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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Felices sueños

Momento feliz entre madre e hijo… baile catártico

Valerio Mastandrea es el hijo atormentado por excelencia. El hijo marcado por la madre. Valerio tiene un rostro triste, y construye un personaje que hace que el espectador desee que le vaya bien, que se desprenda de las sombras que le atrapan. Primero fue La prima cosa bella (2010) de Paolo Virzi y después Felices sueños de Marco Bellocchio. La presencia de la madre en el cine italiano da para un buen ensayo. Estas dos películas unidas por Mastandrea presentan a dos madres luminosas con sombras oscuras que marcan para siempre la personalidad de sus hijos. En la primera, Virzi se deja llevar por el por el arte del buen melodrama, por la emoción, por el estallido de la lágrima. En la segunda Bellocchio hace un juego equilibrista complejo… arrastra al espectador por las impresiones emocionales del hijo, pero con mucha cabeza y análisis, dejando un complejo tapiz. Y en ambas, no faltan los momentos catárticos.

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Dancer

Frente al espejo… y después volar

El infierno personal del bailarín de danza clásica llega a su clímax en Dancer durante la representación del ballet Spartacus. Como un semidiós griego de cuerpo perfecto y sudoroso, Sergei Polunin solo en su camerino, agotado y con cara de sufrimiento y un primer plano de unos pies y unos tobillos destrozados tras la función… Poco después viene el momento de la redención: de disfrutar con su cuerpo y con su baile para liberarse de sus fantasmas en ese vídeo rodado por el fotógrafo David LaChapelle que se convirtió en viral, donde el bailarín ucraniano totalmente iluminado, en un escenario privilegiado, y con solo unas mallas color carne, con todos sus tatuajes a la vista, danza y vuela con la canción Take me to church, de Hozier. Hasta llegar a la imagen desnuda de un hombre rapado enfrentado a su imagen en un espejo. Así Steven Cantor va edificando una dramática historia familiar que marca la personalidad de un joven con arte para bailar y un carisma que traspasa la pantalla.

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La mala semilla

… debajo del sueño americano

Aviso: si no la has visto nunca, es de esas películas que se disfruta más con el elemento sorpresa, así que quizá prefieras verla antes de leer el post…

Uno de los aspectos importantes de los melodramas de los años cincuenta es mostrar las cloacas del sueño americano. Bajo la apariencia de familias y localidades impecables, ordenadas, limpias, ideales y dentro de la “norma”…, encontrar las sombras y las oscuridades. El otro lado de ese sueño o quizá el fracaso del sueño. Si además a un melodrama de este tipo le pones unas gotas de terror y thriller se sigue ahondando más en la parte oscura y puede nacer una película como La mala semilla de Mervyn LeRoy. Pero todavía va a más: destruye la inocencia de ese sueño, cuando presenta como pesadilla terrorífica a una niña repipi y perfecta. Y es que su imagen casi de caricatura (o de muñeca de escaparate) al principio de la película: niña rubia, con trenzas, con trajecito de vuelo y organdí y zapatitos de charol, para bailar claqué… esconde otra cara y se transforma en un ser oscuro y diabólico, en una pequeña asesina en serie.

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Los Hollar (The Hollars, 2016) de John Krasinski

Los Hollar

Las películas-medicina sientan bien después de su visionado y su efecto perdura en el tiempo según la intensidad de los efectos secundarios. Los Hollar es una de ellas. De pronto, una tarde entras a la sala de cine sin esperar nada, y sales con una sonrisa que no esperabas. John Krasinski, como director, actor y también productor, disecciona a una familia, los Hollar, en un bache existencial donde parece que todo se quiebra, se diluye y se desploma, donde parece que no hay salida posible o solución. Por una parte la crisis económica que hunde a pequeños empresarios que se han pasado la vida trabajando como mulos; por otro la enfermedad que rompe dolorosamente y por sorpresa al pilar fuerte de la familia; y, por último, las crisis existenciales de un treintañero y un cuarentón (uno se asusta ante las responsabilidades y el futuro profesional, y otro trata de levantarse después de haber fracasado en varios terrenos…).

Dos claves para disfrutar de Los Hollar: una buena mezcla de drama y comedia que alcanza así el equilibrio. De este modo nunca es amarga del todo, siempre hay un hueco para la risa (incluso la carcajada), pero tampoco se va por el lado del almíbar (pero alguna lágrima es difícil de reprimir). Y un grupo de actores encabezado por dos veteranos que hace que el espectador se interese por cada uno de los miembros de esta familia. El matrimonio Hollar no está pasando precisamente por un buen momento. Ella, Sally, es una mujer fuerte con una poderosa energía y él, Ron, es un hombre trabajador, aparentemente frágil pero que siempre trata de salir adelante molestando lo menos posible. Y estos personajes son conmovedores además de divertidos porque están dentro de dos grandes actores: Margo Martindale y Richard Jenkins. Solo por ellos merece la pena meterse en la sala de cine. Luego están acompañados por los dos actores que hacen de sus hijos: el propio director, John Krasinski, y Sharlto Copley. Y el que sorprende es un divertidísimo Copley como hermano cuarentón fracasado, que ha vuelto a la vivienda de sus padres.

