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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Call me by your name

La mirada de Elio…

Una reunión familiar: un padre, una madre y un hijo adolescente. La madre coge una edición en alemán de la serie de cuentos del Heptamerón. Se sienta y elige uno para leer, mientras los tres se acomodan en el sillón. Y en ese cuento hay una frase que contiene la esencia de la nueva película de Luca Guadagnino, y viene a decir algo así como ¿qué es mejor para un hombre o una mujer, hablar o morir? O dicho, de otro modo, ¿sentir o morir? Y es que tanto Yo soy el amor, como Cegados por el sol, como ahora Call me by your name… son tres películas construidas a través de las emociones, las sensaciones, la sensualidad, la belleza, el placer… Los momentos fugaces que provocan escalofríos. Sobre personas que se atreven a llegar al límite del deseo o que tocan lo sensual, lo bello y lo placentero… aunque luego caigan derrotados, abandonen todo o les quede tan solo un recuerdo. Atreverse a vivir…, esa es la cuestión.

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El gran showman (The Greatest Showman, 2017) de Michael Gracey

El gran showman

… un mundo para crear

Michael Gracey toma uno de los versos de la canción A million dreams: “… Un millón de sueños para el mundo que vamos a crear” para construir el biopic musical de P. T. Barnum, un hombre que creó el concepto del mayor espectáculo del mundo con sus museos estrafalarios, con sus freak shows y que terminó encontrando la fórmula del gigantesco circo ambulante para seguir en el mundo del éxito y la farándula… También intentó alcanzar el prestigio artístico y tuvo tiempo para que la cantante de ópera sueca Jenny Lind hiciera una gira triunfal por EEUU. P. T. Barnum con luces y muchas sombras se convierte en un personaje de cuento de finales de siglo del XIX, un hombre avanzado a su tiempo que no desentona en el siglo XXI. El P. T. Barnum, con el rostro de un brillante Hugh Jackman, de El gran showman protagoniza un musical de explosiva vitalidad y belleza, con todo su barroquismo y artificio.

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Wonder Wheel (Wonder Wheel, 2017) de Woody Allen

Wonder Wheel

Sueños rotos en Coney Island

En la filmografía de Woody Allen hay varios caminos y sendas. En 2013 abrió una con Blue Jasmine: el director buscó raíces e inspiración para contar historias en los grandes dramaturgos norteamericanos (aunque siempre vuela su amado Chejov e influencias literarias europeas, como August Strindberg, de la mano de su admirado Ingmar Bergman). Así en Blue Jasmine plasmaba las consecuencias de la crisis económica en una mujer y reinterpretaba Un tranvia llamado deseo de Tennessee Williams. Jasmine era Cate Blanchett, una dama del cine. En Wonder Wheel sigue esa senda, pero esta vez se va a los años cincuenta y realiza un ejercicio nostálgico sobre una América que se perdía en sus sueños, como ocurría en muchas piezas dramáticas de Eugene O’Neill, Tennessee Williams o Arthur Miller. Y también Wonder Wheel se empapa del cine de aquellos años, y su protagonista sueña con estrellas de cine y su hijo escapa de la realidad en las salas viendo películas. Ginny, una camarera en Coney Island, casada con el encargado del tiovivo…, pasea su infelicidad y se aferra a soñar, parece sacada de los melodramas de aquellos años con Lana Turner, por ejemplo. Pero también Allen deja gotas de cine de gánsteres y ese cine negro que juega con el destino de los personajes (uno de los grandes temas del cine de Woody Allen). Esta vez Allen también cuenta con el rostro de otra dama del cine: Kate Winslet.

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¡Qué bello es vivir!

Todo arranca en ¡Qué bello es vivir! por un hombre desesperado, George Bailey.

