. El conflicto se hace presente cuando el juego se les escapa de las manos y no pueden dominar los sentimientos… Entonces su intimidad salta por los aires y se declaran la guerra.

Roger Vadim, rey del erotismo francés y que empezó su andadura en 1956 con la eclosión de un mito erótico, Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer, encontró en las cartas entre el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil un material jugoso para una película. Así la convirtió en un juguete elegante y erótico en blanco y negro, donde Valmont y Merteuil recobran la vida en una pareja con todo el glamour, la exquisitez y la elegancia del cine francés: el hermoso Gérard Philipe y la enigmática Jeanne Moreau. Y sus víctimas también tendrían unos rostros especiales del cine francés. El joven Danceny cuenta con el rostro de Jean-Louis Trintignant, que se convierte en un responsable estudiante, y la madame de Tourvel de Vadim sería su esposa en aquellos momentos, una actriz danesa, Annette Vadim. Para la adolescente Cecile, que quieren corromper tanto Valmont como Merteuil en uno de sus juegos, contaría con la presencia de un fugaz mito erótico, Jeanne Valérie.

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Un corazón en invierno (Un coeur en hiver, 1992) de Claude Sautet

Un corazón en invierno

Las emociones a través de las cuerdas de un violín…

“Maxime y yo nos entendemos sin hablar”. Todo empieza con el trabajo perfeccionista y en colaboración de Stéphane (Daniel Auteuil), un lutier, con su jefe y socio Maxime (André Dussollier). Stéphane mantiene una rutina de trabajo bien hecho con los bienes más preciados de los músicos para los que trabajan: sus violines. Apenas sabemos de su vida, solo su meticulosidad en el trabajo, su soledad como compañera y que se rodea de pocas relaciones personales: un anciano maestro y una librera amiga. De pronto, una nueva presencia desequilibra su existencia: Camille (Emmanuelle Béart). Ella es no solo una violinista, camino del éxito, que solicita sus servicios, sino que además es la amante de Maxime. Desde que la ve por primera vez en una cafetería llama su atención y trata de acercarse a ella.

Stéphane ejerce un control férreo de su vida y de sus emociones. Él arregla los “instrumentos” que harán surgir las emociones. Con sumo cuidado pone en marcha los mecanismos para que funcione lo imposible, incluso un antiguo muñeco autómata violinista de siglos pasados. Su entrega y precisión esconden una verdad dolorosa: su incapacidad para el amor, la continua estancia de su corazón en invierno. A pesar de notar latidos lejanos o una necesidad de descongelación.

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Los hermanos Sisters (Les frères Sisters, 2018) de Jacques Audiard

Los hermanos Sisters

Dos hermanos mercenarios en busca de un hogar…

Las huellas del universo de Audiard siguen presentes en este western crepuscular. La violencia unida irremediablemente a la naturaleza humana, la importancia de los lazos de sangre y el anhelo de un hogar como utopía. El director francés lleva a la pantalla un tono melancólico que a veces hace caída libre hacia un humor sutil (que últimamente no aparecía por su filmografía). Toma como punto de partida una novela contemporánea del canadiense Patrick deWitt, y entre sus líneas está presente ya ese tono triste y divertido a la vez, que ha casado con la mirada de Audiard.

Pero si lo miramos con ojos de western clásico, la película se pierde entre las huellas de El tesoro de Sierra Madre, otros films que atrapan las odiseas de hermanos matones por el viejo Oeste y el regreso al hogar a lo Centauros del desierto. Y también sigue la estela de los nuevos western del siglo XXI que atrapan ese Oeste ya sin tanta leyenda ni épica sino que apunta más a lo emocional (a un punto de vista humanista y existencial), pero con vocación clásica, con dosis de realidad y unas gotas de poesía, tipo El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford o Valor de ley.

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El carnicero

Los ojos azules de Stéphane Audran cuentan esta triste historia de amor.

