Una de las historias de amor más bonitas de su filmografía…

El amor no mueve montañas, el amor no salva, esta premisa siempre está presente en las películas de Almodóvar, pero hasta Dolor y gloria no ha sido tan explícito. Ha sido un leit motiv en su filmografía, el amor está presente, el camino es doloroso, no reconforta, es retorcido, confuso, lleva a equivocaciones, está lleno de obstáculos, y muchas veces no deja finales felices… El género del amor es el melodrama. Hay otros caminos que sí salvan al individuo: la creación, las pasiones, la belleza, la lectura, el cine, los recuerdos, los lugares queridos, las obras de arte, la música… Y estas sendas de salvación también quedan dibujadas en la película.

Y es curioso porque Almodóvar abre su alma, pero también deja claves para analizar su trayectoria cinematográfica. En Dolor y gloria deja una de sus historias de amor más hermosas y redondas, pero con su premisa intacta: el amor no salva. Y su forma de construirla, estructurarla, es uno de los puntos fuertes. Primero un ordenador que entre sus muchos documentos, guarda uno: laadiccion.doc. Y un actor (Asier Etxeandia) que abre el contenido ante su creador dormido, Salvador Mallo (Antonio Banderas), protagonista de Dolor y gloria. El actor lee e imagina. Después, una petición: llevar ese texto al escenario de una pequeña sala de teatro. Más tarde, para superar una crisis de viejos conocidos, que mucho saben el uno del otro, cesión del texto al actor. El creador no quiere que aparezca su nombre, pero le preocupa mantener la esencia, y deja algunas instrucciones de interpretación y puesta en escena. El actor lleva a cabo su monólogo ante la sala vacía y luego con esta llena de espectadores. En una esquina, uno llora.

El monólogo solo necesita de un actor, de una pantalla blanca, a veces con proyecciones determinadas, y una silla. En algún momento, un poco de música. Lo que cuenta el actor, contenido pero al borde de la emoción, reteniendo la lágrima, es una historia de amor y juventud, en los convulsos años 80 cuando Madrid era pura ebullición cultural, pero también un campo minado arrasado por las drogas, que como el caballo empujaban todo por el camino, convirtiendo las calles en un laberinto sin salida. Y en ese Madrid, con paréntesis de viajes que siempre tenían un final de retorno, viven su historia Salvador y Federico, que en la ficción del texto tienen otros nombres. Los dos se aman y se dañan. Uno cae en la adicción al caballo… y el otro lamenta que no pudo salvarlo. Si se salvó, fue lejos de él…

El actor en su camerino, y un espectador entra. El que lloraba. Se presenta y hace el juego de nombres. Él es Federico (Leonardo Sbaraglia). El actor camina solo por las calles y llama a Salvador. Le cuenta que alguien especial ha ido al camerino. Federico. Y que le ha dado su teléfono y dirección. No, no ha contado que ahora él toma caballo. Salvador recibe una llamada. Es su amor del pasado. Y mira por la ventana y está en su puerta. Él hace como que no se ha dado cuenta. Contención y amor. Le invita a subir en veinte minutos a casa. Federico cuenta, con ese acento suave, del otro lado del mar. Ha formado una familia. Tiene dos hijos. Ahora se está divorciando… Salvador fue el último hombre de su vida. Se besan con deseo, que no se ha marchado. De nuevo, el adiós y promesas de futuro. Contención y sonrisa. Tres actos para una historia de amor como adicción…, no como salvación. Pero tremendamente romántica y contada de manera innovadora.

… La huella imborrable de la madre.

Y es que Dolor y gloria es una estructura perfecta de historias dentro de historias, que encajan perfectamente, como azulejos en una pared. A la vez que va dejando sus referencias en música (no falta el recuerdo a Chavela), en arte, en literatura o en cine (no faltan proyecciones de Esplendor en la hierba, Niágara, La niña santa) e incluso nombra y deja un libro a mano, a la vista, para invitar a aquellos que quieran saber qué pasó culturalmente en los 80, donde Madrid se convirtió también en ciudad minada (Cómo acabar con la contracultura, de Jordi Costa). Y cada historia cuenta con premisas de la trayectoria cinematográfica de Almodóvar. A su peculiar manera de plasmar la historia de amor, va otra sobre la concepción del deseo, otra de las claves fuertes de sus películas. Aquí Almodóvar trabaja de manera preciosa la realidad y la ficción, con su amor por el cine y el rodaje. Y así muestra la historia de ese niño y su madre que viven en una cueva de Paterna. La infancia y el nacimiento del deseo. O la mirada de un niño hacia las cosas bellas. Y entre esas cosas bellas el cuerpo desnudo de un albañil. Un muchacho del pueblo sensible, con delicadeza para la pintura, que no sabe ni escribir ni leer y recibe las lecciones del niño. Lo que queda de esa historia sobre un primer deseo es un papel de estraza con un dibujo, que llega finalmente a su destinatario. En el reverso, las letras pintan una historia inacabada.

Tampoco puede faltar el retrato de mujeres, y unas muy determinadas, en el centro la figura de la madre y el universo inspirador de sus vecinas. Y ese pueblo que se erige como paraíso o arcadia a la que huir (… imposible olvidar a esa abuela que regresa al pueblo con su nieto en Qué hecho yo para merecer esto o ese final rural en Átame). Así entre esta estructura maravillosa de historias que se superponen, la relación con la madre. La vinculación a ella en la infancia (Penélope Cruz) y ese vínculo que sobrevive en el momento más cercano a la muerte (Julieta Serrano), donde incluso en sueños aparecen vecinas ya desaparecidas. De nuevo, este vínculo no es sencillo, ni salva…, pero es fuerte e imprescindible, deja huella. A pesar, de que cada uno no fue para el otro, quizá, lo soñado. De nuevo contención…, y unos ojos vidriosos, de verdades no ocultas.

Y el pegamento a todas estas premisas de su filmografía que encajan en una estructura compleja, pero perfecta, en Dolor y gloria… es lo que salva: la pasión por crear, por rodar, por filmar, por escribir… Lo que permite renacer siempre de la soledad, de los estragos de la edad y del dolor físico que inmoviliza…, pero también de las heridas del alma.

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