Josef von Sternberg fue un creador de ambientes y atmósferas que fueron evolucionando al exotismo y al escapismo. Su cine en blanco y negro era entrar en otro mundo, otro universo. Un director con una mirada especial. Cuando rodó en Alemania El Ángel Azul, descubrió a Marlene Dietrich y los dos crearon un binomio artístico en un mundo exótico. Luego Sternberg fue cayendo en olvido y su musa siguió convertida en leyenda. Pero antes de Marlene, existió un Von Sternberg que ya arriesgaba, innovador y con una personalidad creativa arrolladora. Un director que aunque reflejara los bajos fondos y las más bajas pasiones, aunque el aire transportara la tragedia, permitía la posibilidad del amor fou, de la pasión más arrebatadora, de la huida posible… Y de sus atmósferas y su puesta en escena, surgía la belleza, una belleza al margen, inquietante, pero atrayente. Von Sternberg era capaz de reflejar la humillación de la manera más desgarradora y también la pasión y la entrega irracional al otro. Y de su cine surgían reflexiones complejas, incluso incómodas. Con La ley del hampa se convierte en el precursor del cine gánsteres y deja semillas de lo que será el cine negro…, pero siempre estará su mirada fascinante. Y en La última orden deja una compleja y pesimista reflexión sobre el cine dentro del cine y la revolución. Y en ninguna de las dos está Marlene y sí otra actriz que destacó también con Sternberg y que hoy campa en el olvido: Evelyn Brent, rodeada de plumas y perlas. Las dos películas son puro cine silente.

La ley del hampa (Underworld, 1927)

La ley del hampa

El trío protagonista de La ley del hampa… amistad, pasión y redención.

El germen del cine de gánsteres y de lo que sería también el cine negro está atrapado en los fotogramas de La ley del hampa. También es cierto que estaba la pluma incisiva de Ben Hecht, que visitaría más de una vez los dos géneros. Hecht como periodista sabía captar el pulso de la sociedad y los protagonistas de los periódicos eran los gánsteres y la ley seca. Así que más tarde o más temprano, iban a dar su salto a las pantallas de cine. Von Sternberg extrajo la esencia de ese mundo para encerrarlo en una atmósfera recreada. Y no fija el objetivo de su cámara en el ascenso y caída del gánster, sino en las relaciones de un trío formado por el gánster, su prometida y un alcohólico al que extiende la mano y se convierte en hombre de confianza.

Por lo tanto ya queda instaurado uno de los pilares de varias películas de gánsteres y posteriormente de películas de cine negro: los hilos entre el trío protagonista que suele devenir en tragedia. Los dos amigos con caracteres opuestos pero complementarios. Y la chica… entre los dos, que en La ley del hampa ya esconde características de futuras femme fatales, pero aquí con cierta inconsciencia. A pesar de la brutalidad del protagonista y su desequilibrio emocional ya se le pinta con cualidades que le hacen ganar la simpatía del espectador. En La ley del hampa, el gánster es Bull Weed (George Bancroft), un ladrón de bancos y joyas, que alardea de su fuerza, atrevimiento y bravura. Se cree dueño y señor de la ciudad, impune al mal. Es un bruto que es capaz de echar una mano a un niño hambriento o de dar de beber con su dedo a un gatillo o de ayudar a un hombre alcohólico que luego convierte en amigo, a Rolls Royce (Clive Brook). Es vital, bebe, ríe, se lo pasa bien, amigo de sus amigos… y da todos los caprichos a su novia Feathers McCoy (Evelyn Brent), que hace perder la cabeza a sus rivales.

Preludio de escenas futuras en obras maestras de estos géneros: la primera aparición de Feathers en lo alto de unas escaleras, envuelta en plumas, y una cae en el rostro de Rolls Royce. Un vital Bull Weed sale de un local exultante, dueño del mundo, y ríe cuando ve un cartel luminoso que pone “La ciudad es tuya”. La rivalidad y los juegos de poder con el gánster enemigo, ‘Buck’ Mulligan (Fred Kohler), que es dueño de un negocio legal: una floristería. Las firmas de cada uno, Weed deja monedas dobladas y Mulligan, pequeñas flores que lleva en la solapa. El amigo leal, Rolls Royce, que trata de ayudar al héroe hasta el final, aunque discutan, aunque siempre esté la sombra de la traición… La sutil fatalidad que recorre la historia.

Tampoco faltan los lugares que estarán presentes en otras obras cinematográficas, pero con las atmósferas especiales que siempre recreaba Sternberg, provocando una pátina irreal. Las fiestas locas y fuera de rosca que organizan en locales especiales: el baile lleno de serpentina y alcohol, donde Weed tiene celos de Rolls Royce porque baila con Feathers, donde esta se convierte por la labia y los favores de Weed en reina del baile, donde Mulligan trata de abusar de ella… y donde se desata finalmente la violencia de un Weed alcoholizado. El hogar-búnker de Bull Weed donde acoge además a Rolls Royce y que termina siendo un lugar rodeado y acribillado por las balas de la policía. Las calles de la ciudad como amenaza o escondrijo. La sala del tribunal donde se imparte justicia y donde el gánster es arrinconado, la cárcel…

Y en la La ley del hampa también está la violencia del robo, la sensualidad y sexualidad, la amistad y la traición, el gánster que decide sacrificarse, la muerte violenta… Todos aquellos elementos que irán evolucionando en títulos como Scarface, El enemigo público número 1 o que también se intuirán en joyas del cine negro como El cartero siempre llama dos veces. Y un Josef von Sternberg que todo lo mira con aires barrocos y su fatalidad que cuelga y sobrevuela los fotogramas…, pero con una especie de dejadez vital por parte de los personajes, que no son conscientes de ser protagonistas de una tragedia.