El rostro de Stéphane Audran, con su pelo corto rubio y sus enormes ojos azules, ocupa la pantalla en los momentos más intensos de El carnicero. La musa y también esposa de Claude Chabrol, otro de los personales directores de la Nouvelle Vague, se pone en la piel de Helene, la directora del colegio de un pueblo rural francés. Y Claude Chabrol la convierte en protagonista de una desgarradora historia amor. Porque Helene vuelve a sentir otra vez, su corazón late con el carnicero del pueblo (Jean Yanne), pero este esconde un secreto que convierte su amor en imposible: es un asesino en serie. A Helene y a Popaul no les separan las clases sociales de las que provienen cada uno, ni sus profesiones tan dispares, ni tampoco lo urbanita que es ella y lo rural que es él…, les separan los instintos primitivos y oscuros que están agazapados en el interior del carnicero. Y Chabrol, sin embargo, es capaz de con ese material tan negro y macabro, filmar una triste, elegante y delicada historia de amor. Y eso incomoda. Si Hitchcock y Buñuel vieron El carnicero, seguro que fue un plato delicatessen para ellos, pues bajo sus fotogramas laten las pulsiones y claves de sus filmografías. La oscuridad y complejidad del amor revolotea en cada una de sus imágenes.

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Dobles vidas (Doubles vies, 2018) de Olivier Assayas

Dobles vidas

Entre conversación y conversación… la vida pasa.

Los cuatro protagonistas de Dobles vidas no paran de hablar en toda la película. Pero no solo eso sino que de diálogo en diálogo se articula una estructura que muestra que la vida va pasando. Entre conversación y conversación suceden cosas que cambian el devenir de la existencia de cada uno de ellos. Olivier Assayas construye un artefacto cinematográfico inteligente, una manera de contar que además hace reflexionar sobre el devenir cultural de los nuevos tiempos, esa revolución digital que está cambiando los hábitos, la percepción del mundo… Pero se detiene en otros temas: en la política, en el mundo editorial, en la interpretación o en la creación literaria y los límites de la realidad y la ficción. Entre debate y debate, discusión y discusión, somos testigos además de las dobles vidas de los cuatro personajes, de sus juegos de seducción, del mundo de las apariencias, de sus relaciones sentimentales e impulsos emocionales… Oliver Assayas capta el tsunami emocional de los personajes que viven en un mundo de cambios y revoluciones culturales… para mantener finalmente la máxima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, que no solo sigue vigente sino que se ha convertido en un lugar común (como se discute en un momento dado en la película), “Hace falta que algo cambie para que todo siga igual”.

Un editor (Guillaume Canet), una actriz (Juliette Binoche), un escritor (Vincent Macaigne) y una asesora política (Nora Hamzawi) son los cuatro personajes centrales que van saltando de fotograma en fotograma, mostrando a los espectadores sus dobles vidas y ese paso del tiempo a través de la palabra para que al final todo siga su curso. Un reflejo del transcurrir del tiempo y  de cómo pasamos la mayoría de los días rodeados de palabras… o de los cambios que alteran nuestra vida poco a poco y las estrategias para que todo siga igual…

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Al despertar el día

El documental de Bertrand Tavernier descubre joyas como Al despertar del día, de Marcel Carné…

Qué gozada sumergirse en este viaje que propone Bertrand Tavernier por el cine francés. Al igual que en los documentales sobre cine de Scorsese, el realizador francés realiza un recorrido al pasado y habla de “sus” películas. De aquellas filmografías que le han marcado, de las bandas sonoras que no se quita de la cabeza, de los guionistas que no olvida y de los actores que protagonizaron las sombras en la pantalla. Así queda un tapiz personal de su mirada hacia las películas que forman parte de su bagaje visual y cultural. Que dejaron huella en su espíritu y en su manera de entender y hacer cine.

En casi tres horas Las películas de mi vida logra varios objetivos: que el cinéfilo esté atento con cuadernillo y boli apuntando títulos, nombres y datos. Que escuche atento las anécdotas que cuenta Tavernier, que ilustran también su propia historia, sus recuerdos y sus influencias. Además el director francés muestra de muchos de los directores de los que habla tanto la luz como la oscuridad de su persona, pero salva siempre sus filmografías. Provoca un deseo brutal por hacer un ciclo de cine francés y también por repasar la trayectoria del propio Tavernier. Y, sobre todo, logra un disfrute completo de cada una de las secuencias que se ofrecen, tanto porque se han visto ya y se recuerdan, como otras que son desconocidas, y se descubren.