Razón número 1: La desesperación de un ser humano

Sin duda ¡Qué bello es vivir! muestra lo que significa llegar al límite, a la desesperación total y absoluta, lo que quiere decir estar harto de todo y no encontrar más salida que el suicidio. George Bailey siempre sabe cómo reaccionar y cómo llevar sus frustraciones y sueños rotos, también sabe disfrutar de la vida, es un hombre entregado a la comunidad, a los demás, y profundamente marcado por la filosofía de vida de su padre… Este nunca le pidió nada, pero le dejó un legado: de convivencia, de solidaridad, de responsabilidad, de llevar las cosas con calma, de intentar entender a todos (incluso aquel que te fastidia la vida)… George aguanta los golpes y las desilusiones de la vida, pero también disfruta a tope todo lo bueno. Sin embargo, va acumulando y acumulando sueños perdidos, y un día ocurre la hecatombe y no sabe cómo lidiar, está cansado, se enfurece con todo y con todos y se queda con las palabras de su peor enemigo, Henry F. Potter, quien le dice que vale más muerto.

George Bailey tiene el rostro de James Stewart y logra expresar la desesperación en su rostro. Desde que se abraza a su hijo pequeño, llorando; cuando sale toda su ira ante un adorno de la escalera de la casa que siempre se desprende o cuando responsabiliza por teléfono a la maestra de la enfermedad de una de sus hijas; mientras deambula por las calles de Bedford Falls; en la barra del bar… o en el puente desde donde pretende tirarse. Después de la Segunda Guerra Mundial y de todo lo que vivió James Stewart durante la contienda, el actor pudo expresar la desesperación. Te lo crees. Y es que ¡Qué bello es vivir! no es una simple y optimista película de Navidad. Tiene fondo, oscuridad y desesperación en sus fotogramas.

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El sacrificio de un ciervo sagrado

Steven y Anna … juntos hacia el sacrificio final.

Primer plano de una operación a corazón abierto, un corazón que late. Así, brutal y fríamente empieza El sacrificio de un ciervo sagrado de Yorgos Lanthimos. No solo conocemos de esta manera gráfica la profesión del protagonista, Steven (Colin Farrell), un cardiólogo, sino que es un primer aviso de una película que nos va a remover las entrañas. Las señas del director griego están presentes durante el metraje de su segunda película rodada en inglés, pero también fluye una tragedia griega o drama bíblico en un mundo moderno. Y Lanthimos nos arrastra con suspense por su universo incómodo, distante y extraño con unos personajes que no solo se relacionan fríamente, sino con un uso del lenguaje que conduce a la perplejidad. Para dejar un retrato aterrador sobre el instinto de supervivencia del ser humano y lo sobrecogedor de un sentido de la justicia bajo la mirada de la mitología griega y de la Biblia…

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Muchos hijos, un mono y un castillo (2017) de Gustavo Salmerón

Muchos hijos, un mono y un castillo

Julita, dama del screwball comedy en Muchos hijos, un mono y un castillo

Todas las familias tienen sus peculiaridades, y cada familia es especial a su manera. Si no que se lo pregunten a Gustavo Salmerón que, cámara en mano y con mucho mimo, durante catorce años ha filmado a la suya además de recopilar imágenes de archivo y montar un documental. Así nace Muchos hijos, un mono y un castillo con las luces y sombras de su familia, pero de tal forma que siempre termina provocando la risa o la sonrisa. La cámara se convierte en su herramienta de expresión para realizar una personal biografía de sus padres, hermanos y él mismo. Su familia numerosa (son seis hermanos) gira alrededor de la matriarca, Julita, que con su facilidad de palabra, sus sueños, las vértebras de su abuela y su marcado sentido del humor articula la historia de esta familia peculiar.

Ya lo dice uno de los hermanos…, su familia vive en el caos y llevan una existencia caótica, pero siempre unidos. Y ese caos lo sustenta su madre y su filosofía de vida que como si fuera una vieja dama octogenaria del screwball comedy, con gotas de esa otra generación del 27, arrastra a todos los miembros a una especie de peculiaridad continúa a lo Vive como quieras de Frank Capra (y esa inolvidable familia que son los Sycamore).

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El tercer asesinato

Frente a frente

Dos caras frente a frente. Un vis a vis… y un cristal que los separa. En un momento dado ese límite se rompe y las dos caras quedan de perfil. Un rostro contiene al otro. Uno es recipiente del otro. El abogado Shigemori y su defendido, Misumi. Y es que El tercer asesinato no es un thriller judicial, sino una pesimista radiografía sobre la justicia y la verdad. Hirokazu Koreeda deja la compleja luminosidad de sus dos películas anteriores Nuestra hermana pequeña y Después de la tormenta, centradas además en el universo familiar, para confeccionar un relato oscuro donde la verdad de un caso baila una y otra vez para descubrir a un seguro abogado que el sistema de justicia en el que cree se tambalea… o que nada es tan sencillo como parece. A veces la justicia marca un camino, sin posibilidad de cambio…, y la verdad es mucho más difícil de encontrar.

