Cartago Cinema

Cartago Cinema, una novela con mucho cine en sus venas…

“No hay un The End que te salve a tiempo, que congele tu buena suerte y la conserve impoluta y enlatada en un fotograma proyectado en eterna elipsis, igual que en las películas y los cuentos con final feliz. La diferencia entre el cine y la vida, entre ilusión y realidad, está en que la fantasía siempre ha tenido mejores guionistas, escritores que han aprendido que tanto o más importante que saber contar es conocer el secreto de cuándo deben dejar de hacerlo”… Estas son las primeras líneas de Cartago Cinema, la novela de Alfredo Moreno Agudo, y ya encierran las claves para atraparte irremediablemente entre sus páginas. Una novela de cine dentro del cine… desde su primera palabra hasta el colofón final. Y es que Cartago Cinema encierra metros y metros y metros de celuloide en blanco y negro, una novela que parece fruto todavía de una era analógica… Y precisamente ser de la era analógica crea uno de sus efectos más interesantes, y que la convierte en eterna, pues pese a que hay saltos en el tiempo, la novela arranca en pleno siglo XXI, pero, sin embargo, el lector parece que navega entre unos personajes que, como los héroes de Nicholas Ray, no encuentran su sitio en el presente que les ha tocado vivir… Son rebeldes anacrónicos que se convierten en los últimos románticos y que prefieren ver la vida como se la devolvían los viejos fotogramas del Hollywood dorado.

Así desde el narrador (Elliott Gray, guionista…, no podía ser de otra manera) como otros personajes como Ferris Ballard, un director que surgió de la cantera del Nuevo Hollywood; Bufford Sheldrake, el productor de Gold Masks (que aún actúa como los productores de aquel viejo Hollywood del sistema de estudios); o Martina Bearn, una bella mujer con mucho pasado y misterio sobre sus espaldas… son como fantasmas proyectados en un mundo que no les satisface y se rigen por los dictados de un buen guion cinematográfico del Hollywood clásico y se mueven al son de la cámara elegante de un realizador de la vieja escuela. Y como fantasmas presentes no es de extrañar que interactúen con fantasmas pasados. En el universo de Cartago Cinema es posible. De este modo Alfredo Moreno cuida la puesta en escena de sus personajes y busca los sitios adecuados donde puedan moverse (como cuida también el empleo de un vocabulario rico o la construcción de una frase o la propia estructura de la novela): una mansión a veinte kilómetros al sur de París, Dolignac, “que aunaba el universo de ensueño de los cuentos de hadas con un versallesco mundo de despilfarro, hipocresía y depravación”, o Sabina de San Jorge, “algo había que insistía en emparentarla con un cementerio”, una localidad también con un soplo de irrealidad o de realismo mágico, que convierte Zaragoza en un buen plató cinematográfico. Y allí mismo, en ese pueblo fantasma se ubica un escenario clave: un autocine. No falta el nombre de otros lugares, como la frontera… o ese México que sueñan en alcanzar muchos personajes cinematográficos que quieren otra vida o huir de su presente.

Sí, porque en Cartago Cinema… sus personajes pueden ser esos fantasmas proyectados o personajes cinematográficos que salen de la pantalla y viven en un mundo real. Personajes cinematográficos que viven en un mundo real…, pero retocan sus vidas como si fueran géneros cinematográficos. De esta manera el narrador, aquejado de acromatopsia, ve la vida en blanco y negro…, y no solo eso, aun en el siglo XXI se mueve como un extraño en un mundo digitalizado y para enfrentarse a su propia historia y a ese universo del que cada vez se siente más fuera, esgrime una única filosofía: el humor de Groucho Marx. Esto le hace parecer en cada una de sus páginas un ente no solo de otro planeta y otro mundo, sino un personaje incómodo e inconformista que se revela como un romántico desencantado que trata de que no se le note. Si a veces puede ser un personaje fatalista de cine negro, de pronto, convierte un momento tenso en absurdo… para siempre parecer fuera de lugar. O ese director del Nuevo Hollywood que inexplicablemente dejó su carrera de gloria para encerrarse en la vieja Europa con una dama de la alta sociedad de rancio abolengo… y que de pronto surge a los ojos de Martina Bearn como un héroe del Oeste o como un Gran Gatsby en su torre de marfil con un físico que recuerda a Lee Marvin. O la misma Martina Bearn personaje secundario que se convierte en crucial, pues cambia la vida de cada uno de los hombres con los que se cruza. Dama de cine negro por excelencia que arrastra el fatalismo en su mirada y en su cuerpo. O el fiel amigo, Monty Grahame, ese personaje fundamental en tantas novelas o películas, que conoce mejor que nadie lo que ocurre, que se convierte en el observador de la verdad.