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La casa junto al mar (La villa, 2017) de Robert Guédiguian

La casa junto al mar

Tres hermanos en una casa junto al mar…

Cuando vi en los noventa Marius y Jeannette, Robert Guédiguian entró a formar parte de la nómina de directores a los que seguiría su trayectoria sin remedio y siempre que pudiera, de manera fiel. Marius y Jeannette por un motivo u otro me deslumbró. Así ya no me separé del director y de su trío protagonista: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (y de otros actores frecuentes en sus películas como Jacques Boudet). La última donde volví a verlos juntos fue en Las nieves del Kilimanjaro en 2011. Cuando Guédiguian les hace vivir en su amada Marsella, cuando pone sobre la mesa la dificultad de ser coherente y fiel a un ideario político de izquierdas, cuando habla de ilusiones perdidas, cuando se muestra contrariado por el paso del tiempo y el cambio en los paisajes físicos y mentales, cuando expone a través de los actos de los personajes que nada está perdido…, que se pueden perseguir los ideales y los sueños, que la lucha continúa…, que uno puede equivocarse y cansarse, pero que siempre uno puede levantarse, que la solidaridad no es una palabra vacía, vieja o sin sentido, que sigue existiendo la buena gente…, que hay rebeldes, románticos e idealistas, que las distintas generaciones pueden chocar y tener distintas miradas sobre la realidad, pero que pueden caminar juntos, incluso llegar a entenderse y comprenderse, cuando muestra un sentido tragicómico de la vida; entonces este director particularmente me emociona y me llega a lo más profundo. Y La casa junto al mar reúne todas esas condiciones.

La sensación de estar viendo rostros amigos y de vivir sensaciones que te hacen salir de la sala de cine con una tranquilidad vital, como si realmente pudieras quedarte en esa casa junto al mar, hace que la película pueda dejar al espectador un poso profundo. Robert Guédiguian tiene una manera muy peculiar y elegante de ir a contracorriente con los tiempos que corren. Es encantador ver una secuencia en que de pronto todos los personajes piden un cigarrillo (aunque no fumen o lo hayan dejado) y todos se ponen a fumar tranquilamente, con placer, frente a un balcón, mirando el mar. En un momento en el que en la pantalla de cine no es políticamente correcto ver fumar a personajes que viven en nuestro presente. Y todo después de un momento sobrecogedor.

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Un giro a la comedia romántica. Un sol interior (Un beau soleil intérieur, 2017) de Claire Denis

Un sol interior

Juliette Binoche deja ver en todo momento su sol interior…

¿Os imagináis una comedia romántica donde la heroína (Juliette Binoche) termina más sola que la una, con una empanada mental impresionante, y llorando sus penas a un gurú descreído (Gérard Depardieu), entre adivino y psicólogo? Y que aunque el gurú le ha soltado frases totalmente claves para su felicidad, el espectador sabe que ella seguirá con su empanada y erre que erre buscando el amor, y que todo lo escuchado le entra por un oído y le sale por otro. Esas palabras mágicas son algo así como que no busque más príncipes azules; que disfrute de su pasión, que es la pintura y además su trabajo; que goce, ya que puede, del día a día y de las aventuras que vaya teniendo… Y que si viene el amor, pues bienvenido sea y que si no, pues que no se amargue. Y lo más importante, le suelta: “Tú tienes tu propia luz interior, no hace falta que nadie te la encienda”… Mientras van apareciendo los títulos de créditos y ellos siguen hablando y hablando…

Ahí está el atrevimiento y la gracia de Claire Denis en esta comedia ¿antirromántica?, su heroína, una mujer que ronda los 50, vive angustiada por sus ansias de enamoramiento y sus fracasos continuos; esto la impide ser feliz y se pasa las noches llorando en la cama o en las esquinas. Y no sabe que tiene la solución al alcance de la mano, no la ve. Tiene la suerte de poder vivir el presente o la vida tal y como la viene, que además no está nada mal.

