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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

noserasunextraño

Un padre alcoholizado (Lon Chaney Jr.) le dice a su hijo (Robert Mitchum) que no va a conseguir ser médico porque tiene cerebro, pero no corazón. Ese hijo se le queda mirando impasible sin decir nada y cierra la puerta de un portazo. Todo ha transcurrido en el hogar familiar, esa casa que el hijo ya apenas visita donde no habitan buenos recuerdos, solo reproches. Tiempo después ese hijo está en prácticas en un hospital y le informan de que su padre ha fallecido en un accidente, y entonces va al hogar familiar donde no habitan buenos recuerdos, se sienta en una mesa de espaldas desolado… y rompe una botella de alcohol vacía. Llora en soledad, sin que nadie lo vea. Después ese hijo ha terminado por fin la carrera y se despide de un profesor (Broderick Crawford), duro y serio pero que valora al alumno, y le da un consejo, le dice que haga el favor de no vivir su vida como si fuera una tragedia griega, que si no será desgraciado. Ese hijo ya es un doctor con experiencia, recto, duro y serio, y masajea el corazón sin vida del que ha sido su segundo padre, un médico rural entregado (Charles Bickford), y, por fin, rompe su coraza, se resquebraja. Y grita que no puede más, que necesita ayuda. Late un corazón.

Podría ser una de las mil maneras en que se podría contar No serás un extraño, el debut como director del productor Stanley Kramer. Un contenido y desatado melodrama médico con cerebro y corazón (sí, es posible esa dualidad). Donde Kramer se revela como un director que no solo sabe contar historias sino también cómo contarlas. Y es curioso por qué quizá sea en su debut donde más se vea esta interesante doble vertiente. Después Kramer se decantó más por contar historias y transmitir mensajes y experimentó menos en la forma de contarlas.

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Dunkerque

Corre, Tommy, corre…

Fionn Whitehead es Tommy en Dunkerque de Christopher Nolan… y fue quién más me llamó la atención en esta película. “Corre, Tommy, corre… y vuelve a casa” es el leitmotiv que envuelve cada uno de los fotogramas. Le conocemos corriendo… y no para. Y la historia de Tommy es tan potente, que no hacía falta más. Tommy corriendo por las calles, entre balas y bombas. Corriendo en la playa… Corriendo con una camilla. Nadando… y volviendo a correr. Sin respiro. No hacía falta más historias, ni sus tres tiempos para contarlas… tanto es así que abandono hasta los ojos de Tom Hardy en ese avión que surca el cielo. Pero lo que son las casualidades cinéfilas, busco información de Whitehead (que no será la última vez que lo veamos) en Internet y recaigo, cómo no, en Wikipedia… y leo “Nolan comparó a Whitehead con un joven Tom Courtenay” y me llevo las manos a la cabeza: hace dos días he visto por primera vez una de las obras más emblemáticas del Free cinema, La soledad del corredor de fondo de Tony Richardson… y quedo totalmente fascinada por un jovencísimo Tom Courtenay como Colin Smith… que corre y corre sin parar y deja un fascinante retrato sobre la rebeldía, sobre no someterse a nadie.

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Confidencias de mujer

Intimidad tras el biombo…

Durante los años sesenta se empiezan a buscar en Hollywood argumentos osados. Por una parte está a punto de gestarse un cambio generacional entre directores y actores (y los de la vieja escuela tratan de adaptarse a los nuevos tiempos); por otra, el sistema de estudios está en las últimas. Además por la competencia de la televisión y la crisis de la industria se están intentando buscar nuevas maneras de atraer al público a las salas de cine. Tampoco tiene ya sentido mantener el código Hays, así que temas prohibidos vuelven a la palestra y van encontrando su camino para sortear esa obsoleta censura que da sus últimos coletazos. También los grandes estudios siguen en alerta ante el éxito de posibles best sellers para llevarlos inmediatamente a la pantalla de cine (como todavía se sigue haciendo). Por aquellos años Irving Wallace era un autor muy conocido y acababa de escribir una novela, The Chapman report, sobre un tema llamativo: un doctor realiza un estudio sobre la sexualidad femenina y necesita voluntarias para llevarlo a cabo (todavía coleaba en la puritana y conservadora sociedad americana los estudios, por ejemplo, del doctor Kinsey). Y, claro, en la América de principios de los 60 (a punto de la revolución de la mujer y la sexualidad) todavía podía resultar un tema escabroso y escandaloso.

