Les girls

Kay Kendall, todo un divertido descubrimiento en Les girls

Sí, confieso. Me he pegado últimamente un atracón de cine clásico. Y no puedo más que regocijarme de gozo. Así que he decidido emprender un viaje y compartir los secretos, las pinceladas y la algarabía por los momentos descubiertos. Diez van a ser las paradas.

Primera parada. El autoestopista (The Hitch-Hiker, 1953) de Ida Lupino

Puro cine negro de serie B, Ida Lupino se convierte en una realizadora que imprime carácter y ritmo a la película. Una road movie que atrapa y que no deja respiro al espectador. Así la actriz-directora deja un retrato inquietante de un asesino, pero también descubre su vulnerabilidad y puntos débiles. Aunque este personaje no dejará ni un momento de paz para los dos amigos a los que secuestra. El fin de semana de diversión y fuga se convierte en una pesadilla. Y los tres van arrastrando una relación cada vez más insana y violenta. No falta el actor fetiche de Lupino, Edmond O’Brien.

Segunda parada. Las Girls (Les Girls, 1957) de George Cukor

Las Girls es un musical de Cukor gozoso por varios motivos. Primero su forma de contar una historia. Una misma historia desde tres puntos de vista diferentes. Algo así como un Rashomon musical y frívolo. Y segundo por reconocer el brillo de una bella comediante que se fue demasiado pronto: Kay Kendall. Sus momentos etílicos son de lo mejor de la función. Por otra parte, un París bohemio de decorado en el que dan ganas vivir un rato.

Tercera parada. Mandy (Mandy, 1952) de Alexander Mackendrick

Mandy

Mandy, aprender a comunicarse

Mackendrick es uno de los directores que supo plasmar de manera especial la infancia. Y que sabía que era un periodo que no tenía por qué ser fácil, sino un tiempo rodeado de miedos, misterios, turbaciones, dudas y oscuridades… Así es su protagonista, Mandy, una niña sordomuda y aislada, a la que termina haciendo daño el sobreprotector amor de su familia. Será su madre la que trate de romper la barrera y hacer que Mandy adquiera las herramientas necesarias para enfrentarse al mundo. Mackendrick es sensible, pero no cae en ningún momento en la sensiblería. Además realiza un maravilloso juego formal de imagen y sonido para darnos a conocer la soledad en la que vive la niña y su angustia por no poder romper las paredes de la incomunicación.

Cuarta parada. Rojo atardecer (The journey, 1959) de Anatole Litvak

No hay duda de que hay parejas con química y glamour. Y una de ellas es la formada por Yul Brynner y Deborah Kerr. En Rojo atardecer, Litvak les hace protagonizar una historia de amor imposible en plena revolución húngara de 1956. Él, es un militar ruso; ella, toda una dama británica. Aunque lo que nos cuenta, en realidad, es la historia de una dama atrapada entre dos hombres: cada uno en un lado diferente. Uno, ruso; el otro un héroe herido de la revolución (el buen debut en el cine de Jason Robards). Los dos hombres cansados, sensibles y enamorados. Y Litvak creando una atmósfera perturbadoramente romántica, una de las señas de su obra.

Quinta parada. Out of the fog (Out of the fog, 1941) de Anatole Litvak

Y, de nuevo, Litvak nos deja una historia entre brumas donde se enfrentan la buena y la mala gente. Una especie de fábula. En un puerto de Brooklyn, dos amigos pescadores son extorsionados por un joven gánster. Pero el destino quiere que este hombre fatal se enamore de la hija de uno de los pescadores, y que esta, en su ansia de huir de la rutina y de un mundo que le parece gris, quiera volar junto a él. Todo se va complicando hasta llegar a un final inesperado. Esta curiosa y extraña película de Litvak no solo consigue una ambientación especial en ese Brooklyn humilde, sino que encandila con la interpretación de los cuatro protagonistas: los dos amigos, con unos secundarios de oro (Thomas Mitchel y John Qualem), y una pareja protagonista de lujo (Ida Lupino y John Garfield)

Sexta parada. Baby face (Baby face, 1933) de Alfred E. Green

Baby Face

Carita de ángel… bajo el influjo de Nietzsche.

