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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Tres anuncios en las afueras

… el sheriff Willoughby y Mildred…

Si en algo se nota que el irlandés Martin McDonagh es un dramaturgo, es por la manera precisa de estructurar y contar bien una historia y por su forma de construir y dar importancia a sus personajes y a sus diálogos. Además Tres anuncios en las afueras podría también hacer un dueto con Comanchería del escocés David Mackenzie. Ambos cineastas muestran una América profunda y unos personajes de la era Trump. Es decir, tratan de reflejar y entender a esos votantes amargados, castigados y golpeados por la crisis que se creyeron la ira de Trump. Si Comanchería mima y quiere a sus personajes rotos y quiere presentar un contexto real, Tres anuncios en las afueras los dota además de un humor negro y les hace protagonizar una especie de fábula moral, donde vale el exceso y el esperpento, para dejar un mensaje: la ira solo provoca más ira… y un poco de amor no viene mal para solucionar las cosas o acabar con cierta dignidad la existencia.

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Wonder Wheel (Wonder Wheel, 2017) de Woody Allen

Wonder Wheel

Sueños rotos en Coney Island

En la filmografía de Woody Allen hay varios caminos y sendas. En 2013 abrió una con Blue Jasmine: el director buscó raíces e inspiración para contar historias en los grandes dramaturgos norteamericanos (aunque siempre vuela su amado Chejov e influencias literarias europeas, como August Strindberg, de la mano de su admirado Ingmar Bergman). Así en Blue Jasmine plasmaba las consecuencias de la crisis económica en una mujer y reinterpretaba Un tranvia llamado deseo de Tennessee Williams. Jasmine era Cate Blanchett, una dama del cine. En Wonder Wheel sigue esa senda, pero esta vez se va a los años cincuenta y realiza un ejercicio nostálgico sobre una América que se perdía en sus sueños, como ocurría en muchas piezas dramáticas de Eugene O’Neill, Tennessee Williams o Arthur Miller. Y también Wonder Wheel se empapa del cine de aquellos años, y su protagonista sueña con estrellas de cine y su hijo escapa de la realidad en las salas viendo películas. Ginny, una camarera en Coney Island, casada con el encargado del tiovivo…, pasea su infelicidad y se aferra a soñar, parece sacada de los melodramas de aquellos años con Lana Turner, por ejemplo. Pero también Allen deja gotas de cine de gánsteres y ese cine negro que juega con el destino de los personajes (uno de los grandes temas del cine de Woody Allen). Esta vez Allen también cuenta con el rostro de otra dama del cine: Kate Winslet.

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Perfectos desconocidos (2017) de Alex de la Iglesia

Perfectos desconocidos

La película menos Alex de la Iglesia sin ida de olla final ni estallido de violencia. De la Iglesia realiza un formal y contenido remake de una película italiana de 2016, Perfetti sconosciuti, donde el director tira más que su vecino a la comedia que a la tragicomedia. Perfectos desconocidos es más una película de actores que de puesta en escena o lenguaje cinematográfico innovador. Un espacio cerrado, una determinada franja horaria, un fenómeno de la naturaleza: un eclipse, un giro final que tiene que ver con el tiempo, un grupo de amigos… y sus móviles. Llama la atención que el director bilbaino haya logrado éxito comercial con su película menos personal, aunque sí es entretenida y con un buen reparto. Un grupo de amigos dejan al descubierto secretos íntimos y de paso se reflexiona sobre cómo ha cambiado la vida y la manera de relacionarnos por los teléfonos móviles. No deja de ser curioso que la pareja de anfitriones, los actores Belén Rueda y Eduard Fernández, fuera también la elegida por Inés París para protagonizar La noche que mi madre mató a mi padre (2016), otra comedia, de tintes negros, en escenario único con cena incluida. Ambos actores tienen química y funcionan. Pero entre los siete amigos destaca por su sentido del humor y los matices que logra plasmar en su personaje, Ernesto Alterio. Aunque Juana Acosta, Dafne Fernández, Pepón Nieto y Eduardo Noriega tienen su momento estelar.

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En realidad, nunca estuviste aquí

Joe, un espectro en vida con cicatrices que mostrar.

Si en Tenemos que hablar de Kevin se metía en la mente de Eva, una madre que sufre un fuerte trauma, en En realidad, nunca estuviste aquí todo está en el cerebro de Joe, una especie de asesino a sueldo. La directora Lynne Ramsay vuelve otra vez a “mirar” de manera especial y crear un universo personal de la adaptación de una novela (la primera de Lionel Shriver y la segunda de Jonathan Ames). En las dos películas asume el papel de guionista y directora y las dos tienen una potencia visual que empuja la historia y deja sin respiro. La importancia del sonido, de la banda sonora y el empleo del color (si en la primera la presencia del rojo era abrumadora, en esta son los tonos azulados) apuntan más rasgos de su estilo. Pero también Ramsay tiene una manera, muy especialmente en esta película, de representar la violencia. Joe (Joaquin Phoenix) es un mercenario, un asesino a sueldo, que rescata a niñas de la trata de blancas y la explotación sexual. Y es un hombre atormentado que vive, desde la infancia, en permanente estado de shock. En realidad es un muerto en vida, un espectro que siempre, con sus reacciones, pilla de sorpresa… Físicamente es un hombre de profundas cicatrices, como las del alma. Es una mole, una especie de bestia herida que enseña toda su sensibilidad en el cuidado atento de su anciana madre.