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Hace mucho que te quiero

Todas las caras del perdón

Como todos los años en La Casa Encendida durante el mes de julio, Hildy Johnson anda metida en un ciclo de cine temático. Este año toca el tema del perdón. Y es que no es una palabra fácil y a la vez es tremendamente cinematográfica: ¿en cuántas películas hay una secuencia sobre el perdón? Tanto el perdón como el acto de perdonar tienen muchas connotaciones (psicológicas, políticas, ideológicas o religiosas) y pueden mirarse desde muchos prismas diferentes. Este martes se enciende la luz del proyector para empezar a contar historias de perdón. Nos esperan siete tardes de cine y tertulia…

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La mala semilla

… debajo del sueño americano

Aviso: si no la has visto nunca, es de esas películas que se disfruta más con el elemento sorpresa, así que quizá prefieras verla antes de leer el post…

Uno de los aspectos importantes de los melodramas de los años cincuenta es mostrar las cloacas del sueño americano. Bajo la apariencia de familias y localidades impecables, ordenadas, limpias, ideales y dentro de la “norma”…, encontrar las sombras y las oscuridades. El otro lado de ese sueño o quizá el fracaso del sueño. Si además a un melodrama de este tipo le pones unas gotas de terror y thriller se sigue ahondando más en la parte oscura y puede nacer una película como La mala semilla de Mervyn LeRoy. Pero todavía va a más: destruye la inocencia de ese sueño, cuando presenta como pesadilla terrorífica a una niña repipi y perfecta. Y es que su imagen casi de caricatura (o de muñeca de escaparate) al principio de la película: niña rubia, con trenzas, con trajecito de vuelo y organdí y zapatitos de charol, para bailar claqué… esconde otra cara y se transforma en un ser oscuro y diabólico, en una pequeña asesina en serie.

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Manchester frente al mar (Manchester by the sea, 2016) de Kenneth Lonergan (6 nominaciones)

Manchester frente al mar

Manchester frente al mar es el retrato de un corazón roto y te va hundiendo en ese pozo oscuro de donde Lee Chandler (Cassey Afleck) no puede salir a flote, aunque lo intente. Lee es un silencioso encargado de mantenimiento de unos edificios de Boston, un hombre solitario, que tan solo en determinados momentos explota violentamente. Recibe una llamada y esa llamada supone un regreso a su localidad natal, un pequeño pueblo pesquero: su hermano ha fallecido. No solo tiene que encargarse de todo lo que supone la muerte de un ser querido sino también ocuparse de su sobrino adolescente. Su regreso le reabre heridas del pasado (que nunca cerraron) y como ráfagas va pasando, de nuevo, su vida frente a sus ojos y el momento en que todo se quebró, de la forma más brutal.

El regreso supone para Lee Chandler un camino emocional doloroso. Por no sucumbir al dolor, voluntariamente decidió vivir aislado y al margen de la propia vida. El regreso le supone volver a sentir: el encontrarse con caras de su pasado, con silencios y miradas, la relación codo con codo con su sobrino, el recuerdo de su hermano ausente, el reencuentro con su exmujer…, pero también le supone revivir el dolor y las pesadillas. Y descubrir sencillamente que no puede con ello, que si quiere sobrevivir necesita seguir al margen. Aunque inconscientemente se ha abierto una compuerta…, quizá pueda volver a sentir.

