Header image alt text

El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

¡Qué bello es vivir!

Todo arranca en ¡Qué bello es vivir! por un hombre desesperado, George Bailey.

Razón número 1: La desesperación de un ser humano

Sin duda ¡Qué bello es vivir! muestra lo que significa llegar al límite, a la desesperación total y absoluta, lo que quiere decir estar harto de todo y no encontrar más salida que el suicidio. George Bailey siempre sabe cómo reaccionar y cómo llevar sus frustraciones y sueños rotos, también sabe disfrutar de la vida, es un hombre entregado a la comunidad, a los demás, y profundamente marcado por la filosofía de vida de su padre… Este nunca le pidió nada, pero le dejó un legado: de convivencia, de solidaridad, de responsabilidad, de llevar las cosas con calma, de intentar entender a todos (incluso aquel que te fastidia la vida)… George aguanta los golpes y las desilusiones de la vida, pero también disfruta a tope todo lo bueno. Sin embargo, va acumulando y acumulando sueños perdidos, y un día ocurre la hecatombe y no sabe cómo lidiar, está cansado, se enfurece con todo y con todos y se queda con las palabras de su peor enemigo, Henry F. Potter, quien le dice que vale más muerto.

George Bailey tiene el rostro de James Stewart y logra expresar la desesperación en su rostro. Desde que se abraza a su hijo pequeño, llorando; cuando sale toda su ira ante un adorno de la escalera de la casa que siempre se desprende o cuando responsabiliza por teléfono a la maestra de la enfermedad de una de sus hijas; mientras deambula por las calles de Bedford Falls; en la barra del bar… o en el puente desde donde pretende tirarse. Después de la Segunda Guerra Mundial y de todo lo que vivió James Stewart durante la contienda, el actor pudo expresar la desesperación. Te lo crees. Y es que ¡Qué bello es vivir! no es una simple y optimista película de Navidad. Tiene fondo, oscuridad y desesperación en sus fotogramas.

Read more

cenademedianoche

Grandeza y sencillez, estos son los elementos que definen un amor acompañado de un adjetivo, sublime. Aquello que es tan grande, tan sencillo y tan hermoso que es casi inefable. Y como es tan complejo explicarlo con palabras el cine llegó para poner en imágenes cómo es un proceso de enamoramiento. El amor y la sublimación. El amor y la trascendencia. Así encontramos infinitos ejemplos en el cine clásico. Había directores que parecían dotados para reflejar el amor como Frank Borzage y otros que lo rozaban en determinados momentos como en este caso Frank Capra.

Hoy el viejo baúl de películas rescata dos de las películas más desconocidas de estos realizadores pero en ambas van de la mano el amor y la sublimación. Y en ambas hay un secuestro como motor de la trama. Dos parejas aparentemente imposibles que alcanzan el amor. Un amor que acaba en tragedia y sacrificio en la primera. Un amor que se manifiesta en el borde del abismo y la muerte en la segunda.

Y en las dos hay varias escenas que describen con grandeza y sencillez el amor, el proceso de enamoramiento, lo sublime…

Frank Borzage era un maestro a la hora de trascender el amor. De volverlo elevado, casi sagrado. Sus historias tienen un halo romántico difícilmente superable y que aun hoy sigue vigente en las pantallas donde se pueden proyectar sus películas. El espectador sigue emocionándose. Esta vez los protagonistas son Charles Boyer y Jean Arthur… y en una noche viven toda una vida. Ella es una triste mujer casada con un hombre rico paranoico que no la hace feliz. Él es el mejor maître parisino que se ve envuelto en una compleja historia con una desconocida de la que se enamora perdidamente. Así en Cena de medianoche los dos alcanzan la felicidad más absoluta. Un buen restaurante para ellos solos… y un tango de Gardel. Ambos se dejan llevar y se pierden. Por perder y alcanzar el máximo grado de libertad y elevación… ella pierda hasta los zapatos.

laamargurageneralyen

Frank Capra tiene varias rarezas en su filmografía y una de ellas es La amargura del general Yen. Ellos son Barbara Stanwyck, una misionera norteamericana en China en plena guerra civil y un hermoso sueco disfrazado de chino Nils Asther, un señor de la guerra. Y si en toda la película se desarrolla en un clima muy sensual y exótico también su final esconde una escena de amor, sacrificio y trascendencia. Entre dos seres que se aman pero se saben abocados a un amor imposible por diferentes circunstancias (las creencias religiosas, filosóficas, las diferencias culturales…). Así cada uno a su manera en una última escena sublime se entregan el uno al otro y a la vez se lanzan al abismo. El general Yen toma su amargo té para poner fin a un amor que le rompe. Un amor imposible que llega a su clímax.

En Cena de medianoche hay un hundimiento de un barco tipo Titanic. Los dos protagonistas se encuentran allí. Antes del hundimiento estaban repitiendo el menú y el tango de la noche en la que se conocieron. Cuando están abocados, los dos juntos, a la muerte, él se lamenta por no haberla conocido antes y le pide una anécdota de su infancia y ella se la cuenta. Y los dos están en una escalera sentados, con miedo, pero aprovechando los últimos momentos para no dejar de amarse.

Y en La amargura del general Yen la protagonista en un sueño trata de vencer su enamoramiento pero es misión imposible. Así el general Yen se le presenta como una especie de Nosferatu al que ella rechaza con repulsión. De pronto un hombre enmascarado la salva. Ella le quita la máscara y es de nuevo el general Yen… Ella cae en sus brazos.

Es inevitable al ver estas películas preguntarse sobre la naturaleza del amor y sus distintas manifestaciones. Y es imposible no preguntarse si el cine no llegó a nuestras vidas para expresar lo que no puede decirse con palabras.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.