Joya del cine precode, con una magnífica Barbara Stanwyck, que narra cómo una humilde joven, con una vida dura, va escalando puestos de trabajo, riqueza y poder en una importante empresa explotando su atractivo senxual y haciendo enloquecer de pasión a los hombres que la rodean. Los utiliza para sus propósitos, para escalar y lograr un estatus social. ¡Curiosamente todo empieza en la mugrienta taberna ilegal que regenta su padre y con un cliente anciano que la instiga a que lea y siga los consejos del filósofo Nietzsche! Pero además Alfred E. Green crea buenísimas elipsis cinematográficas para ir contando el ascenso de la joven en el rascacielos donde trabaja, además de no evitar momentos de explícita violencia y sexualidad.

Séptima parada. Tres chicas con suerte (Give a girl a break, 1953) de Stanley Donen

Solo por el baile en una azotea de Nueva York de una de las parejas en la película (y en la vida real), Marge Champion y Gower Champion, merece la pena inmiscuirse en este sencillo y efectivo musical. El argumento no tiene secretos: hay que encontrar una bailarina principal para un espectáculo en Broadway… y todo queda entre tres candidatas. Tampoco hay que perderse el baile en un parque con estanque, con sus pasos de claqué, entre otra pareja mítica: una de las musas del cine musical, Debbie Reynolds, y el coreógrafo y futuro director, Bob Fosse. Y siempre la elegancia de Donen…

Octava parada. Senda prohibida (Johnny Eager, 1942) de Mervyn LeRoy

Dos bellos, Lana Turner y Robert Taylor, en un senda prohibida...

Dos bellos, Lana Turner y Robert Taylor, en una senda prohibida…

Mervyn LeRoy deja cine negro del bueno, con un gánster de los duros, y parece que sin corazón, Johnny Eager, que lleva una doble vida para evitar la cárcel. Por un lado, es una taxista humilde y por otro es jefe, dueño y señor del juego ilegal. Pero ese frío Eager, que nunca tuvo un perro ni se fía de nadie, deja rendijas en su apariencia de tío duro… ante la presencia de un viejo galgo, en la forma de relacionarse con su amigo de confianza y alcohólico y el amor que siente por una buena chica, hija del fiscal que le puede condenar para siempre. LeRoy se muestra, como es habitual en su filmografía, como un excelente contador de historias, y aquí va una de redención. Además no está de más disfrutar de dos bellos de los años cuarenta: Robert Taylor y Lana Turner. Pero la gran sorpresa de la película es Van Heflin como amigo alcoholizado.

Novena parada. La gran pasión (I’ve always loved you, 1946) de Frank Borzage

Si hay un director capaz de trascender y sublimar el amor es sin duda Fran Borzage. Y en La gran pasión vuelve a hacerlo con un melodrama contenido y extraño sobre un pianista de éxito que se convierte en maestro de una joven. Los dos arrebatados por su pasión por la música clásica y sus ansias de mejorar son incapaces de canalizar el amor y la admiración que se sienten. Finalmente quedarán enfrentados en un concierto que supondrá su definitiva ruptura… aunque siempre sentirán una comunión especial y se encontrarán atados por un hilo invisible que surge de las notas que dejan escapar las teclas de sus pianos. Ambos cambiarán a partir de ese momento sus vidas y su relación con la música… hasta que se produce un tardío encuentro, propiciado por el enamorado marido de la protagonista. Esta extraña y romántica película sublima el amor y la pasión además de ser una bella explosión de color y notas musicales.

Décima parada. El mayor espectáculo del circo (The greatest show on earth, 1952) de Cecil B. DeMille

Entre el documental y la ficción, DeMille ofrece la dura, pero también apasionante vida de un monumental circo ambulante (el mítico Ringling Brothers and Barnum & Bailey Circus). Así entre espectaculares números circenses, nos cuenta también las vicisitudes y relaciones entre los artistas y trabajadores del circo. Volviéndola a ver, me atrapa de nuevo la historia de ese pasayo, Botones, que no se desmaquilla nunca porque guarda un secreto que le persigue y atormenta. Botones es James Stewart. Y tampoco desmerece esa historia entre el jefe incansable y la trapecista soñadora con una buena química entre Charlton Heston y Betty Hutton. DeMille levanta otra de sus monumentales películas y se muestra, de nuevo, como rey del concepto de cine como espectáculo.

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