Los Hollar es una de esas películas de la que no esperas nada, de la que apenas has oído, y de pronto te das cuenta de que te ha proporcionado un buen chute de energía para enfrentarse a la vida.

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A las nueve cada noche

Un mundo infantil, inquietante y perturbador con la presencia de la muerte, entre la inocencia y la crueldad. Esa es la puerta de entrada de A las nueve cada noche. Si ya Clayton convertía en desasosiego el universo infantil en Suspense (The Innocents, 1961) pero con la ambigüedad de si todo era fruto de la mente distorsionada de una institutriz (con todo un referente literario: Otra vuelta de tuerca de Henry James), en A las nueve cada noche es explícito que la mirada es la de los niños, siete hermanos que crean un universo propio en la casa de la madre muerta. Ellos deciden perpetuar la presencia de la madre, y cargar sobre sus hombros el peso de su educación y de sus creencias. Son tan inocentes que quieren depositar ese peso en un adulto y disfrutar de sus juegos infantiles (y creen que pueden volver a comportarse como niños desocupados cuando se presenta en el hogar el padre ausente), pero también sobre sus cabezas sobrevuela el sentido de la crueldad y de la vida es dura y hay que hacer lo posible por sobrevivir.

Un universo infantil complejo con la compañía de los miedos y temores, pero con una capacidad para imaginar y fantasear la realidad y moldearla de tal modo que permita moverse por ella. Un universo infantil que también es distorsionado por un mundo adulto que todo lo remueve y complica a través de una educación o unas creencias extremas. Pero ese universo ha estado presente en diversas películas como El ídolo caído (1948) de Carol Reed, Juegos prohibidos (1951) de René Clement, La noche del cazador (1955) de Charles Laughton o Viento en las velas (1965) de Alexander MacKendrick. Todas ellas con una mirada infantil especial que sabe contar y aportar una visión especial de la realidad.

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Moonlight

Moonlight te va atrapando según avanza su metraje hasta llegar a un encuentro final que da todo el significado a esta película. Y es que es de esas historias cinematográficas que tienen un alma y un corazón. Quizá en otras manos y contada de otra manera podría haber caído en otro Estrenos TV o en un tipo de película que se recrea en la desgracia ajena (como Precious de Lee Daniels)…, pero Barry Jenkins tiene una manera de contar y de mirar que convierte Moonlight en material sensible.

Por otra parte abre el camino para conocer a un joven dramaturgo afroamericano, Tarell Alvin McCraney, pues Moonlight adapta una obra temprana donde vierte vivencias autobiográficas (In Moonlight Black Boys Look Blue), y por otra permite acercarse a su director, también afroamericano, y que con su segundo largometraje (también como guionista) deja abierta una senda para una carrera cinematográfica. Precisamente coincide en cartelera con Fences (pronto también por este blog), dirigida por el actor Denzel Washington, que también lleva al cine una obra de teatro de un dramaturgo afroamericano contemporáneo, August Wilson. Fences está dentro de la serie de diez obras titulada The Pittsburgh Cycle que refleja la historia de la comunidad afroamericana en el siglo XX. Así entre estos dramaturgos y directores cinematográficos se refleja el universo de la comunidad afroamericana, alejándose de los estereotipos creados precisamente en la pantalla de cine… De esta manera continúa la senda de otra historia del cine americano más escondida y oculta, más olvidada, con otros nombres de directores, actores y actrices.

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El ferroviario

El cine italiano en los años 50 fue toda una explosión de talento. Pero no solo surgieron Roberto Rossellini, Vitorio de Sica, Luchino Visconti o Federico Fellini…, sino muchos otros realizadores, que bajo la influencia del neorrealismo italiano y su evolución, o fuera de él, crearon sus carreras cinematográficas, pero ahora sus nombres están más a la sombra y el acceso a su obra es algo más complejo. Uno de esos nombres fue Pietro Germi que conoció todas las fases de cómo hacer una película y que en algunas de sus obras fue el actor principal, el guionista y el director. Germi supo lo que era la pobreza, pues su familia era humilde y no lo tuvo fácil, pero trabajó desde muy niño y no descuidó tampoco su formación hasta que fue accediendo poco a poco al mundo del cine (y en múltiples oficios). Y me parece importante contar sus orígenes para poder describir la emoción y la verdad que encierra El ferroviario.