La última orden (The Last Command, 1928)

La última orden

El general y la revolucionaria, una historia de amor imposible en La última orden.

Cine dentro del cine, Josef von Sternberg crea un juego de espejos y paralelismos, donde si bien no pinta la Revolución Rusa con una mirada en absoluto épica (no pinta bien ni a los revolucionarios ni a los zaristas), tampoco deja bien parado el capitalismo salvaje en la industria del cine. La mirada de La última orden es la de Sergius Alexander. En los momentos previos a la Revolución Rusa es un general y gran duque, primo del zar. Altivo, orgulloso, pero amante de Rusia. Sí que ve la pomposidad del zar y su mal gobierno, pero no el daño y las injusticias que se están ejerciendo en el pueblo. Cree que se puede calmar la situación política del país siendo buen patriota. Sergius Alexander trata de mirar por sus hombres y salir en su defensa, incluso se atreve a contradecir las órdenes de los hombres del zar. Pero también sabe ser tirano, cruel y aprovecharse de su situación de poder, por ejemplo, para conseguir a la mujer que quiera a su lado. Diez años después, este mismo hombre se encuentra en Hollywood, convertido en un triste, enfermo y humillado anciano que trata de trabajar como extra en un sistema cruel. ¿Cómo ha llegado a esta situación?

La última orden empieza con un joven director ruso emigrado (un William Powell dramático en la época del cine mudo), y muy bien situado en la industria, que está buscando un extra para una película que va a rodar. Busca entre las fotografías y se queda mirando a la de un hombre anciano. Su búsqueda ha terminado, pide que lo localicen y que se presente al día siguiente a trabajar. Desde el estudio llaman por teléfono a una lúgubre pensión y sale de una puerta un hombre acabado, Sergius Alexander. El anciano no puede tener otro rostro que el del actor Emil Jannings. Jannings mostró lo grande que era y la representación dolorosa de la humillación en tres personajes muy cercanos en el tiempo: el portero del hotel que acaba en los baños en El último (1924) de FW Murnau, Sergius Alexander en La última orden; y de las manos también de Sternberg, el profesor Immanuel Rath, en El Ángel Azul (1930). Al día siguiente acudirá a la parte de atrás de Hollywood, a la parte oscura, donde se oculta un ejército de extras que buscan su oportunidad y que son tratados como ganado en un mercado duro. Allí se hará con su traje de militar (en un angustioso y maravilloso travelling), al que añadirá una medalla, y dirá a uno de sus compañeros que él fue general, sin poder evitar el temblequeo continuo de su cabeza. Pero esto solo generará burla. Después de sufrir más de una humillación, se maquilla y acicala frente al espejo. Y viaja a su pasado, a los momentos previos de la Revolución, donde era un hombre poderoso.

Allí estará de nuevo el joven director, pero esta vez en compañía de una hermosa joven, Natalie Dabrova (Evelyn Brent), los dos son sospechosos revolucionarios, que se escudan en sus profesiones como director de teatro y actriz. A los dos les retienen los pasaportes y son conducidos al despacho de Sergius. Este provoca la detención del joven director, después de pegarle y humillarle, y decide que ella le acompañará a partir de ese momento. Natalie accede por supervivencia. En los momentos de intimidad que viven los dos surge una imposible y trágica historia de amor entre el general y la revolucionaria, donde los dos ven la parte humana y positiva del otro, y algo que les une, aunque les ha llevado a ideologías diferentes: su amor por Rusia. En un momento dado, y magistralmente rodado por Sternberg, ella está dispuesta a dispararlo, y él es consciente, pero Natalie se siente incapaz de matarlo, ahora que le conoce más. Mientras también se cuenta la suerte que corre el director, que en un incidente en la celda, puede huir. Sergius Alexander y Natalie van en un tren y en una de las localidades que paran, estalla la revolución. El pueblo se abalanza contra Sergius y sus hombres. Y Natalie se une al clamor del pueblo y saca la líder que tiene dentro, exige que al general le dejen de carbonero y que esperen a colgarlo en una gran ciudad. A sus hombres les fusilan y a él le humillan y maltratan hasta llevarle al vagón del carbón. Allí ocurrirá la culminación de la historia de amor fatal entre Sergius y Natalie… y por qué acaba solo y acabado en Hollywood.

Después del regreso amargo del flashback, el joven director ruso le explica a ese hombre acabado la escena, y le entrega un látigo, y le dice con sorna que él sabe usarlo bien. El joven revolucionario convertido ahora en director en el sistema de estudios en el corazón del capitalismo culmina su venganza con el pasado. Pero Sergius no solo realiza una buena escena, sino que revive su pasado y el amor que siente hacia Rusia, y desea llevar a sus soldados a la victoria. Y es un shock tan fuerte que su corazón no lo resiste. Pero toca la fibra sensible del joven director que finalmente trata al viejo general zarista con dignidad y respeto.

Josef von Sternberg vuelve a mirar de una forma especial, juega con la realidad y la ficción, recrea un Hollywood oscuro (parece ser que partió de una anécdota real) y una Revolución Rusa sin épica, donde ni revolucionarios ni zaristas salen bien parados, y teje así una compleja tragedia donde el reflejo del espejo devuelve reflexiones difíciles e incómodas.

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