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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Ristra de estrenos veraniegos… y la cartelera ha sido algo descafeinada (seguro que me he perdido tesoros que no he podido abarcar). He visto bastantes películas pero ninguna redonda. He tenido que buscar las chispas. No he vibrado ante ninguna de las que he visto. Pero en todas…, algo se vislumbraba. Estas son las chispas. Animales de compañía que significan mucho más, familias desestructuradas que se estructuran, soledades, amores tardíos, segundas oportunidades, supervivencia, miedos profundos, muerte, luz al final del túnel, actores que iluminan o llenan la pantalla, directores que siguen su estela… Y de propina dos antecedentes.

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Of men and war (Des hommes et de la guerre, 2014) de Laurent Bécue-Renard

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Las consecuencias psicológicas de una guerra, las heridas abiertas, quedan muchas veces en el olvido y ocultas. Son complejas y duras, difíciles de entender y de curar. En 1946 John Huston mostraba en un documental, Let there be light, los traumas que provocaba la guerra, la Segunda Guerra Mundial, en un grupo de soldados norteamericanos. Lo que recogía la mirada del realizador hizo que el propio Ejército de los Estados Unidos (que encargó el documental a Huston) no la distribuyese hasta 1980. Porque mostraba heridas mentales, desnudaba a hombres rotos que hacen saltar por los aires el mito del guerrero que regresa a casa dispuesto a llevar las riendas de su vida con fuerza. Porque enseñaba hombres que contaban una verdad, que el Ulises que regresa de La Odisea tiene traumas y que pierde las riendas, y que a veces logra cerrar las heridas y que otras se hunde definitivamente.

Otra de las guerra traumáticas para otra generación de jóvenes norteamericanos fue Vietnam. Y el regreso tampoco fue fácil, no solo no eran héroes sino que estaban tan rotos que no encontraban hueco alguno en una sociedad desencantada que los rechazaba porque no entendían, como ellos tampoco, qué hacían en esa guerra. Así también la ficción golpeaba al espectador mostrando reflexiones incómodas y cómo el horror de una guerra destroza a toda una generación, a los que fueron y a los que se quedaron. Seres humanos rotos en pedazos. Así Elia Kazan en su penúltima película, Los visitantes (1972), cuenta la historia de Bill, silencioso y pasivo, que no vuelve a hablar nunca de su experiencia en Vietnam, cuando un día recibe la visita de dos hombres para devolverle un pasado que no puede enterrar. Tres jóvenes transformados y destrozados por la violencia. Tres hombres que arrastran una contienda en la que se hicieron e hicieron cosas terribles. Uno reacciona sin saber enfrentarse a nada, un muerto en vida, y los otros responden con violencia y caos que fue lo que aprendieron en un campo de locura salvaje… Y mientras una sociedad desencantada que no trata de entender, que rehúye la mirada. Es de las películas más incómodas y pesimistas del realizador.

Y ahora son otras guerras y otras heridas que generan traumas y que hacen regresar a hombres rotos de cuya situación es mejor no hablar mucho. Pero el documentalista Laurent Bécue-Renard sigue mirando y atrapa con su cámara a otro grupo de hombres norteamericanos rotos por la guerra (ahora es Iraq o Afganistan) y asiste durante un tiempo largo a una terapia de grupo para tratar el estrés postraumático en un centro especializado The Pathway home. El terapeuta, un veterano de la guerra de Vietnam, trata de proporcionarles las herramientas para superar el trauma y recuperar sus vidas, levantarse. Así somos testigos de testimonios espeluznantes que les destrozan por dentro pero que también generan una capacidad en cada uno de autodestruirse. Y así caen por un tobogán en que arrastran a padres, hijos, esposas, novias… que son testigos de su hundimiento y que muchas veces no saben cómo actuar, a veces se rompen totalmente los lazos. Unos pierden el control, otros no pueden enfrentarse a los problemas diarios y se ocultan en el alcohol o las drogas, el de más allá no puede dormir, otro solo sabe responder con la violencia, más allá uno no deja de temblar o cuando está estresado le visitan mil tics…

Laurent Bécue-Renard deja fluir el tiempo y los momentos más íntimos entre las terapias de grupo (con las explosiones de ira, con los traumas que les impiden vivir…), la convivencia en el centro terapéutico con pequeños actos cotidianos como la pausa del cigarro o algunas fiestas, excursiones, desfiles y encuentros familiares; y la vida de estos hombres, que están tratando de salir del pozo, con sus hijos, padres, novias o esposos, sus intentos por reconstruir su día a día. Algunos logran sobreponerse, es decir, manejar el trauma; otros se quedan en el camino y otros prefieren desaparecer (y recuerdas ese rostro –y su voz– que trataba de superar el trauma)…

Primeros planos para aquellos que deciden dar el primer paso y expulsar sus miedos, temores y traumas en la terapia con momentos de respiro (con presencia del entorno) que tratan de reflejar el intento continuo de regresar a la vida cotidiana, de enfrentarse a los problemas diarios, de convertirse en hijos, padres, novios o maridos.

