La casa junto al mar (La villa, 2017) de Robert Guédiguian

La casa junto al mar

Tres hermanos en una casa junto al mar…

Cuando vi en los noventa Marius y Jeannette, Robert Guédiguian entró a formar parte de la nómina de directores a los que seguiría su trayectoria sin remedio y siempre que pudiera, de manera fiel. Marius y Jeannette por un motivo u otro me deslumbró. Así ya no me separé del director y de su trío protagonista: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan (y de otros actores frecuentes en sus películas como Jacques Boudet). La última donde volví a verlos juntos fue en Las nieves del Kilimanjaro en 2011. Cuando Guédiguian les hace vivir en su amada Marsella, cuando pone sobre la mesa la dificultad de ser coherente y fiel a un ideario político de izquierdas, cuando habla de ilusiones perdidas, cuando se muestra contrariado por el paso del tiempo y el cambio en los paisajes físicos y mentales, cuando expone a través de los actos de los personajes que nada está perdido…, que se pueden perseguir los ideales y los sueños, que la lucha continúa…, que uno puede equivocarse y cansarse, pero que siempre uno puede levantarse, que la solidaridad no es una palabra vacía, vieja o sin sentido, que sigue existiendo la buena gente…, que hay rebeldes, románticos e idealistas, que las distintas generaciones pueden chocar y tener distintas miradas sobre la realidad, pero que pueden caminar juntos, incluso llegar a entenderse y comprenderse, cuando muestra un sentido tragicómico de la vida; entonces este director particularmente me emociona y me llega a lo más profundo. Y La casa junto al mar reúne todas esas condiciones.

La sensación de estar viendo rostros amigos y de vivir sensaciones que te hacen salir de la sala de cine con una tranquilidad vital, como si realmente pudieras quedarte en esa casa junto al mar, hace que la película pueda dejar al espectador un poso profundo. Robert Guédiguian tiene una manera muy peculiar y elegante de ir a contracorriente con los tiempos que corren. Es encantador ver una secuencia en que de pronto todos los personajes piden un cigarrillo (aunque no fumen o lo hayan dejado) y todos se ponen a fumar tranquilamente, con placer, frente a un balcón, mirando el mar. En un momento en el que en la pantalla de cine no es políticamente correcto ver fumar a personajes que viven en nuestro presente. Y todo después de un momento sobrecogedor.

Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan se convierten en La casa junto al mar en tres hermanos que vuelven a reunirse después de muchos años en la casa paterna, a raíz de que el padre sufra un ictus. Los tres han tomado caminos diferentes: Angèle se convierte en una actriz famosa de teatro, ahora más entregada a las series de televisión. Joseph es un líder sindical desencantado, despedido, depresivo, que se oculta tras la palabra, la ironía y el amor hacia una novia joven… y también es escritor, de momento, frustrado, pero que tiene mucho que decir. Y Armand decide no moverse de la casa del padre, seguir adelante con el restaurante paterno y con su herencia ideológica. Los tres recuerdan un pasado al que acarician donde eran jóvenes y felices, capaces de comerse el mundo y acabar con las injusticias, bajo el paraguas protector de un padre idealista que, junto a su amigos, luchó por construir una utopía. Ahora con la crisis, la especulación y el turismo, el paisaje está cambiando y el sueño de su padre está siendo derrumbado. Por otra parte, la unidad familiar se resquebrajó totalmente cuando la hija pequeña de Angèle falleció ahogada, por un accidente. Y una red de culpabilidad se tejió alrededor de los miembros de esta familia siempre unida.

Ahora están de nuevo todos juntos en la casa familiar. Además del padre enfermo, una galería de personajes pululan a su alrededor: el anciano matrimonio, fieles amigos del padre; el joven pescador enamorado del teatro y de Angèle (desde que era un niño); el hijo del anciano matrimonio, la novia de Joseph… que van tejiendo nuevos caminos o cerrando para siempre puertas y ventanas. Y cuando estamos imbuidos en los problemas familiares y de los amigos, cuando sentimos los sueños rotos o los ideales perdidos entonces la película da un giro. Un giro que da sentido a que todos vuelvan a la casa junto al mar… y que sean conscientes de que quizá ese sitio utópico del padre sigue con raíces fuertes, imposibles de arrancar. El nexo de unión será la hija ahogada de Angèle. Pues en el camino de estos hermanos y de sus amigos se pondrán tres niños refugiados que vienen del mar. Y que han sobrevivido de morir ahogados… aunque tras su silencio y sus manos unidas, esconden la tragedia. Estos niños darán sentido de nuevo a la herencia ideológica y utópica del padre, y los hermanos seguirán la senda que llevan años recorriendo.

Como siempre ocurre en el cine de Robert Guédiguian es un placer hundirse en sus diálogos, dejarse llevar en ciertos momentos por la risa y en otros por la lágrima, vivir su pasión por el teatro o el proceso de creación y escritura y hundirse en su romanticismo e idealismo. Además permite la ilusión de que es capaz de atrapar el tiempo: podemos vivir un flashback emocionante y conmovedor donde vemos la felicidad de los tres hermanos cuando eran jóvenes y con toda la vida por delante. No, no hacen falta otros actores más jóvenes, efectos digitales o de maquillaje…, realmente vemos a los tres actores cuando eran jóvenes y viviendo un momento feliz. Y es que Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin y Gérard Meylan han envejecido en la pantalla. Robert Guédiguian solo tiene que recuperar una secuencia de una de sus películas de los ochenta, Ki lo sa?, donde están los tres… jóvenes y con toda la vida por delante.