Pues precisamente la mirada que predomina en El ferroviario es la de un niño, Sandro Marcocci (Edoardo Nevola), que ve cómo su familia de clase media baja va desestructurándose de una Navidad a otra (transcurre un año) bajo la fuerte y demoledora influencia de su padre, Andrea Marcocci (Pietro Germi). Cómo su familia va cayendo de desgracia en desgracia a un pozo que parece que no tiene final. El ferroviario es un triste y emocionante cuento de Navidad. Y Germi sabe de lo que habla: es absolutamente creíble en su personaje de Andrea, y convence en la forma que cuenta esta historia así como su mano en el guion. Es como si Germi rescatara ese niño que tiene dentro, que vivió en una familia pobre, y proyectara su mirada…

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La tortuga roja

Cuatro músicos sentados en sillas, con pelucas blancas, en la arena de una playa, en una isla perdida en la inmensidad del océano. Es de noche, cielo estrellado, y un desesperado náufrago corre hacia ellos. Desaparecen. Pero vuelve a escucharlos. Se da la vuelta y están al otro lado, más metidos en el agua. Corre… y vuelven a desaparecer. Lo onírico, lo poético, lo mágico, lo extraño… y a la vez sencillo no desaparece de ese cuento hermoso que es La tortuga roja. Un relato cinematográfico que no necesita ni una sola palabra para mostrar el ciclo de la vida, los sueños, la fuerza de la naturaleza, la supervivencia, las relaciones de pareja, y de padres e hijos…

Un dibujo minimalista y un trazo fino y claro nos descubre la belleza y la fuerza de las olas, la peligrosidad de las rocas, el espectáculo de un cielo estrellado, de un bosque de bambú, el descubrimiento de los pájaros volando, de las tortugas nadando o de unos cangrejillos como originales compañeros de viaje… así como la ondulación de un pelo pelirrojo o la excepcionalidad de una botella de cristal o la tranquilidad y el ritmo de nadar en aguas tranquilas… El holandés Michael Dudok de Wit crea una historia aparentemente sencilla para su primer largometraje de animación, como su trazo, pero trasciende pues cuenta lo que es la vida sin que falte el elemento mágico. Y todo envuelto en las notas de una banda sonora de Laurent Perez del Mar, que también sabe jugar con el silencio.

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Inauguro también alegremente la temporada en el cine Doré, Filmoteca Española, con una proyección dentro del ciclo Tiempo de comedia.

Whisky a go-go

Whisky a gogó es el primer largometraje de ficción de Alexander MacKendrick en los Estudios Ealing y forma parte de ese tipo de comedia elegante, inteligente, sutil, satírica y, a veces, teñida con pinceladas negras que se daría en dicha compañía después de la Segunda Guerra Mundial. De esas comedias que no quitan la sonrisa de la boca. Y con este largometraje empezaría la andadura de un perfeccionista de carrera breve pero con títulos mayúsculos, MacKendrick, que al no encontrar la libertad artística que deseaba durante su carrera (sobre todo cuando regresó de nuevo a EEUU), prefirió terminar dedicándose a la enseñanza de cine.

El argumento de Whisky a gogó parte de una premisa sencilla: en una pequeña isla escocesa sus habitantes, sobre todo los hombres, están deprimidos y con tristeza perpetua, no solo por los últimos coletazos de la Segunda Guerra Mundial, sino porque una de las consecuencias es que no llega whisky a la isla. Esa bebida, de tradición gaélica y con muchos ritos a su alrededor… casi sagrada, es su elixir de la vida. Sin embargo, el día a día continúa: con sus peticiones de mano, sus reuniones, su trabajo en el mar… Entonces un barco naufraga, el Cabinet Minister, y su tripulación abandona dicho barco antes de que se hunda, pero antes informa a uno de los habitantes de su carga: 50.000 cajas de whisky.

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Remordimiento

Entre medias de sus comedias musicales (alguna de ellas con la mítica pareja de Maurice Chevalier y Jeanette MacDonald) y una de sus primeras comedias románticas y sofisticadas (Un ladrón en la alcoba)… se encuentra una película antibélica, una perla extraña en su filmografía, Remordimiento. Un intento en periodo de entreguerras, con una Europa tan crispada que iría de cabeza a la Segunda Guerra Mundial, de hablar sobre las heridas de la guerra, la unión entre los pueblos y la posibilidad de perdón. Es interesante analizar cómo el año en que la rodó (realizó cinco películas), 1932, fue un año de transición en su filmografía. Remordimiento ha tenido su libre remake en 2016 con la película Frantz de François Ozon. Con su toque y su excepcional empleo del lenguaje cinematográfico crea un relato cinematográfico emocionante con un final hermosísimo… y en solo setenta y siete minutos. A su vez Lubitsch estaba adaptando una obra de teatro del autor francés Maurice Rostand, L’homme que j’ai tué.

En su primera secuencia ya cuenta el horror de la guerra, las heridas e incluso también emplea un humor sarcástico mostrando galones, barbas y espadas impolutas en una ceremonia religiosa. Sin embargo, hay un plano demoledor al principio… el desfile de la victoria en París a través de la pierna amputada de un soldado… Y cuando esa iglesia, con una celebración de la victoria, se queda vacía… solo se ve entre los bancos unas manos de súplica y después el rostro de un joven atormentado, el francés Paul Renard (Phillips Holmes, un joven actor que, ironías de la vida, moriría en la Segunda Guerra Mundial), que necesita una confesión pues busca el perdón. Y decidirá entonces ir a Alemania…

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