La vida lliure (La vida lliure, 2017) de Marc Recha

lavidalliure

El arte de contar historias… Marc Recha necesita pocos ingredientes para construir una película de aventuras. Un rincón hermoso de Menorca, dos niños con imaginación desbordante y mucho tiempo, su rudo tío (un hombre sencillo, de campo, pero con toda la sabiduría rural), la ausencia de la madre (en tierras lejanas), un misterioso barco anclado y sus visitantes, el encuentro de un tesoro… y Rom, un hombre maduro y solitario. La película, como un libro abierto en el que se van pasando las páginas con gozo, nos sitúa en una historia tardía, del pasado, a finales de la Primera Guerra Mundial, y con la virulencia de la gripe española siempre presente. La mirada inocente de unos niños, sus juegos… y un deseo: reunirse con la madre en Argel. Y mientras, el paso del tiempo, el misterio, la vida de los pequeños en compañía de Rom y del tío (como dos extraños antagonistas). Una sinfonía de rostros con historias (desde los niños, Mariona Gomila y Macià Arguimbau, a Sergi López convertido en el orondo Rom, como si fuera un viejo pirata). Sí, puro cine de aventuras sin artificio alguno.

Sin rodeos (Sin rodeos, 2018) de Santiago Segura

Sin rodeos

Al igual que Alex de la Iglesia se parapetó tras una película de encargo y llevó a cabo un remake de una película italiana en Perfectos desconocidos, Santiago Segura realiza una acción similar y realiza el remake de una película chilena en Sin rodeos. Así ambos se separan de sus fórmulas (y sus maneras personales de hacer cine) y dejan meras producciones comerciales que les funcionan en taquilla. Sin rodeos es una versión muy light de Un día de furia de Joel Schumacher y quiere además pintarse de comedia feminista, pero todos los personajes femeninos reflejados no son más que meros clichés, no rompe en ningún momento el estereotipo y queda más bien una película de lo más casposo en ese sentido (en tópicos, desde luego, poco feministas): bromas sobre la regla y la mala leche de la protagonista, la mujer soltera que vive con gato para esconder su frustración de no ser madre, la pija estirada que la debe chupar muy bien, la tía con mala hostia mal follada… Y, no, no vale con que todos los tíos que salen en la pantalla sean una pandilla de impresentables… Película de palomitas, de consumo rápido, de me olvido de ella mañana mismo y me he reído un rato (o también me he puesto de una mala leche impresionante), que únicamente se salva por el elenco femenino, que a pesar de la pobreza de sus personajes, muestran su madera de buenas actrices y logran arrancar la carcajada en alguna que otra ocasión. Además hay sorpresa musical final.

El viaje de sus vidas (The Leisure Seeker, 2017) de Paolo Virzi

El viaje de sus vidas

El italiano Paolo Virzi en su aventura por América se acompaña de dos actores carismáticos a los que no les cuesta nada sumergirse en sus papeles (y creérterlos del todo) además de conseguir una química mágica entre ellos. Tal es así que parece imposible que Donald Sutherland y Helen Mirren no hayan actuado juntos toda la vida (y, sin embargo, solo coincidieron una vez en una desconocida película canadiense en el año 1990, Bethune: La forja de un héroe). De esta manera la pareja de veteranos salva la película y el disfrute está asegurado. Emocionan. Donald y Helen se convierten en una pareja de ancianos ante el último viaje de sus vidas en una vieja caravana (así se titula el original, con el nombre del modelo de la caravana), protagonizando un tragicómica road movie. Y así lloras y ríes con ellos… y descubres sus cuentas pendientes entre fallos de memoria y muchas medicinas. Pero, sí, les sigue quedando claro, entre viejas fotografías proyectadas en una pantalla grande, que les mereció la pena estar juntos… y que su vida baila entre las baladas tristes de Carole King o la voz desgarrada de Janis Joplin y su maravillosa versión de Me & Bobby McGee… Y que se merecen el final que ellos decidan.

El insulto (L’insulte, 2017) de Ziad Doueiri

El insulto

Desde el Libano una historia sobre cómo se puede encender la mecha de la violencia en uno, dos, tres… Y aunque el espectador europeo pueda no conocer del todo los entresijos de la historia libanesa o tan solo la sepa someramente, la película se convierte en una fabula política universal. De un insulto, de un suceso mínimo, en un barrio entre un constructor palestino y un vecino libanés cristiano, se llega a un juicio que se convierte en un fenómeno político y social que desata la violencia en el país…, pero también plantea muchas otras cuestiones (habla del peso del pasado, de memoria histórica, de pueblos que sufren y no dejan de sufrir, de heridas sin curar, de desarraigos, de los peligros de los intereses políticos…). El insulto es de esas películas que generan un buen debate después de su proyección. Está contada con tensión y ritmo y con unos intérpretes con unos rostros con fuerza, que transmiten, una historia que engancha. Una película que bebe también del buen cine de juicios… y que hace que el origen de todo, ese insulto, no sea tan sencillo, además de dejarte en una posición incómoda, porque según avanza la historia te vas poniendo de parte de los dos protagonistas… Y, no, no es cómodo. Ni fácil.

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