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Imitación de la vida (Imitation of life, 1934) de John M. Stahl

Imitación de la vida

Momentos de confidencias…

Los remakes de Douglas Sirk en los años 50 de los melodramas de John M. Stahl escondieron la riqueza de este realizador a la hora de plasmar sus historias. Lo condenaron al olvido. Si bien es cierto que Sirk reinventó el melodrama con un lenguaje cinematográfico exultante y de pinceladas barrocas para mostrar una América que bajo sus colores brillantes esconde corrientes subterráneas y oscuras; John M. Stahl, con calma y contención, refleja la América resultante del crack del 29 ávida de historias de superación con un público necesitado de historias con las que sentirse identificado. Historias que dibujaban un melodrama contenido, pero también la posibilidad de luz y salida. Historias que hablaban de sus problemas, de los conflictos sociales y también emocionales. Así en 1934, Stahl adapta una novela de la popular autora Fannie Hurst, Imitación de la vida.

Cuenta básicamente la historia de amistad entre dos mujeres muy diferentes: la joven viuda Beatrice Pullman (Claudette Colbert), mujer blanca que vive un delicado momento económico; y Delilah Johnson (Louise Beavers), una mujer negra que la convence para a cambio de habitación y comida trabajar a su servicio. Las dos tienen además en común dos hijas pequeñas. Una vez que se conocen ya Beatrice y Delilah unen sus vidas para siempre. A partir de la deliciosa receta secreta de unas tortitas que le cuenta Delilah a Beatrice, esta emprende un negocio que las enriquece a las dos. Sin embargo, mientras Beatrice sube en el escalafón social y reconstruye su vida; Delilah sigue bajo el techo de Beatrice, no trata de reconstruir su vida, su historia dura le hace rendirse. Prefiere ser buena persona y esconderse tras oraciones (y desear sobre todo un buen entierro, un entierro digno y brillante). Ella siempre ha luchado en exceso y siempre le han dado la espalda, no puede quitarse la mochila del sufrimiento. Por otra parte, las dos tendrán conflictos en sus vidas por sus hijas, cuando estas dejan de ser unas niñas. La hija de Beatrice, Jessie (Rochelle Hudson), se enamora perdidamente del nuevo amor de su madre. Y la hija de Delilah, Peola (Fredi Washington), la cual tiene piel clara, se avergüenza de ser negra porque se da cuenta de que no encontrará su lugar en el mundo, tendrá menos oportunidades. Lo ve cada día en su madre… a la que quiere, pero también rechaza.

John M. Stahl construye así un melodrama sobrio y contenido, elegante, donde destacan cada uno de los momentos cotidianos y naturales que viven Beatrice y Delilah hasta que consiguen prosperar en el negocio de tortitas. Y cómo una empieza a subir socialmente y la otra decide mantenerse abajo (algo que se marca a través de las imágenes cuando Beatrice en la nueva casa se encuentra en las habitaciones de arriba, y Delilah no abandona las habitaciones de abajo… la frontera la delimita una escalera). Sin embargo, su amistad es totalmente horizontal, las dos siempre juntas… se respetan y se quieren mutuamente. Tampoco falta un sutil sentido del humor a lo largo de todo el metraje. Stahl habla y refleja a mujeres emprendedoras en un mundo de hombres y también muestra los conflictos raciales en un momento que se silenciaban totalmente.