Sumergirse en Cartago Cinema es sentarse en un autocine y dejarse atrapar por las imágenes de una pantalla grande. Cada nombre de un personaje, cada página-secuencia, cada título de capítulo, cada cita… va emborrachando al lector de referencias cinematográficas: películas, personajes, actores, historia del cine, novelas sobre cine…, todo tiene un porqué. Pero también en la forma de escribirla. Hay saltos en el tiempo, flashbacks, y varios momentos que el lector siente que los está viendo proyectados en una pantalla: puede ser la primera aparición de un personaje, como la de Ferris Ballard; o la ilusión de “sentir” esos metros de celuloide de la última obra de Ballard, inacabada y aparentemente incomprensible…, al proporcionarnos esa ilusión en forma de guion detallado; o no querer dejar de mirar esa escena romántica (pero sin almíbar, por supuesto) de un hombre y una mujer metidos en un coche, en un autocine vacío, viendo una película de los hermanos Marx.

Pero Cartago Cinema es más compleja si cabe porque, sí, sus personajes se mueven en una enorme película en blanco y negro que se convierte en eterna y habitan en un mundo real en el que se sienten fantasmas… Un mundo real que miran e interpretan, como lo hace el cine. Lo atrapan. Y entonces surge la historia oculta, escondida, la imagen perdida…, porque el cine al final lo refleja todo, y no se deja punto de vista sin tocar. Y la Historia con mayúscula queda atrapada en secuencias de celuloide. Así, de pronto, se van desvelando los enigmas de un misterio que tienen que ver con una memoria histórica que sigue enterrada en pleno siglo XXI. Victimas que siguen sin voz. Heridas mal cerradas. Y voces acalladas o silenciadas, cuando se trata de remover la tierra. Todavía existen los viejos poderes ocultos que no desaparecen, que siguen tejiendo y controlando.

Todo arranca con un guionista que nos cuenta que su historia empieza por el final… cuando un teléfono suena y Martina Bearn “supo de inmediato que al descolgar iban a comunicarle que Ferris Ballard había muerto”. Y a partir de ahí una road movie, un spaghetti western con una vieja estrella norteamericana, una película dentro de otra película tipo Crepúsculo de los dioses o Cautivos del mal, una vieja comedia de los hermanos Marx, una de cine negro… con toques de serie B, una historia de romanticismo exacerbado, una película con personaje ausente (pero siempre presente) o película con fantasmas en pueblo cementerio, un guion inacabado o una película en busca de un final… y el fantasma de Luis Buñuel queriendo leer su periódico.

PD: Cartago Cinema es la primera novela de Alfredo Moreno que es el autor del imprescindible blog 39 escalones y muchos de vosotros no solo le conoceréis por su bitácora, sino porque también deja jugosos comentarios por estos lares. Admiro y me deleita el amor no solo hacia el cine que se respira en las páginas de sus ensayos, de sus posts y ahora de su novela, sino también la pasión hacia su tierra, Zaragoza. Ahora, solo me queda dirigirme a él en primera persona: Después de leerte también en ficción, Alfredo, solo me queda decirte: ¡¡¡¡Más maderaaa!!!! No dejes de escribir, por favor.

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