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Piel de asno

El cuento de Piel de asno bajo la mirada de Demy

Charles Perrault recopiló varios cuentos populares bajo el título Los cuentos de mamá oca (o también Los cuentos de mamá ganso). Así recogió de la sabiduría popular historias como la de La bella durmiente, El gato con botas, Caperucita Roja, Cenicienta, Barbazul… En posteriores ediciones se añadieron algunos cuentos más con la peculiaridad de que no eran en prosa… sino en verso. Y entre ellos se encontraba Piel de asno. Estos cuentos de hadas presentan siempre elementos mágicos, de fantasía, donde se agazapa el inconsciente… y una mirada al mundo donde no se esconde lo oscuro, lo grotesco, lo terrible… Eran historias de tradición oral y que su público fuera infantil es algo más tardío, de los siglos XIX y XX. Los cuentos son herramientas para entender cómo funciona el mundo o cómo enfrentarse a distintos obstáculos. Y algunos de ellos se quedan grabados en la memoria infantil para siempre. Y a Jacques Demy uno de los cuentos que le marcó fue precisamente Piel de asno. Hoy este cuento no creo que sea muy leído por las nuevas generaciones. Es más no creo que Jacques Demy hubiese podido plantear actualmente la película con esa mirada hacia su universo infantil.

Hoy en día hay una corriente que considera que hay cuentos de hadas, populares, que no se amoldan a la mirada actual, que no son políticamente correctos. Y que por eso, para transmitírselo a los niños de hoy, es mejor modificarlos. No es algo nuevo. Walt Disney transformó los cuentos a su propio universo. Si nos ponemos puristas hasta recopiladores como el propio Perrault o los hermanos Grimm…, los suavizaban. También es cierto que ellos lidiaban con varias versiones orales y creaban una historia escrita. Pero esta corriente actual hace que se pierdan joyas literarias como Barbazul o Piel de asno y que otras se modifiquen absurdamente. Y yo me hago una pregunta: ¿no sería mejor dejar esos cuentos tal y como están, sin modificarlos, que son pequeñas joyas literarias y que poseen un análisis apasionante… y para transmitir esa “nueva mirada” se crearan cuentos nuevos acordes a “nuestros tiempos”? Y es que la literatura infantil está viva y es rica… y me consta (pues me encanta indagar por estos mundos) que se están creando relatos maravillosos… Entonces ¿por qué tocar esos cuentos de hadas? Además hay otra cuestión apasionante, cuando el niño escucha o lee el cuento… su recreación, lo que atrapa es uno de los grandes misterios de la literatura. Y es que esos cuentos tienen revelaciones y cada lector los absorbe, “los mira”, “los siente” de manera diferente. A mí me marcaron mucho en mi infancia Barbazul, El traje nuevo del emperador o La bella durmiente. Y de Barbazul me quedaba con lo siniestro, con el terror y con la heroína que investigaba, que sentía curiosidad, que quería saber… No era un personaje pasivo. Sí, es cierto, los cuentos de hadas presentan un mundo duro, cruel, oscuro, terrible, plantea cuestiones complejas… y a veces no tienen finales felices, pero ¿cómo es la vida? ¿Y cómo es la realidad que vivimos?

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Lumiere, comienza la aventura

El tren, la vida… el humo

¡Lumière! Comienza la aventura no es solo la oportunidad de deleitarse con 108 películas restauradas de 50 segundos de los hermanos Lumière o de sus operadores más cercanos, es una mirada reivindicativa sobre la aportación de los Lumière a la Historia del Cine. No solo eran unos inventores, que durante la apasionante época del pre-cine (sobre todo el periodo de finales del siglo XIX, donde distintos científicos en distintas partes del mundo estaban tratando de atrapar imágenes en movimiento), lanzaron por fin el cinematógrafo y dieron el pistoletazo de salida al cine, sino también unos artistas, unos creadores, unos innovadores en el tratamiento de las imágenes… (así como sus operadores), que estaban dando las primeras pinceladas para un séptimo arte. En estas películas de 50 segundos hay semillas, destellos, raíces… Hay documental y ficción. Hay puesta en escena. Hay influencia de cine y pintura. Comedia y drama. Hay perspectiva, mirada. Trucajes, actores, realidad, fantasía, risa, emoción, conocimiento de otros mundos…

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