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Detroit

… sueños rotos en un escenario vacío

En las películas corales, cada espectador tiene un personaje con el que se identifica o el que le ayuda a conectar y entender la historia. En Detroit de Kathryn Bigelow, Larry (Algee Smith) puede ser el punto de partida para exponer las claves de dicha película. Es joven, con ilusiones, y con un camino claro: triunfar en la música con su grupo The Dramatics. Una noche está a punto de alcanzar su sueño, de cantar en un gran escenario, y de que les fiche la discográfica Motown. 25 de julio de 1967, la fecha en que su vida puede dar un vuelco. Cuando está a punto de salir a actuar, se suspende el evento por los disturbios raciales de Detroit, la ciudad es un polvorín. Finalmente, canta él solo en una sala fantasma, sin público, y ve cómo su sueño se desvanece. Lo que no sabe es que en unas horas, el sueño se transformará en su peor pesadilla. Él es uno de los jóvenes que vivirá el dramático incidente del Motel Algiers. Un grupo de policías cree que desde dicho motel se oculta un francotirador y torturan durante la noche a doce jóvenes, diez muchachos negros y dos chicas blancas. Al final del motel saldrán tres cadáveres… y, también, un Larry que ya no quiere que su música la escuchen o la bailen los blancos, que abandona el grupo, que tiene dolor en la mirada, que ve cómo no hay justicia para lo que pasó aquella noche y que busca refugio, finalmente, en el coro de una iglesia. Pero sin dejar nunca de cantar.

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En el universo cinematográfico de Kenji Mizoguchi, sus historias nos las cuenta desde una distancia prudencial, pero que cala. La vida de sus personajes pasa por nuestros ojos en elaborados planos secuencia con infinidad de detalles, como en un buen cuadro. En sus películas sobre historias del pasado, no solo habla de su presente (y de este presente también), sino que vierte además gotas de su propia biografía. Kenji Mizoguchi murió joven de una leucemia en 1956 y podría haber seguido rodando y rodando… o quizá su fantasma no haya parado de contar historias y también haya recuperado aquellas películas perdidas de su filmografía que ya no podremos ver. Su espíritu de joven luchador fue alcanzado por los ecos de la revolución rusa y posteriormente su visión política y social del mundo la vertió en sus fotogramas. Pero si algo le marcó en su infancia dura y pobre fue el maltrato de su madre y la venta de su hermana mayor como geisha, convirtiéndole en un director que no solo cuidaba a sus personajes femeninos, sino que daba voz a la realidad de la mujer japonesa (y del mundo), a cómo se silenciaba su papel, a las injusticias que aguantaba y a la desigualdad de derechos y oportunidades que sufría a diario. Le gustaban las mujeres en su vida privada y en la pantalla de cine, la turbulenta y agitada vida sentimental de sus personajes no le era ajena.

Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari, 1953)

Cuentos de la luna pálida de agosto

… Hombres y fantasmas… un tenue límite

Mizoguchi recrea un mundo de leyenda en el Japón del siglo XVI y esos cuentos de luna pálida narran las vicisitudes de dos campesinos con ambiciones, Genjuro y Tobei. Uno piensa en enriquecerse con su trabajo como alfarero y el otro quiere ser un samurái; son tiempos de guerra y violencia. Los dos están casados y sus mujeres siempre tratan de que bajen a la tierra y valoren y cuiden lo que tienen. Pero es un cuento trágico y en un río cubierto de tiniebla, mientras todos viajan en una humilde embarcación, les envuelve una premonición oscura sobre el destino. Además se separan en ese instante. La esposa de Genjuro deja la barca con su hijo pequeño para volver a la aldea ante el miedo de que sean atacados y robados con toda la mercancía que llevan a vender a la ciudad. Una vez en la ciudad, Genjuro, Tobei y su esposa empiezan a vender con éxito la mercancía. Pero a la vez todo cambia y se transforma. Genjuro conoce a una bella mujer noble, lady Wasaka, y se ve atrapado en un paraíso de placer y sensualidad. Y Tobei con el dinero ganado compra su uniforme de samurái, abandonando a su esposa para conseguir, cueste lo que cueste, su sueño.