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En el universo cinematográfico de Kenji Mizoguchi, sus historias nos las cuenta desde una distancia prudencial, pero que cala. La vida de sus personajes pasa por nuestros ojos en elaborados planos secuencia con infinidad de detalles, como en un buen cuadro. En sus películas sobre historias del pasado, no solo habla de su presente (y de este presente también), sino que vierte además gotas de su propia biografía. Kenji Mizoguchi murió joven de una leucemia en 1956 y podría haber seguido rodando y rodando… o quizá su fantasma no haya parado de contar historias y también haya recuperado aquellas películas perdidas de su filmografía que ya no podremos ver. Su espíritu de joven luchador fue alcanzado por los ecos de la revolución rusa y posteriormente su visión política y social del mundo la vertió en sus fotogramas. Pero si algo le marcó en su infancia dura y pobre fue el maltrato de su madre y la venta de su hermana mayor como geisha, convirtiéndole en un director que no solo cuidaba a sus personajes femeninos, sino que daba voz a la realidad de la mujer japonesa (y del mundo), a cómo se silenciaba su papel, a las injusticias que aguantaba y a la desigualdad de derechos y oportunidades que sufría a diario. Le gustaban las mujeres en su vida privada y en la pantalla de cine, la turbulenta y agitada vida sentimental de sus personajes no le era ajena.

Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari, 1953)

Cuentos de la luna pálida de agosto

… Hombres y fantasmas… un tenue límite

Mizoguchi recrea un mundo de leyenda en el Japón del siglo XVI y esos cuentos de luna pálida narran las vicisitudes de dos campesinos con ambiciones, Genjuro y Tobei. Uno piensa en enriquecerse con su trabajo como alfarero y el otro quiere ser un samurái; son tiempos de guerra y violencia. Los dos están casados y sus mujeres siempre tratan de que bajen a la tierra y valoren y cuiden lo que tienen. Pero es un cuento trágico y en un río cubierto de tiniebla, mientras todos viajan en una humilde embarcación, les envuelve una premonición oscura sobre el destino. Además se separan en ese instante. La esposa de Genjuro deja la barca con su hijo pequeño para volver a la aldea ante el miedo de que sean atacados y robados con toda la mercancía que llevan a vender a la ciudad. Una vez en la ciudad, Genjuro, Tobei y su esposa empiezan a vender con éxito la mercancía. Pero a la vez todo cambia y se transforma. Genjuro conoce a una bella mujer noble, lady Wasaka, y se ve atrapado en un paraíso de placer y sensualidad. Y Tobei con el dinero ganado compra su uniforme de samurái, abandonando a su esposa para conseguir, cueste lo que cueste, su sueño.

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Verano 1993 (Estiu 1993) de Carla Simón

Verano 1993

Miradas de la infancia

Verano 1993 tiene una mirada especial: la de una niña de 6 años, Frida. Una niña que precisamente en ese verano de 1993 tiene que enfrentarse a muchas cosas que no son fáciles: a la muerte de su madre; a entender qué es exactamente lo que ha pasado; a asimilar que no la verá más, ni podrá hablar con ella; a dejar su ciudad, Barcelona; a la vida en un pueblo; a ver a sus tíos y a su pequeña prima como su nueva familia; a conseguir nuevos amigos; a encontrar su lugar en su nuevo mundo… Y Carla Simón consigue una mirada que toca y trastoca, una mirada impregnada de verdad. Pues es una mirada empapada de memoria y recuerdos. Simón rescata la niña que fue y crea una película de sensaciones. Y, sí, nos metemos en el universo de Frida.

Y es el primer largometraje de Carla Simón, otro nombre a añadir a esa lista de cineastas, muchas de ellas de Cataluña, que están ofreciendo un mapa cinematográfico especial con voces de mujer. Al ver Verano 1993, me vino a la cabeza enseguida, sin poder evitarlo, François Truffaut, y sobre todo dos de sus películas: Los 400 golpes y La piel dura. Por dos motivos: Como Truffaut, Carla Simón se expresa y cuenta con la cámara sus sensaciones, recuerdos y pinceladas de la infancia. La cámara es un apéndice de su forma de expresarse, de su memoria, de la forma de entender el mundo… No escribe diarios…, filma películas. Y como en La piel dura, Carla Simón dibuja niños reales y habla de que la infancia puede ser un periodo duro…, es como si dijera en alto a sus protagonistas niñas las palabras del profesor Richet: “La vida no es fácil, es dura, y es importante que aprendáis a endureceros para que podáis enfrentaros a ella, ojo, endureceros no ser insensibles”.

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