Kasdan toma una novela intimista de Ann Tyler y atrapa en metros de celuloide la historia de una soledad elegida, del derrumbamiento de un hombre, que se rompe en pedazos ante una ausencia inesperada. La del hijo pequeño e inocente que fue a comprarse una hamburguesa y recibió un disparo en la cabeza.

El hombre solitario, triste y que decide no expresar sentimientos, encerrarse en sí mismo en una coraza de hierro, con ayuda de sus tres hermanos desorientados y solteros, vive cada día como uno más de muerto en vida…, mientras escribe sus guías de viajes para hombres de negocios que odian viajar y quieren sentirse en todo momento como en casa, sin dejarse llevar por el espíritu o vida de una ciudad o país nuevo. Todo bajo control. Todo controlado. Lo malo es que cuando algo inesperado ocurre, todo se desarma alrededor, y sólo queda un hombre solo y perdido ante el mundo que no sabe cómo va a levantarse cada día de la cama.

Este hombre tiene una esposa a la que ama que también se le ha roto el alma con la ausencia pero que necesita a un esposo que se encierra en sí mismo. Y ella se ahoga en un matrimonio que permanecía unido, entre otras cosas, porque tenían un proyecto común: un hijo al que amaban. Ahora ella sólo ve el vacío y un esposo que es incapaz de comunicarse con el otro, que rechaza de plano el mundo exterior. Y ella sabe ahora que en el mundo hay gente mala, y duda de poder levantarse de la cama, pero decide que tiene que rehacer su vida y si lo hace tiene que ser lejos del esposo que ama… porque ambos viven la ausencia de distinto modo y esto les separa de manera inevitable. La esposa abandona el hogar. Y deja todavía más indefenso al hombre que trata de tenerlo todo bajo control, solo y con un perro asustado, que siente la ausencia del niño, e intratable que ladra y pega mordiscos cuando menos te lo esperas. Pero Edward, ese perro adorable, es lo único que une a nuestro personaje a su hijo Ethan, y no quiere de ninguna manera desprenderse de él…

Malcon, así se llama nuestro hombre, ve como Sarah, su esposa, le deja y el trata de no romperse más. Ni inmutarse y sigue con sus viajes y escribiendo sus grises guías. En uno de sus viajes deja a Edward con una estrambótica cuidadora de perros. Ella es Muriel. Y es todo lo opuesto al mundo perfecto e idílico de Malcon y Sarah. Muriel posee una inteligencia emocional que la permite vivir en un mundo real con problemas de todo tipo siempre con vida, energía, optimismo y una sonrisa. Y es ella Muriel la que siente que Malcon sólo necesita una mano tendida para salir de una cárcel en la que se ha encerrado. Y con su verborrea y forma de ser abierta, sin miedo alguno a relacionarse trata de sacar a Malcon de su mutismo…, pero él es duro de pelar. El dolor que siente es casi infinito. A Malcon también le saca de su mutismo el hijo siempre alérgico, enfermo y pequeño de Muriel, Alexander…, siente de alguna manera que su corazón puede de nuevo enternecerse, reír o sentir. Y de manera inesperada, cuando Muriel escucha el dolor de Malcon y no se retira sino que le ofrece un abrazo, empiezan una relación.

Así Lawrence Kasdan ofrece una historia intimista sobre soledades, ausencias y dolores que provoca alguna que otra sonrisa. Habla de segundas oportunidades, de que es posible reconstruirse, de cómo a veces necesitamos al otro para que nos saque de un pozo profundo, y ese otro es quien menos te esperas. El director con un tierno lirismo y con un intérprete que expresa con su rostro y cuerpo un abanico insuperable de sentimientos hasta su sonrisa relajada final, un William Hurt de quitarse el sombrero, deja una buena película, de personajes que sufren o ríen, de sentimientos a flor de pie. Ayuda una melodía acertada de John Williams y un reparto de actores que encuentran su papel (Geena Davis, Kathalene Turner, Bill Pullman…).

El turista accidental es una película de escenas y situaciones que van ahondando en el alma de un espectador que asiste a una historia cotidiana de soledad y dolor con sus puntos extravagantes —esos hermanos solteros, ese editor enamorado cansado de la vida moderna, ese teléfono que suena y nadie coge— (¿quién no vive rodeado de extrañas y maravillosas extravagancias?… yo también soy una persona a la que sueltas en una esquina y su brujula automáticamente deja de funcionar). Y cuenta con escenas que te dejan la sonrisa helada o esperanzada. Ambas.

Aquella de un Malcon que duerme y sueña la llamada de un hijo que le dice que no ha ido a recogerle y él le contesta: creí que habías muerto. Los ojos del perro Edward y su ternura a pesar de los ladridos y mordiscos. Ese pequeño y enfermizo Alex que de pronto siente que puede dar la mano a Malcon, tranquilo, porque éste le acepta totalmente. Esa Muriel que escucha en silencio la explosión de dolor de Malcon y le coge dulcemente, y le abraza, y le lleva a la cama y le desviste y le tumba. Esa escena en la Malcon le dice a Sarah que ella ya no le necesita que ha superado la ausencia pero que él si necesita la mano de esa otra mujer que se llama Muriel…

No he tenido la oportunidad de leer la novela y sí de enterarme de que Kasdan recortó mucho de lo rodado —a veces sí te queda la sensación o te apetecería saber más sobre los personajes y su evolución— para dejar una película totalmente limpia con lo estricto y necesario, pero no niego que con El turista accidental logró una radiografía preciosa sobre la soledad y la ausencia…, ah, y sobre las segundas oportunidades. Las sonrisas finales de Hurt y Davis lo dicen todo.

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