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El póker de la muerte

Un predicador con pistolas…

Robert Mitchum recupera, pero con un punto menos profundo y más sarcástico, las reminiscencias bíblicas (de Antiguo Testamento), para encarnar a otro predicador temible. Esta vez el hermano más lúdico de Harry Powell se llama Jonathan Rudd. Su vestuario es muy similar, pero cambia sus tatuajes de Love y Hate, por una biblia de la que no se despega y que entre sus páginas esconde una violenta sorpresa para los que se creen más listos que él. Jonathan Rudd es un carismático y fundamental personaje secundario para un western atípico, El póker de la muerte, justo en un momento de metamorfosis del género donde lo atípico campaba a sus anchas. Y un pionero del cine y buen artesano, Henry Hathaway, construye una muy entretenida historia donde incorpora al western la fórmula del whodunit de las novelas y películas de misterio… Es decir, una galería de personajes… y averiguar quién es el asesino. Aunque la solución es bastante fácil no mina el entretenimiento y disfrute de la película.

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Hace mucho que te quiero

Todas las caras del perdón

Como todos los años en La Casa Encendida durante el mes de julio, Hildy Johnson anda metida en un ciclo de cine temático. Este año toca el tema del perdón. Y es que no es una palabra fácil y a la vez es tremendamente cinematográfica: ¿en cuántas películas hay una secuencia sobre el perdón? Tanto el perdón como el acto de perdonar tienen muchas connotaciones (psicológicas, políticas, ideológicas o religiosas) y pueden mirarse desde muchos prismas diferentes. Este martes se enciende la luz del proyector para empezar a contar historias de perdón. Nos esperan siete tardes de cine y tertulia…

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Romeo y Julieta en New York

Romeo y Julieta en New York

Razón número 1: Romeo y Julieta en Nueva York

Los ecos del dramaturgo Shakespeare atrapan las calles de Nueva York en los barrios más conflictivos. Romeo y Julieta se llaman Tony y María. No hay familias que se odian, sino pandillas. Y los dos jóvenes amantes pertenecen a bandos distintos y se aman con la misma inocencia y pasión que los amantes de Verona. El destino oscuro sobrevuela sobre ellos… y todo lo enreda, hasta que la muerte acaba con la pasión. Si bien María no se suicida ante el fallecimiento del joven amante, sí termina su inocencia.

West side story nació primero en los escenarios de Broadway de la mano del director y coreógrafo Jerome Robbins junto al compositor Leonard Bernstein, para las letras de las canciones contaron con Stephen Sondheim. Y en 1957 empezó su andadura por las tablas con un éxito creciente. En un principio revivían la tragedia de los dos jóvenes amantes con el conflicto de pertenecer a religiones diferentes (católica y judía), pero después la actualidad de las calles de New York les dio el toque final: era la época de las bandas y los puertorriqueños estaban pisando fuerte en las calles de New York. La llamada al mundo del cine era inminente y detrás de las cámaras, además de Robbins, se puso un artesano eficaz del sistema de estudios, Robert Wise. El espectáculo debía continuar… pero en la pantalla blanca.

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Me regalé la víspera de mi cumpleaños, el sábado por la noche, el visionado de La puerta del cielo en la edición de blu ray. Había sido uno de mis regalos de Navidades, pero no había encontrado el momento de verla entera, sin cortes. Me sirvió para darme cuenta de que la seguía amando…

La puerta del cielo

Ella y James, un amor libre

Razón número 1: … incluso las sombras

Hay toda una leyenda y unas cuantas certezas detrás de La puerta del cielo… Se puede bucear por la historia tras las cámaras en varias fuentes. Desde el documental que aporta los extras del blu ray, Final Cut: cómo se hizo y se deshizo La puerta del cielo. Hasta la descripción del tormentoso rodaje que proporciona Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind. O también los datos que proporciona sobre el rodaje Juan Tejero en el primer volumen de ¡Este rodaje es la guerra!

La puerta del cielo se señala como el ocaso de lo que supuso el Nuevo cine americano o Nuevo Hollywood. Una segunda etapa dorada de Hollywood donde el director se convirtió en autor y estrella, donde se apostó por el cine más como arte que en su faceta de entretenimiento e industria. Su fracaso de público y crítica también marcó la caída de los grandes estudios de la época dorada (lo pasó realmente mal y fue crítica la situación en que se quedó United Artists). Por otra parte, tiñó de director maldito a Michael Cimino que había sido encumbrado con El cazador y hundido con La puerta del cielo… y nunca volvió a levantar totalmente la cabeza. La cantidad de celuloide filmado y una obra final de cinco horas hizo que ante el terror de la hecatombe el propio director cortara y cortara…, así exhibió en los cines una versión de 148 minutos. Ahora la del blu ray es bastante más extensa, sin llegar a las cinco horas. Estos cortes y montajes hace que el espectador tenga que hacer un esfuerzo intelectual para reconstruir la historia… para soñarla. Para entender relaciones y personajes.

Así se convierte en apasionante el análisis entre bambalinas de la película. Y entender qué supuso realmente y que pasó para que se percibiese como una película mala y descabellada… Pero lo que se vislumbra finalmente es una de las obras imperfectas e inacabadas más hermosas. La puerta del cielo es melancólica, incómoda, nostálgica, romántica y tremendamente triste.

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