Kenneth Lonergan en su tercer largometraje construye un minucioso y elegante melodrama sobre gente corriente (de alguna manera lejana hay ecos en la forma de narrar y contar de Gente corriente de Robert Redford), donde como no podía ser de otra manera en este género, el empleo de la banda sonora (entre música clásica y la partitura original de Lesley Barber) acompaña el viaje emocional. Frente al mar, y ese barco lleno de significados y recuerdos para los dos hermanos y el sobrino; en esa villa pesquera, donde hay un predomino del azul (que ese el color de la melancolía, que nunca abandona el metraje), de la claridad y la calma, donde el frío cala en los huesos… estallan los recuerdos dolorosos de Lee y el peso de la culpa que no puede quitarse de los hombros. Entre recuerdos, ensueños, y restablecimiento de relaciones con gente del pasado, con la recuperación de la figura de ese hermano ausente que siempre estuvo a su lado, y su relación especial con el sobrino (rotos los dos por la ausencia de un tercero) la sensibilidad devuelve vida a Lee, pero vida con dolor y desgarro. Sin posibilidad de olvido.

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La familia

Familias: palabra inabarcable en el mundo del cine. Las hay de todos tipos, felices e infelices. Locas y cuerdas. Divertidas y tristes… Buenas y terroríficas. De policías y de mafiosos. Ricos y pobres… Algunas veces sabemos la historia de generaciones y otras veces acompañamos a una familia por unos cuantos días, o incluso tan solo unas horas.

De las más actuales tenemos, desde Francia, a La familia Bélier, donde todos los miembros son sordos excepto la hija mayor, que además tiene una bella voz para el canto. También está la familia Weston con los que vivimos unos días calurosos de verano en la América profunda, en concreto del mes de Agosto (antes de verlos en la pantalla, los disfrutamos en los escenarios teatrales). Imposible olvidar el almuerzo después de un entierro, y cómo madre e hija acaban de los pelos y todos intentando separarlas. En el cine patrio no solo está la saga de La gran familia ni tampoco únicamente los Panero (que además poca ficción hay en ellos) y El desencanto… que arrastraban por una España en blanco y negro. No hace mucho apareció por este hogar del ciberespacio la familia Porto Alegre que influenciada por Las furias llega a momento catártico al lado del mar… después de varios ataques de nervios. Y también tan solo hace unos tres años estuvimos de celebración, entre risas y lágrimas, digo, con siete novias para siete hermanos, con la familia Montero, o como gustan llamarse: La gran familia española. Ay, también Almodóvar tiene una colección de familias especiales, siempre con fuerte presencia femenina. Y es que el director en Volver regresa a sus raíces familiares manchegas en compañía de Raimunda y toda su estirpe de mujeres.

Pero hay familias de celuloide míticas. Así, de repente, me vienen a la cabeza una ráfaga. Los Corleone nunca faltan a una cita de familias y nadie olvida un regalo para El padrino. Tampoco podemos olvidarnos de las desgracias de la familia Joad en esa camioneta desvencijada, porque Las uvas de la ira caen por una carretera interminable. Y por estas fechas, Qué bello es vivir, todos recordamos a la familia Bailey, que aunque no lo tiene fácil y a veces las cosas se les ponen muy complejas, como dice el ángel Clarence cuentan con muchos amigos. O alrededor de torres de petróleo, aunque ellos siempre prefirieron el ganado, se encuentran los Benedict, protagonistas de una historia Gigante. Y no podemos dejar de nombrar a los Amberson… El cuarto mandamiento de Orson Welles: dejarás la historia por décadas y décadas de una familia y su decadencia.

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La bailarina (La danseuse, 2016) de Stéphanie Di Giusto

La bailarina

La bailarina, ópera prima donde se nota la investigación alrededor de un personaje: Loïe Fuller. Aquellos que buscan primeras imágenes filmadas recordarán a una mujer con un enorme traje blanco y realizando movimientos que asemejan a una mariposa que serpentea con sus alas. Loïe Fuller patentó (y la costó casi la vida) un baile-espectáculo que fue muy imitado, donde era importante el traje blanco, los efectos de iluminación y el movimiento de dos varillas. Pero además Fuller era todo un personaje.