Un lugar tranquilo (A Quiet Place, 2018) de John Krasinski

Un lugar tranquilo

Silencio y supervivencia…

El actor John Krasinski crea un fuerte nexo de unión entre sus dos últimos largometrajes como director, Los Hollar y Un lugar tranquilo: y es la unión familiar a pesar de los pesares. La unión familiar cuando es llevada al extremo, bien por una enfermedad, bien por una amenaza exterior. Si en Los Hollar apostaba por la tragicomedia, en Un lugar tranquilo se decanta por la ciencia ficción y el terror. Pero además en esta última cuida la forma, es decir, cuida cómo contar su historia, y descubre a un Krasinski que va creciendo como realizador. No solo eso, sino que convierte un proyecto cinematográfico que podría derivar en los caminos del cine palomitero para consumir y olvidar, en un cuidado ejercicio cinematográfico con una elegancia formal a tener en cuenta y con un empleo de los efectos de sonido especial. Lo convierte en una película con un autor tras la cámara. Con una firma.

Un lugar tranquilo no es solo un cine para disfrutar y pasarlo bien. No solo provoca tensión, angustia y miedo, sino que te hunde en una historia bien contada, en la que si te implicas del todo, y como cuando eras niño te crees todo lo inverosímil y lo incoherente de la trama, disfrutarás de la película hasta al final. John Krasinski no solo cuida el lenguaje cinematográfico, la atmósfera y los efectos de sonido, sino que crea con sus personajes una unidad familiar con la que el espectador empatiza desde la primera secuencia. Así no es solo el carisma de los actores, sino que vives la angustia, los miedos, las culpabilidades y las fortalezas de los personajes que representan. Kransinski se guarda el papel de padre (y protagoniza una de esas secuencias que se quedará grabada en la mente de muchos espectadores porque mezcla lo emotivo con el terror, sufres con lo que vive, con la decisión tomada) y Emily Blunt (su esposa en la vida real) es la madre que regala todo un registro de emociones plasmados en su rostro y en su cuerpo. Pero los dos niños les acompañan bien y logran esa complicidad familiar especial que hace que el espectador se preocupe por la suerte de cada uno de los personajes. La adolescente es la actriz sordomuda Millicent Simmonds (también estupenda en Wonderstruck. El museo de las maravillas de Todd Haynes) y el niño, con una sensibilidad y un miedo que te desarma, es Noah Jupe (un actor infantil con varias películas a sus espaldas). Tanto el padre como la madre se implican exactamente igual en la protección de sus hijos y en sus responsabilidades como progenitores. Y en cuanto a los niños: la niña es el personaje complejo y duro, con dilema moral, rebelde y con ganas de actuar y tomar las riendas. Ella tiene la llave para dar un paso más contra los invasores. Y el niño es el personaje sensible, que trata de comprender a todos, que es el nexo de unión de toda la familia, y que tiene verdadero terror a las criaturas, pero también instinto de supervivencia y el sentido de protección de sus padres.

Un lugar tranquilo conjuga en su interior el cine de ciencia ficción y apocalíptico con las premisas del cine de terror. Nos presenta un mundo invadido por unas horribles criaturas que no ven, pero sí tienen un oído especialmente sensible. Hay una familia superviviente que sabe que deben vivir en silencio para sobrevivir (y seguir unas normas determinadas con el tema de los ruidos). Como la hija mayor es sordomuda, todos conocen la lengua de signos para comunicarse entre ellos. Al principio de la invasión (sabemos muy poco de lo que realmente ha ocurrido), durante los primeros días, sufren un hecho traumático que hiere de distinta manera a cada uno de los componentes de la familia y resquebraja su unidad, pero saben que para su supervivencia deben permanecer juntos y curar las heridas. Su día a día es una tensión continua para sobrevivir. Después del hecho traumático, les recuperamos tiempo más tarde, donde el espectador se da cuenta de que además de los problemas cotidianos, les espera un reto más complejo: la madre está embarazada.

Así uno de los grandes aciertos de Un lugar tranquilo es conseguir un cine de terror con unos personajes con los que el espectador se implica y que generan emociones. Te preocupa su futuro, quieres saber qué les va a pasar, sufres con ellos. Y otro de los aciertos es el cuidado formal de la película como se muestra en la secuencia del baile entre los padres y el juego de sonido con los cascos o las escenas de tensión como el parto de la madre o cuando los niños caen en el maizal o en la dosificación de las apariciones de las criaturas, primero como si fueran presencias amenazadoras hasta que se van convirtiendo en presencias físicas terroríficas. Sí, en todo momento existe esa sensación de cuando el mundo podrá ser un lugar tranquilo para esa familia que solo quiere curar sus heridas…

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