Of men and war es el segundo documental de la trilogía “Genealogy of Wrath” donde el director trata de analizar las consecuencias psicológicas de las contiendas bélicas. En el primero, War-Wearied, descubría el impacto de la guerra de Sarajevo en tres mujeres viudas que trataban de superarlo en un centro de terapia rural. Sin duda una genealogía de la ira que muestra heridas de difícil curación. Hal Ashby en El regreso (1978) hacía que unos personajes dijeran a un soldado herido psicológicamente, a punto de perder los estribos: “No somos tus enemigos, el enemigo es esa guerra”, y eso es a lo que se enfrentan los jóvenes de Of men and war, que viven su regreso y todo lo que conlleva como amenaza, la incorporación a la vida cotidiana les mata poco a poco mientras entierran sus traumas y heridas de guerra o se sienten incapaces de salir de ese campo de batalla que les quebró por dentro.

The seventh fire (The seventh fire, 2015) de Jack Pettibone Riccobono

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… Hay un momento en que uno de los protagonistas del documental The seventh fire dice que su nombre nativo es Pájaro de trueno (Thunderbird). Y es como si ese personaje volara a la velocidad de un trueno sobre su realidad en Pine Point, una localidad nativa en el norte de Minnesota en la reserva india de White Heart. Un lugar que atrapa los destinos de Rob Brown, ese pájaro trueno, y del adolescente Kevin, que ante un mundo sin futuro y sin salidas, piensa en convertirse en gánster, en ser un líder de banda como lo es Rob.

Ambos pertenecen a la comunidad ojibwe, comunidad atrapada entre unas bandas que traen más desolación y menos futuro, que llevan droga y alcohol, y un intento de mantener su pasado, raíces y cultura. Pero esas bandas son formadas por personas como Rob y Kevin que han vivido en una situación de exclusión continúa, con unas vidas complicadas donde han recibido más palos que oportunidades. Porque Pine Point no es un sitio fácil en el que vivir, no es un sitio fácil en el que encontrar una salida. Porque a las comunidades nativas norteamericanas se las apartó del mapa y de la historia, se las enterró en el olvido, en un universo sin salida posible y se las robó su identidad.

The seventh fire golpea al espectador y se empapa de la lírica del perdedor en las palabras de Rob, que siempre le gustaron las palabras y que encuentra en la literatura una manera de expresarse y de entender con lucidez su situación, aunque caiga una y otra vez. Pero también es arrastrado por el destino sin esperanzas de Kevin, un adolescente que lucha por no caer pero en la encrucijada de la vida decide seguir los pasos para convertirse en un ideal cinematográfico, ese Tony Montana con cara de Al Pacino, que logra salir del hoyo y la miseria aunque sea delinquiendo…

Además Rob suelta la pulla exacta al espectador cuando se ríe diciendo que sí que la película la verán los europeos y asiáticos que quieren mucho a los indios y así calla que no la verá ni Dios en Estados Unidos. Así dispara que unos verán el documental desde pantallas lejanas simplemente para saciar su curiosidad sobre unas comunidades que han visto reflejadas y han amado y analizado en el género western y otros, ni siquiera se acercarán a su situación, ni les importa. Suavemente duro y… sobre todo cuando está sumergido en una fiesta con droga y alcohol de por medio, cuando da igual callar o no.

Pero en esa lírica del perdedor (un perdedor de dimensiones gigantescas) y en ese destino sin esperanzas (de un adolescente que desciende) surgen imágenes de gran belleza en The seventh fire porque Jack Pettibone Riccobono mezcla las palabras de sus protagonistas con imágenes logrando significados dolorosos. Como ver el mito de Perséfone en el rostro de una niña o sentir la mirada de un pájaro de trueno que mira desde arriba con desolación y belleza, o cómo a pesar de todo tratan de protegerse unos a otros como lobos de una manada como cuentan las leyendas (aunque se rompan poco a poco en los intentos) o sueñan con el regreso de su identidad y orgullo ante imágenes antiguas suyas o de sus ancestros… o corren y se ocultan entre la frondosa vegetación donde pueden perderse a sus anchas, sin que nadie mire, sin que nadie persiga, sin que nadie arrebate su identidad , sin que nadie juzgue…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

… siempre vuelvo una y otra vez a la historia de Carlito Brigante

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Razón número 1: flash back antes de morir

Carlito’s way comienza con una secuencia en blanco y negro donde vemos cómo disparan a un hombre al intentar subirse a un tren. Así le acompañamos en su agonía. Sabe que ha llegado la hora. Que va a cerrar los ojos para siempre. Y piensa. En todo el traslado a urgencias, donde van pasando frente a sus ojos distintas personas, su mirada se fija en un cartel a todo color con un mensaje, escapar al Paraíso. Así empieza uno de los flash backs más largos y melancólicos del cine de los años 90. Carlito’s way es un flash back antes de morir de un mafioso que recuerda cómo trató de redimirse, de huir de su vida pasada, de escapar al paraíso. Cuenta la historia de una redención.