De mujer de vida compleja en el lejano oeste a mujer que salta al otro lado del océano para llegar a ser bailarina del popular cabaret Folies Bergère, y que logra pisar el escenario del Teatro de la Ópera de París. Fuller se construyó a sí misma, y creo con sumo cuidado su baile-espectáculo. Stéphanie Di Giusto se decanta por la forma y crea imágenes de una belleza casi onírica: tanto los ensayos, como los propios bailes, tienen un halo especial. Hay un momento en que Fuller y sus bailarinas parecen ninfas del bosque. La máxima rival de Fuller fue Isadora Duncan, con la cual estableció una compleja relación además de un posible enamoramiento. Si una era todo telas y efectos especiales. La otra era poca tela, la desnudez del cuerpo y su movimiento…

La bailarina es una película imperfecta, pero tiene imágenes de gran belleza, casi onírica. Además está rodeada de un halo de decadencia que cubre la historia y a los personajes. Y que muestra el final de un siglo y el principio de otro lleno de incertidumbres. Una decadencia que va de un lejano oeste en el ocaso a un París donde se va apagando una aristocracia que ya no encuentra lugar (con ese personaje oscuro del conde Louis d’Orsay)… y donde destaca una atormentada (mental y fisícamente) y vanguardista Loïe, tanto en su arte como en sus relaciones personales.

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Ciudad en sombras

William Dieterle es de esos hombres que nació con el cine y tocó todos los caminos hasta llegar a la dirección, un pionero. Fue de aquellos que emigraron de Europa (en concreto de Alemania, era judío) a Hollywood, aprovechando ese periodo en que se hacían versiones de películas sonoras, según el idioma (cuando todavía no existía ni el doblaje ni los subtítulos). Dieterle es un director en el sistema de estudios, que trabajó muchos géneros. Bucear por su filmografía permite encontrar todo tipo de sorpresas: desde una película como Blockade (1938), que transcurre ni más ni menos que en la Guerra Civil española, con Henry Fonda y Madeleine Carroll, a una de las películas más delirantemente románticas en Hollywood como Jennie (1948). O responder a Roberto Rossellini con su Stromboli e Ingrid Bergman…, con la misma Anna Magnani en Vulcano (1950). Y ese mismo año dirige también la interesante Ciudad en sombras. Una película con aires de cine negro, gotas de suspense y asesino en serie, con hilos de redención y melodrama. Además de ser el primer papel protagonista de Charlton Heston en Hollywood.

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Las furias

Las furias es el debut de Miguel del Arco en el cine. El hombre del teatro deja esta vez los escenarios y se sube a la pantalla blanca. Y desata toda una lluvia catártica, una tragedia familiar que termina de manera singular: la familia como cárcel y liberación. Los Porto Alegre se reúnen un fin de semana en la casa veraniega y empieza la tormenta, se desatan las furias y después… la calma. Es curioso, porque podría haber empezado el post igual que el de Agosto (adaptación cinematográfica de la obra de teatro de Tracy Letts, que también ilustra una reunión familiar tormentosa): “Ya lo dijo Tolstoi en Ana Karenina, ‘todas las familias felices se parecen, y las desgraciadas, lo son cada una a su manera’”… y es que muchos de los actores que construyen los personajes de los Porto Alegre también tienen su recorrido en otras familias trágicas de ficción (bien del mundo del teatro, bien del mundo del cine). Lo hermoso es que Miguel del Arco ha dado rienda suelta a sus inspiraciones, y si conoce bien los mecanismos del teatro y se nutre además de la mitología, la tragedia griega y shakesperiana, se empapa también del melodrama cinematográfico desatado. Y crea una película tan especial como Las furias, con voz y personalidad propia, que deja además al descubierto un abanico de buenos actores.

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