El hilo invisible

El creador y la musa… y el vínculo de un hilo invisible

Paul Thomas Anderson no esconde que el personaje principal de El hilo invisible, Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis), está inspirado en Cristóbal Balenciaga y este tenía muy claro lo que era su profesión: “Un buen modisto debe ser arquitecto para la forma, pintor para el color, músico para la armonía y filósofo para la medida”. Y así actúa Reynolds Woodcock…, pero también Paul Thomas Anderson a la hora de construir esta película. Así Woodcock en su primer acercamiento a su musa Alma (Vicky Krieps) la convertirá en instrumento de su arte. No habrá un beso ni sexo, sino que lo que hará el modisto será probarle el esqueleto de una de sus creaciones y, después, minuciosamente tomar las medidas de su cuerpo. Ahí se siente seguro, ahí domina la situación. Los hilos invisibles van haciendo acto de presencia. Y Paul Thomas Anderson modela, con elegancia y mucho humor negro, una enfermiza historia de amor o dominación. Viaja y se hunde en los vericuetos caminos del amor oscuro. El poder destructivo del amor o el amor como perdición o los peculiares caminos para encontrar el equilibrio. Y va cosiendo esos hilos invisibles para otra película de análisis apasionante.

Y es que este director californiano deja hilos invisibles, fantasmagóricos, que como los detalles que oculta su personaje bajo las costuras de sus creaciones permiten ir desgranando sus claves y secretos. Uno de los hilos más apasionantes es descubrir que Balenciaga trabajó en el mundo del cine, y uno de los directores que requirió su trabajo fue otro experto en reflejar la parte oscura del amor o su poder destructivo, el maestro del suspense, Alfred Hitchcock. Y ni más ni menos que para vestir a Eve Marie Saint en Con la muerte en los talones. Así la sombra (y el sentido del humor) de Hitchcock es alargada en esta película. No solo por la fuerza que adquiere un personaje ausente (esa madre que todo lo domina), sino por el tipo de relación que se establece entre creador y musa, musa y creador…, donde los roles se van dando la vuelta y donde lo que era del derecho es al revés y viceversa… o puede que no. Si seguimos tirando del hilo hitchcockiano, entre la musa y el creador hay un personaje fuerte apasionante, guardiana y protectora del genio creador: la hermana de este, Cyril (Lesley Manville). Mujer de fuerte personalidad, vigilante y siempre presente, como una señora Danvers en Rebeca o una de esas mujeres hitchcockianas tipo la madre de Sebastian en Encadenados.

El Hilo invisible

La guardiana… y el ejército de costureras

Curiosamente esa relación entre musa y creador también esconde uno de los temas principales del cine de Paul Thomas Anderson y es la lucha de poder entre sus dos personajes principales… con un tercero en las sombras. Todas sus películas hablan de relaciones y poder (y suelen surgir tríos apasionantes). El director californiano deja su peculiar visión de la historia de EEUU en distintas décadas que conforma su filmografía, para irse a los años cincuenta en Europa. Una Europa elegante y decadente, que oculta los estragos de una guerra, las miserias… y otros cambios sociales en un juego frío de protocolo y educación, un mundo artificial con máscaras. Y el anfitrión que pone vestidos sofisticados con obsesiva dedicación, con sus ceremonias y rituales, con sus manías y detalles, con todo un ejército de costureras profesionales, y una hermana que se ocupa de mantener el equilibrio y que no se salga de su senda, es Reynolds Woodcock. Encerrado y encadenado en su propio oficio, sin saberse mover fuera de su universo. Y a ese palacio de elegancia, perfeccionismo y trabajo constante entra una natural Alma, una musa con cara de ángel, para revolucionar y cuestionar todo su ordenado mundo. Un enfrentamiento de miradas…, un juego de seducción. Nunca mejor puesto el nombre de la musa, que sabe poco a poco leer el alma de su creador hasta conseguir un extraño equilibrio.

Y como siempre Paul Thomas Anderson deja no solo una cuidada puesta en escena y una manera especial de rodar su historia, sino que se complementa con una banda sonora que viste el alma de la película, y junto a la composición original de Jonny Greenwood, se enredan hilos de música clásica y otros tipos de melodías de los años cincuenta para envolver El hilo invisible en un tapiz hermoso y enfermizo a la vez. La cámara viaja por los vestidos… o por el proceso de creación con ese ejército de costureras que día a día suben y bajan las escaleras del mausoleo-refugio del protagonista. Guardianas del trabajo perfecto. También son impagables los momentos del desayuno… y todo el arsenal de sonidos. El desayuno para darnos la pista de cómo evoluciona una relación. No hay secuencia que no logre que se quede grabada alguna imagen en la retina. Ni enfrentamiento verbal de dos en dos o con tres en escena que no dé una puntilla especial… Incluso no falta una imagen fantasmagórica. Todos los hilos buscan un sentido…, porque Paul Thomas Anderson esconde cosas en los pliegues de sus fotogramas, secretos… que pueden ser desvelados con sumo cuidado y delicadeza. Y eso es un placer… lograr tirar del hilo invisible y descubrir.

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