Castillos en la arena es uno de los melodramas de los años sesenta más olvidados (recordemos que la nueva etapa dorada de este género fue en los años cincuenta), quizá se mantiene en memorias cinéfilas por dos posibles motivos: la banda sonora de Johnny Mandel (y ese leit motiv repetido… La sombra de tu sonrisa…) y ser una de las películas protagonizadas por pareja mítica dentro y fuera del cine: Liz Taylor y Richard Burton.

Pero no son esos sus únicos valores aunque sí importantes. Castillos en la arena es melodrama que alcanza extasis sin alcanzar el ridículo (que son siempre los riesgos que bordean este tipo de género…). Y esto es importante porque vuelve a mostrar cómo Vincente Minnelli en una de sus últimas películas pone en evidencia que él fue no sólo un eficaz director de comedia musical y comedia a secas sino uno de los reyes del melodrama. Un melodrama que siempre enfocaba con ritmo y narración sutil y elegante valiéndose de la intensidad de los intérpretes, de las posibilidades cromáticas del color (aunque también mostró buen atino con el blanco y negro) y de una dirección implecable. Pero destaca sobre todo, siempre, el tremendo cariño y respeto con el que trata a cada uno de los personajes implicados en la trama.

Así un paseo por el melodrama de Minnelli nos lleva a películas tan valiosas como Con él llegó el escándalo o la maravillosa Como un torrente pasa por su amor a la pintura en El loco del pelo rojo o atrapa al cine dentro del cine en uno de sus dramas más analizados, Cautivos del mal. Se acerca a una juventud confundida pero igual que el mundo adulto en Té y simpatía. Para desembocar de manera dulce y elegante en un melodrama a las orillas del mar en Castillos en la arena. Que sí bien es cierto no es la más perfecta, sí logra que el espectador quede atrapado con una historia de infidelidad elegante que protege a los tres protagonistas del triángulo y en ningún momento los juzga…

Si echamos un vistazo a los melodramas citados, hay siempre algo que parece llama la atención del director y es enfrentar a dos personas con distintos planteamientos de la vida o con diferentes caracteres… del choque suele surgir el drama. Así nos encontramos con padres déspotas e hijos sensibles, con productores manipuladores y actrices delicadas, con pintores al borde de la locura y otros apasionados por la vida, con jóvenes sensibles y damas con experiencias de vida, con prostitutas de buen corazón enamoradas de hombres atormentados y retorcidos…, y todo siempre envuelto con una hipocresía social que hace más desgraciados aún a los protagonistas. Castillos en la arena no es una excepción. Los polos opuestos se atraen y terminan atrayéndose y por eso transformándose como personas aunque no sea posible el happy end.

Así en un paisaje natural, de mar alucinante, casa en la playa y acantilado de ensueño, se encuentran un estricto, inteligente y conservador pastor episcopaliano que se dedica al mundo de la enseñanza (e importante feliz hombre casado con dos hijos adolescentes y una esposa fiel y sumisa) y una pintora bohemia atea en comunicación con la Naturaleza y cuya religión máxima es un individualismo radical que la permita conocerse a sí misma, alejarse de los hombres (que no la han dado más que problemas con sus hipocresías) y construirse como mujer libre. De esta manera dos seres que nunca se hubieran encontrado por sus caracteres y modos de vida absolutamente opuestos se unen por una circunstancia: el hijo de la pintora, que hace que sus caminos se unan.

Y de esta unión surge un amor auténtico nunca vivido por ambos protagonistas pero también un choque brutal con el mundo exterior. Y por ese amor ambos se transforman, aprenden de sus distintas concepciones de la vida y se respetan… pero desde el primer momento saben que es un amor imposible que además finalmente les es imposible ocultar haciendo como no daño a terceros.

Y todo esto desde una elegancia contenida y una continúa comprensión de sus personajes. Sobre todo del trío en cuestión: Richard Burton y Liz Taylor, apasionados y enamorados, y una Eva Marie Saint como esposa perpleja pero que finalmente trata de comprender aunque necesite un tiempo y una separación del hombre junto al que ha permanecido a su lado siempre tratando de construir los sueños de ambos… que han visto como se han ido sepultando a lo largo de los años… rodeados de una sociedad hipócrita que oculta pero daña y rechaza y metiéndose ellos de lleno en el juego.

Quizá lo más endeble de la trama pero no molesta son los personajes-obstáculo-antagónicos que hacen más compleja la relación de infidelidad del pastor y la pintora. Porque así como ellos muestran una relación pura y hermosa que ha sido inevitable y tratan de quitar cualquier mancha o sensación de culpa… hay dos personajes que con su mirada no hacen más que ensuciar la relación de cara a los dos mundos a los que pertenecen los protagonistas. Y aunque la idea es buena, estos personajes secundarios no están del todo bien perfilados… aunque cumplen su función y además cuentan con el rostro de dos actores con carisma. Por una parte, del mundo de ella, nos encontramos con un artista bohemio que sin embargo rechaza de pleno en su mundo la entrada del conservador pastor y en cada una de sus escenas trata de humillarle y reírse de él, de sacarle de sus casillas. El artista bohemio es Charles Bronson. Del mundo de él es un hombre casado y ahora divorciado que tuvo una historia con Liz, por supuesto, rodeada de hipocresía (además él no la amaba sólo la deseaba) que no tiene escrúpulo alguno y es un rey en el mundo de las apariencias en una sociedad respetable o mejor dicho que quiere ser respetable. El hombre de negocios hipócrita tiene el rostro de Robert Webber.

Castillos en la arena te atrapa con su elegancia y delicadeza y te hace desear no salir de esa casa en la orilla del mar donde cada día amanece de manera distinta, donde puedes caminar, pensar, aislarte… o estar disfrutando junto a la persona amada de tres días de felicidad.

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