Agáchate, maldito

La complicidad de Juan y John en ¡Agáchate, maldito!

Juan (Rod Steiger) le dice indignado a John (James Coburn): “La revolución, la revolución… Hazme el favor de no hablarme nunca más de revoluciones. Yo sé muy bien cómo es eso y cómo empieza. Llega un tío que sabe leer libros y va donde están los que no saben leer libros, que son los pobres, y les dice: Ha llegado el momento de cambiar todo. Sé muy bien lo que digo, que me he criado en medio de revoluciones. Los que leen libros dicen a los que no saben leer libros, que son los pobres: Aquí hay que hacer un cambio. Y los pobres diablos van y hacen el cambio. Luego los que leen libros se sientan alrededor de una mesa y hablan, hablan y hablan y comen, hablan y comen… y mientras ¿qué fue de los pobres diablos? Todos muertos. Esa es tu revolución. Por favor, no me hables más de revoluciones. ¡Puerca mentira! ¿Sabes qué pasa luego? Nada”. John le ha escuchado atentamente, se queda mirando el libro que está leyendo y lo tira al suelo: El patriotismo de Mijail Bakunin. Esta es una secuencia de ¡Agáchate, maldito! (película que sufrió varios cambios de títulos durante su distribución: Giù la testa, Erase una vez… la revolución, Duck, you sucker, A fistful of dynamite…) que casa perfectamente con la cita de Mao Tse Tung que abre la película: “La revolución no es una cena social, un evento literario, un dibujo o un bordado. No puede hacerse con elegancia y cortesía. La revolución es un acto de violencia” y con la mirada de Sergio Leone, que cuenta para ello con los ojos de sus dos protagonistas. Los dos personajes principales se conocen en plena revolución mexicana y el director se apropia de sus miradas. Juan y John no son héroes, son dos personajes que arrastran sus propias historias personales y se ven envueltos en la revolución. No hay idealización… No son dos héroes, sino más bien antihéroes con sus contradicciones y defectos a cuestas. Sí se muestra la crudeza, la dureza, la violencia, la traición, el sentimiento de culpa, la venganza… Pero también la amistad, el perdón, el compromiso…

Juan es un bandido que se dedica al robo y se acompaña de todos sus hijos varones (en una escena impresionante reconoce que nunca los había contado, pero también que son todo para él… No hay ni rastro de las madres). Es un superviviente y también se sabe un marginado. Así se nos muestra en la primera secuencia que abre la película donde en medio de un desierto hace que le recoja una caravana de lujo donde viajan todos los representantes del poder con todo su desprecio a cuestas. Luego descubrimos que no es un pobre hombre, sino un bandido que no solo les roba, también hace que vivan lo que es ser humillados. Sin ninguna mala conciencia. Ya se la han quitado toda por el camino… Después viene su encuentro con John, que es una especie de forajido en moto con una historia de culpa a sus espaldas. Un dinamitero que viene de Irlanda. En la mirada de John está el desencanto, el nihilismo y la tristeza…, pero pese a que dice que ya solo cree en la dinamita, sigue habiendo escoldos de idealismo y de lucha. Y los dos personajes se retroalimentan: primero parece que van a ser las aventuras de dos ladrones en plena revolución. Pues como le dice John a Juan pueden aprovechar la confusión de la revolución. Pero después John encuentra la posibilidad de calmar su sentimiento de culpa, de perdonar, de entender cosas que pasaron en su pasado, de creer en Juan, de mantener ese escoldo… aunque nunca vencer el desencanto. Y Juan, aunque siempre reniega de la revolución y quiere huir, también es el único de los dos que piensa en un posible futuro juntos, en una esperanza de una vida mejor y a pesar de todo (aunque siga perdiendo una y otra vez), y a su manera, y a través de la mirada de John, en una especie de compromiso.

Como es habitual en las películas de Sergio Leone, su fuerza visual y su barroquismo se envuelve de las notas musicales de Ennio Morricone y logra momentos de emoción e intensidad. ¡Agáchate, maldito! Puede contarse por los primeros planos de sus dos actores principales. Lo que expresan los ojos azules de James Coburn o la forma de su boca y sus dientes. O lo que dice el rostro de Rod Steiger capaz de soltar la carcajada o mantener una lágrima, de mirar desesperado o devolver una mirada pícara. Leone sabe jugar con otros rostros como el del doctor revolucionario, el amigo del pasado de John o el oficial del ejército que les sigue la pista… También puede contarse a través de secuencias maravillosamente resueltas como aquella en la que de repente un cartel de un gobernador corrupto se rasga por los ojos y aparecen otros reales, los de Juan, que es testigo de un fusilamiento. Secuencias como la de la caravana al principio con tensión, fuerza y un juego de montaje donde se intercalan los ojos y bocas de cada uno de los viajantes, con lo que dicen, todo bajo la mirada de Juan… Una secuencia que crea un discurso brutal sobre la opresión. Otra forma de enfocar ¡Agachate, maldito! es desde la mirada de John y la historia que arrastra con su amigo irlandés Sean. Los dos pertenecían al IRA y eran idealistas. La historia de John y Sean se nos cuenta sin diálogos, en cámara lenta y en exactamente cuatro flashbacks (el más impresionante el de la taberna) que son recuerdos de John con los momentos más bellos de la partitura de Morricone y que cuenta una historia cruda: de amor, lucha, compromiso, traición, venganza, culpa y perdón. Una historia que hace entender la manera de ser en todo momento de John.

Y también, como prácticamente todos los proyectos que encabezaba Leone, ¡Agáchate, maldito! tiene historia detrás de su rodaje. En primer lugar Sergio Leone solo quería ser el productor, pero sus problemas con el primer director elegido, Peter Bogdanovich, y el rechazo del segundo, Sam Peckinpah, le hizo tomar finalmente las riendas (además de la petición de los dos actores principales) del proyecto con toda una catarata de problemas. Rod Steiger fue una imposición de estudio, pues él hubiese querido a un habitual de sus películas, Eli Wallach. Aun así tanto Steiger como Coburn logran componer dos personajes complejos y llegar a protagonizar momentos intensos con una química especial como la secuencia del principio del artículo o la que protagonizan juntos en un vagón de tren (cuando tratan de huir y alcanzar su sueño de llegar EEUU) o la última que muestra a los dos juntos en pleno campo de batalla. También parece ser que hubo problemas con la distribución y que no se respetó el montaje, dando la sensación a veces de grandes elipsis que cortan la narración (pero, sin embargo, no resta valor al conjunto y no pierde sentido el relato cinematográfico).

¡Agáchate, maldito! arrastra una especie de leyenda negra que la sitúa como la peor y el mayor fracaso de Sergio Leone. Sin embargo, su visionado muestra que quizá fue la más incomprendida y que contiene toda la singularidad de su manera de contar, de mirar y de narrar. Los ojos de John y Juan arrastran a un torbellino de emociones turbulentas… y a toda una aventura con el desencanto como compañero de andanzas.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.