Cuatro pasos por las nubes

Maria y Paolo, dos buenas personas.

Gracias a Santiago, por descubrirme tantos títulos de cine italiano y volver así a emocionarme una y otra vez frente la pantalla

De pronto una se encuentra frente la pantalla con una película y se pregunta cómo es posible que todavía no la hubiese visto. Atrapada desde el primer fotograma hasta el último. Inevitable terminar con una lágrima y una sonrisa en mi rostro. Un momento donde las emociones fluyen a borbotones. Y esto es así porque ha pasado por mis ojos la historia de un hombre bueno y responsable, la historia de Paolo Bianchi (bravo por Gino Cervi). Y el Paolo de la primera secuencia, que despierta en su hogar, con una esposa antipática a su lado, unos niños durmiendo, y realizando las tareas de la casa y rituales diarios para enfrentarse a la batalla cotidiana y a una nueva jornada de trabajo, nada tiene que ver con el de la última, ese hombre que regresa de nuevo una mañana al hogar familiar y se le caen a los pies esos rituales diarios. Sufre vértigo y desmayo, algo parecido a la desesperación. Porque Paolo Bianchi ha tenido un paréntesis, dos días en los que realmente ha dado cuatro pasos por las nubes. Ha salido de su zona de confort y rutina para ser consciente de que ha rozado algo parecido a la felicidad. Y eso es un mazazo difícil de soportar. Y ese final, rompe al espectador. Además de mostrarle que algo se estaba gestando en el cine italiano.

Durante el periodo fascista se construyó Cinecittà y también el Centro Sperimentale di Cinematografía, y ahí nacieron y desarrollaron sus carreras grandes realizadores italianos. Alessandro Blasetti fue uno de los directores que trabajó durante este periodo, así pudo llevar a cabo una película bajo el impulso de Mussolini como La corona de hierro (1941), como sorprender con una tragicomedia delicada como Cuatro pasos por las nubes, con huellas notables y ecos de lo que sería el Neorrealismo. No hay más que mirar los créditos y descubrir como creador de la historia a Cesare Zavattini. Si se quiere ver a Blasetti en acción, no hay más que visitar una maravillosa película de Luchino Visconti, de su periodo neorrealista, Bellísima (1951), donde es este director precisamente el que en Cinecittá convoca un casting para seleccionar a una niña que actuará en su nueva película. Y ese casting es el principio del drama de una madre, Maddalena Cecconi (Ana Magnani), que se ciega porque su hija pequeña entre en ese mundo.

Las raíces del Neorrealismo se esconden en esta tragicomedia. La cámara se centra en personajes cercanos, humildes. Ni rastro de las comedias de teléfonos blancos, sin complicaciones y de finales felices, a la americana. Su protagonista es un vendedor de dulces, un viajante que recorre pueblos y ciudades para vender su producto, con su realidad dura y sus problemas… Y este hombre va por las calles, monta en un tren que está a rebosar de trabajadores, tiene problemas con el revisor, tiene miedo a no poder realizar su trabajo a tiempo, a no llegar. Después de distintos contratiempos, sube a un autobús. De pronto, se ve inmerso en la vida en el campo, y siente el contraste con la ciudad. Y se mezcla con sus gentes, con sus mentalidades, con su forma de vivir. Todo a partir de un encuentro con una joven, con María (Adriana Benetti, qué rostro más bello), en el tren. Una joven triste a la que cede el asiento. A partir de ahí sus destinos se unirán. Ambos conectan. Y también la vida rutinaria y ordenada de Paolo se desbarata un rato…, y en sus desvelos, siempre está Maria. De pronto, esta le hace una confesión, que cambia más todavía sus planes: es soltera y está esperando a un hijo y teme volver a su pueblo, pues está segura de que su padre va a echarla. La situación de María le avergonzaría delante de todo el pueblo, su mentalidad es dura y anticuada. Entonces, le hace una proposición a Paolo, ese hombre educado, que siempre está pendiente. Le pide que se haga pasar por su marido por una hora y que luego se vaya por cuestiones de trabajo. Luego ya arreglará ella todo. Paolo accede a regañadientes. No está entre sus prioridades faltar al trabajo o mentir. Pero no puede con esa muchacha que camina triste y que la espera un futuro incierto. Y todo se complica.

Pero a la vez ese tiempo es una oportunidad para ambos, que a pesar de las dificultades, descubren que pueden dar cuatro pasos por las nubes. Rozar algo parecido a la felicidad. Y viven situaciones tragicómicas para que no se descubra el engaño. Y Paolo conoce al padre, a la madre, al hermano y al abuelo de María. De pronto, echa de menos el aire puro y la vida del campo (aunque sea dura y ruda). Pero ninguno de los dos se permite ni siquiera soñar más de lo necesario. Bastante compleja es la vida. Ambos son buenas personas, responsables. Y, sí, se descubre el pastel. Paolo es sincero y hace una defensa no solo de Maria, sino que ve injusto si el padre cede a la presión social y no al amor que profesa a su hija. La emoción llega al clímax cuando todos asumen una mentira… para seguir adelante. Y Paolo se despide, baja de las nubes, y se enfrenta a un nuevo día, entra a su verdadero hogar, donde seguirá siendo un hombre bueno y responsable, solo que se le hace mucho más pesado. Encarcelado en su mundo cotidiano.

Alessandro Blasetti combina con maestría la comedia costumbrista (con momentos como el viaje en el autobús y el conductor que acaba de ser padre o ese personaje entrañable del abuelo, frente a un tablero de ajedrez) con el melodrama. Además de recrearse en los rostros de todos sus personajes, hasta del más secundario de todos. Y crea un mundo íntimo, como en las nubes, que llega a la cumbre en la secuencia del paseo en el carro, entre los dos protagonistas. Un mundo íntimo y silencioso, donde todo se deja sin decir, pero las miradas reflejan una comunión especial.

Cuatro pasos por las nubes es una película para ser rescatada. Merece la pena el viaje. Sí, se pisan las nubes.

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