La casa 322

Dos amantes atrapados en la casa número 322.

Estoy asombrada… Cómo las películas dialogan entre sí o esconden hilos invisibles que van viendo la luz. El otro día me escribía con Bet, del blog La chica del parasol blanco, y le contaba que había visto una nueva película de Barbara Stanwyck y George Sanders que me había gustado mucho, El único testigo (Witness to Murder) de Roy Rowland. Y ella me preguntaba, al enterarse del argumento (una mujer es testigo de un asesinato a través de su ventana), que si haría una buena sesión doble con La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock… y le contesté que sí. Lo que no me esperaba es que al visionar hace poco una película que iba persiguiendo desde hace años: La casa número 322… me iba a dar cuenta de que había descubierto una ¡sesión triple espectacular! ¿Por qué hubo tantas ventanas indiscretas en 1954…, año que además comparten las tres?

La casa número 322 de Richard Quine también está envuelta con los ingredientes del cine negro puro. El protagonista es un policía, en un principio honrado y hombre normal y corriente, con cara de Fred MacMurray… y, de nuevo, como en Perdición, se cruzará con una femme fatale que le conducirá a un destino funesto. Lo único que en aquella MacMurray era un agente de una compañía de seguros que se encontraba con una femme fatale de armas tomar y muy activa en el plan (con rostro de Barbara Stanwyck, aquí la tenemos de nuevo)… Los dos caían conscientemente al abismo. Y en la película de Richard Quine, que esconde en muchas de sus películas un romanticismo trágico, es una femme fatale a su pesar, una superviviente en una sociedad de depredadores. Sí, es la que enciende la mecha, pero como sin darse cuenta, y es una víctima de un mundo masculino que la consume y la arrastra a la deriva. El policía cae en sus brazos… y los dos caen al abismo porque van en busca del dinero. Su falta en el pasado, sus vidas desgraciadas y su instinto de supervivencia hace que lo identifiquen como la única salida para la felicidad en común.

¿Quiénes son los que miran por la ventana esta vez y quiénes los mirados, que en un principio no saben que son vigilados día y noche? Los que miran son dos policías que tratan de detener a un peligroso atracador de bancos y piensan que este puede regresar a la casa de su amante. La pareja de policías son Paul (Fred MacMurray) y Rick, su compañero de andanzas (un atractivo Philip Carey). Hay muchos más policías para cubrir todo el día, pero la historia se centra en ellos dos y en un tercero, un policía a punto de jubilarse y con problemas de alcohol, Paddy (Allen Nourse), que será el vértice de uno de los conflictos de la película. Y las que son miradas, en un principio inconscientemente (una de ellas hasta el final), son dos mujeres: Lona, la femme fatale (una Kim Novak en su primer papel protagonista) y su vecina de al lado, Ann, una enfermera (con el rostro de la veterana Dorothy Malone), que terminará implicada en el caso. La primera conduce a Paul a la perdición. La segunda lleva a Rick de la mano a un futuro posible. A través de lo que ven en las ventanas, los dos van construyendo una historia muy diferente con cada una de ellas.

Richard Quine es un director con un universo peculiar con una galería de comedias exitosas, con un punto de desencanto en el “ideal amoroso” (sería interesante analizar cómo el desencanto se transforma en misoginia o si, en realidad, es la misoginia lo que quiere mostrar y criticar); varios musicales y con unos melodramas de amor trágico tan potentes como El mundo de Suzie Wong o Un extraño en mi vida. El cine negro no sería el género en el que más se prodigaría, pero merece la pena descubrir La casa número 322 que sería preludio de su romanticismo trágico, que convertiría en cinismo en alguna de sus comedias. También es un director que aunque varias de sus películas no sean redondas, sí que logra momentos cinematográficos especiales, una mirada especial y un uso sorprendente en ocasiones del lenguaje cinematográfico y la puesta en escena, como veremos más adelante.

Por otra parte, La casa número 322 es el principio del idilio que mantiene su cámara con el rostro de una actriz, Kim Novak, que llegaría a su punto culminante en Un extraño en mi vida. Una joven Kim Novak crea casi sin quererlo una femme fatale vulnerable, distante y sensual a la vez, que al final asume triste su destino trágico, como si no tuviese otra salida. Y lanza una de las miradas más tristes hacia la imposibilidad de felicidad con el amado… Los dos se miran y él dice una frase demoledora, trágica: “No necesitábamos el dinero, ¿verdad?”. Anteriormente los dos habían tenido una conversación por el tema del dinero, lo que termina arrojándolos al abismo, y ella suelta otra frase memorable: “El dinero no es sucio, lo es la gente”. ¿Y cuál es ese dinero con el que se quieren quedar? Pues el que ha robado el atracador en un banco al principio de la película. Esperan dar un golpe maestro: ella, traicionar a su amante y él, robar el dinero para los dos. Pero el destino negro… no permitirá que nada salga bien. Y el policía Paul irá metiendo la pata una y otra vez, hundiéndose más en el abismo, cometiendo errores irreparables… hasta el peor de los finales.

Y precisamente en el atraco en el arranque del film se ve el dominio de Richard Quine del lenguaje cinematográfico. Logra rodar con toda la tensión posible y sin apenas palabras un atraco que además acaba de manera violenta. Y esto durante los primeros minutos de la película. Después desembocamos en el encuentro en un cine, y después en un parking, entre un hombre y una mujer… y cómo todo termina en una noche apasionada. Para después descubrir que el hombre es un policía (Paul) que en realidad sigue a la chica (que sospechan es la amante del atracador) para poco después vigilarla durante todo el día desde una ventana, pues están seguros de que el atracador contactará con ella. En tres secuencias ha explicado perfectamente el meollo de la historia. Y cómo todo conducirá al abismo al protagonista.

Siempre es interesante cuando mira por los prismáticos Rick, pues vemos cómo vigila a Lona, pero cómo le va interesando más en lo personal la vida de su vecina, Ann. Luego Paul, por otro motivo, tampoco dejará de mirar a la vecina. Lona es una mujer solitaria con todo el tiempo del mundo (y siempre esperando) y Ann es una mujer trabajadora con una activa vida social (tiene amigas, hace fiestas, en su casa siempre está ocupada…). También es interesante el uso del teléfono en la película (¡aquellos tiempos en los que no existía el móvil), un objeto imprescindible para la trama. Cómo también cuida los ambientes: las habitaciones de las chicas, la de los policías, los bares, el garaje… La casa número 322 te va envolviendo en la intriga con momentos de tensión y un ritmo que hace que el espectador no abandone ni un momento la historia.

La casa número 322 pasa a mi lista de películas de cine negro imprescindibles. Ha merecido la pena su búsqueda.

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