Razón número 2: Carlito Brigante

Carlito Brigante es Al Pacino… y es imposible (o por lo menos para la que esto escribe) imaginar otro. Con su gabardina de cuero negro, sus gafas oscuras, su barba y su pelo negro. Su voz susurrante. Su sonrisa y su mirada. Su manera de andar. Sus botas con un poco de tacón, a la moda de los setenta. Su aire hortera. Sus cicatrices. Sus silencios. Su código de la calle y la supervivencia. Su cansancio. Sus ganas de seguir soñando. El mafioso convertido ahora en un héroe perdedor traicionado por todos. Su lucha por aferrarse a un sueño a toda costa. Su instinto de supervivencia. El hombre enamorado. Amigo de sus amigos. Carlito que renuncia a un pasado que se niega a despegarse de él. Su vida convertida en una carrera vertiginosa hacia la muerte…su conciencia de que alguna vez tiene que dejar de correr porque se está quedando sin batería… Mirar a un joven capo, Benny Blanco del Bronx (su desgracia), saber qué es él cuando tenía menos años y menospreciar ese pasado y esa forma de ser… (a nosotros, los espectadores, también nos cuesta pensar que fue alguna vez así…, lo fue). Encontrarse en la oficina de su discoteca, mirando todo lo que ocurre, y venirle a la cabeza al héroe cinematográfico representado por Humphrey Bogart, como si se encontrara de nuevo en el Rick’s café.

Carlito Brigante es un personaje de novela que nació de la mente de un juez de la corte suprema de Nueva York, Edwin Torres. Su familia llegó de Puerto Rico y vivió en barrios marginales de Manhattan. Se sirvió de sus conocimientos y experiencia en el mundo criminal para escribir dos novelas donde su protagonista de ficción era Carlito Brigante… que en pantalla adquirió los rasgos de Al Pacino que corría y corría en un universo creado por un vertiginoso Brian de Palma.

Razón número 3: Una historia de amor

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Y todo héroe perdedor que  se precie oculta un hombre enamorado. Se aferra al rostro de la mujer amada. A aquella que le mirará siempre igual. Que le conoce y le espera. Aquella a la que alguna vez rompió el corazón… pero por él mismo. Porque no podría soportar estar encerrado en una prisión (treinta años de condena, aunque al final se quedan en cinco) y no saber dónde se encuentra ella.

Carlito Brigante, el mafioso, el hombre duro de las calles, antes de ir a prisión anduvo enamorado de una bailarina que soñaba con triunfar en Broadway, Gail (una dulce Penelope Ann Miller). Después de cinco años vuelve a buscarla porque en la discoteca se fija en una chica que baila igual que ella. Y ahí está Gail que vuelve a mirarle igual. Con sus sueños rotos pero luchando… y que como Carlito, vuelve a ilusionarse

Brian de Palma nos regala una escena de amor, de esas que son dignas de una colección. Carlito sigue a su bailarina en un día de lluvia. Ésta entra en un portal para dirigirse a una clase de ballet clásico. Carlito ve que hay una azotea en el edificio de enfrente y que además están entrando unos vecinos y va corriendo. Sube a la azotea y se cubre de la lluvia persistente con una tapa de basura… y mira en el edificio de enfrente a través de la ventana a Gail bailando… suena El diálogo de las flores de Lakmé. Pero ésta no será la única escena donde hay un romanticismo latente y doloroso abocado al fracaso.

Razón número 4: Los amigos de Carlito Brigante

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El abogado amigo de la juventud del mafioso que ahora se ha convertido en otro gánster adicto a la heroína y que ha perdido la cabeza y el norte. Carlito sería capaz de todo por él. Capaz de todo por ese abogado judío (increíble Sean Penn) al que quiere con todo el alma pues le siente como mejor amigo. Le agradece estar fuera (pues ya se sentía un muerto en vida en prisión)… pero todo el mundo traiciona. Pachanga (Luis Guzman), el guardaespaldas, el chaval que siempre ha habitado en el barrio y que también tiene un exaltado instinto de supervivencia…, trabaja para quien tiene poder porque ese poder le va a mantener vivo. Lalin (hermoso Viggo Mortesen), un antiguo compañero de andanzas en los buenos tiempos de la heroína (ahora el reino de la droga es para la cocaína), que terminó con una bala en la espalda, la cárcel y una silla de ruedas… convertido en un chivato porque en silla de ruedas en la cárcel no eres nadie. Benny Blanco del Bronx (John Leguizamo), un joven puertorriqueño que sueña con ser otro Carlito Brigante al que admira como una leyenda pero termina odiándolo pues su sueño no sólo reniega de él sino que le humilla constantemente… Y él también sabe de supervivientes, de la ley del más fuerte, de luchas de poder y traiciones… El joven primo Guajiro, que estudia pero también trapichea que quiere presumir de tío que es una leyenda con unos ‘que son amigos de verdad’, unos amigos que no dudan en exterminarle de manera brutal y que no respetan ni leyendas ni pasados. Viejos gánsteres y esbirros que se encuentran al acecho de Carlito, vigilando todos sus movimientos, que no tendrán reparo alguno en eliminarle para seguir vivos en la jungla de asfalto…

Razón número 5: You are so beautiful

Joe Cocker canta con su voz rasgada y grave You are so beautiful… que suena entera en créditos finales y nos deja con un triste sabor de boca. Porque a Carlito sólo le queda soñar con un futuro que no vivirá donde Gail y su hijo quizá hayan alcanzado el Paraíso. Le hubiera gustado estar con ellos. Y la melancolía se apodera de toda la narración cinematográfica porque no deja de ser la historia sobre un sueño que se escapa para siempre… You are so beautiful…

Razón número 6: Años 70…

Y Carlito’s way nos trae los años setenta norteamericanos de los bajos fondos. Unos setenta plagados de desencantos, sueños rotos, drogas, sexo, alcohol, supervivencia y música para olvidar un mundo donde campa la delincuencia. Unos años setenta que llevan sus protagonistas tatuados en la indumentaria, en la discoteca Paraíso, en la música que escuchan y en la que bailan…

Razón número 7: Corre, Carlito, corre

Brian de Palma vuelve a hacerlo. Rueda cine. Domina el tempo, el ritmo y se muestra virtuoso y brutalmente visual en sus escenas de acción. Juega de manera magistral con el suspense y nos graba sus escenas en la memoria. Así la carrera con final trágico que hace correr a Carlito no cesa. Desde que entra con su primo Guajiro en ese billar de mala muerte al principio de la película, pasando por el rescate al mafioso en la cárcel- isla (que es prácticamente una pesadilla) a ese final magistral que comienza en el momento que Carlito vuelve a la discoteca Paraíso para recuperar su dinero y poder llegar a coger el tren con Gail para huir definitivamente del barrio… Toda esa secuencia final se encuentra llena de momentos geniales, no deja descanso ni a Carlito ni al espectador, para llegar al principio de la historia y devolvernos toda la tragedia de esa primera secuencia en blanco y negro.

Razón número 8: La redención de un perdedor…

Porque Carlito’s way no es más que la historia de un perdedor que reflexiona en los últimos momentos de su existencia. Y que envuelve toda su historia en un halo de melancolía, tristeza y desesperanza. Porque sabemos que no alcanzará su sueño… Y eso hace que su historia sea especial y que sepamos desde el principio que Brigante pierde. Que no llega a la meta…

Razón número 9: El Paraíso

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Y el sueño de Brigante siempre está presente. Desde ese cartel publicitario que dice o anuncia una escapada al paraíso. O cómo bautiza a la discoteca que le conseguirá el dinero para alcanzar su sueño, El Paraíso. Y ese sueño que siempre que lo cuenta provoca risa, el irse a una isla y alquilar coches. Un sueño que comparte y que imagina al lado de esa mujer soñada que no es otra que una bailarina… Y esa bailarina se cree el sueño porque ella ya odia el suyo porque la vida golpea. El mafioso y la bailarina se unen para escapar al paraíso y casi lo consiguen. Ahí está esa puerta con cadena que romperán para estar juntos o esos espejos que los reflejan… y los convierten en sueños inalcanzables.

Razón número 10: Sueños rotos

Pero al final toda la narración cinematográfica se convierte en un sueño roto de un hombre al que han disparado a muerte y se debate entre mantenerse lúcido o cerrar los ojos para siempre. Está tan cansado… La carrera ha terminado y se ha quedado sin batería.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

 

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En el tango no hay errores.

No es como en la vida.

Es sencillo.

Eso es lo que hace que el tango sea genial.

Si cometes un error o te haces un lío… sólo sigue bailando.

 

… Dos desconocidos.

Dejan sus problemas en una esquina.

Y en una pista vacía… bailan un tango.

 

En ese momento los dos son felices.

Porque lo intentan.

Y como dice uno de ellos… a veces basta un minuto para vivir toda una vida…

Todo se detiene.

Nada importa.

Sólo ese momento.

 

Todo se puede desencadenar por una esencia…

Un perfume.

 

Suena un tango…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.