El gran showman (The Greatest Showman, 2017) de Michael Gracey

El gran showman

… un mundo para crear

Michael Gracey toma uno de los versos de la canción A million dreams: “… Un millón de sueños para el mundo que vamos a crear” para construir el biopic musical de P. T. Barnum, un hombre que creó el concepto del mayor espectáculo del mundo con sus museos estrafalarios, con sus freak shows y que terminó encontrando la fórmula del gigantesco circo ambulante para seguir en el mundo del éxito y la farándula… También intentó alcanzar el prestigio artístico y tuvo tiempo para que la cantante de ópera sueca Jenny Lind hiciera una gira triunfal por EEUU. P. T. Barnum con luces y muchas sombras se convierte en un personaje de cuento de finales de siglo del XIX, un hombre avanzado a su tiempo que no desentona en el siglo XXI. El P. T. Barnum, con el rostro de un brillante Hugh Jackman, de El gran showman protagoniza un musical de explosiva vitalidad y belleza, con todo su barroquismo y artificio.

Así el debutante Gracey toma las riendas del espectáculo debe continuar y pone en pie una explosión de colores y notas musicales que levantan una historia de un hombre que sueña y va a por sus sueños cueste lo que cueste… Un hombre que aspira a crear un espectáculo para todos los públicos, aunque en el camino encuentre dificultades que, a veces, parecen insalvables. Y en ese mundo que crea, se rodea de distintos personajes que enriquecen su universo y aportan miradas y matices. El P.T. Barnum de ficción arrastra una sombra a lo largo de su vida y es sentirse de una clase social inferior, fuera de lugar…, sobre todo por el rechazo que sufre de la rica y burguesa familia de su amada (la cual le ha demostrado repetidamente que a ella lo único que le importa es que estén juntos y el mundo que creen ellos dos). Así todos los errores que arrastra es por querer ser aceptado por todas las clases sociales y que todos reconozcan su espectáculo.

Ese sentirse fuera, marginado, le hace fijarse en aquellos que todavía son más rechazados que él. Es decir, aquellos que no solo arrastran la diferencia por clase social, sino que son ocultados o que avergüenzan a sus familias por alguna evidente anomalía física o que forman parte de un minoría social que es sistemáticamente rechazada. Y se da cuenta de que son rechazados, pero a la vez despiertan la curiosidad de aquellos que no quieren saber nada de ellos. De esta manera, ante la fascinación que produce lo extraño y lo diferente…, va reclutando a distintos artistas con peculiaridades para crear un famoso freak show. En dos secuencias, tanto con el enano como con la mujer barbuda, el Barnum de ficción pone el dedo en la llaga y les dice que por qué no explotar el que se rían o que los miren sin parar, por qué no ganarse la vida con lo que les acompleja, por qué seguir ocultos… Y aviva así el debate que siempre arrastró este tipo de espectáculos, tan populares en el XIX y principios del XX. En El gran showman los freaks de Barnum crean una especie de familia integradora y reivindicativa, que sufre, entre otras cosas, el propio rechazo de Barnum, cuando este intenta ser aceptado por las clases altas al promocionar la gira de una prestigiosa cantante de ópera.

El gran showman I

… encuentro y el tiempo se para

Michael Gracey crea un musical que invita a soñar. Es puro espectáculo, no engaña. A Barnum le acompañan su esposa (Michelle Williams) y sus dos hijas; la compañía freak con el enano, la mujer barbuda, los hombres tatuados, el abino, los trapecistas negros…; el socio que viene del mundo del teatro y de la alta sociedad (Zack Efron), pero que decide volar libre; el crítico que abomina de su arte, pero que intuye que hay algo dentro de las ideas de Barnum; la cantante de ópera sofisticada que esconde un alma marginada… Y además narra perfectamente la historia, encajando cada número musical en el sitio adecuado y enriqueciendo los matices. En una pista de circo donde un maestro de ceremonias entregado invita a un espectáculo, y suenan los pies de los bailarines en las gradas… con un ritmo (con un latir determinado), de repente se descubre su soledad… y retrocede al principio de los tiempos, a su infancia, para contar su historia. Vuelve a sus raíces, al nacimiento de su amor, de su vocación de ilusionar, al ansia de querer salir de la nada, a ser aceptado, a crear un mundo a su medida… En azoteas, entre sábanas blancas, donde es capaz de armar un mundo de sombras mágico con una linterna ante los ojos de su familia. Fracaso y éxito, luces y sombras, errores y enmiendas… Y más amor no solo el que él profesa a su esposa, aunque en el camino se cruza una mujer que ha luchado también por no ser rechazada, la cantante de ópera Jenny Lind (Rebecca Ferguson), sino el de su joven socio con la trapecista (Zendaya) que cuando la ve el tiempo se para… y que tratan de superar todas las barreras sociales.

Y desear bailar, subirse a las cuerdas para volar, rodear corriendo sábanas blancas en azoteas, brillar en un escenario… y no dejar de cantar. Y este es otro de los alicientes de El gran showman disfrutar con las letras de las canciones de Benj Pasek y Justin Paul, que también están detrás de las de La la land. Así nos quedamos en silencio cuando Lind interpreta en el escenario Never enough o seguimos el rastro de una canción que la mujer barbuda canta con fuerza, This is me, pues exige el derecho a ser diferente: “y no me disculparé, así soy” o “no voy a dejar que me destrocen”.

Con El gran showman, prepárense en sus butacas, empieza el espectáculo…

Wonderstruck. El museo de las maravillas (Wonderstruck, 2017) de Todd Haynes

El museo de las maravillas

Rose… y su mirada

Si algo define el cine de Todd Haynes es su sensibilidad especial y el cuidado en cómo cuenta sus historias. Y estas dos máximas están presentes en una película bella y delicada como Wonderstruck, que adapta el libro Maravillas de Brian Selznick, creador también de La invención de Hugo Cabret (que adaptó Martin Scorsese). Aparentemente, narra dos historias diferentes: las peripecias de dos niños, que viven en distintas épocas. Pero que poco a poco vemos que no es más que un puzle donde todas las piezas encajan y se cruzan. Por un lado está Ben y por otra, Rose. Él vive en 1977 y ella en 1927… y ambos terminan en Nueva York. Los dos realizan una búsqueda. Los dos arrastran problemas auditivos. Los dos buscan un lugar en el mundo… Los dos son niños que mantienen la mirada intacta y que se asombran todavía ante las maravillas que puede esconder un museo, las láminas de un libro, un diorama o una pantalla de cine…

Ben no deja de mirar una lámina con un mensaje mecanografiado: “Todos estamos en el fango, pero algunos miramos a las estrellas”. Y es lo que permite que hagamos Todd Haynes, que nos dejemos arrastrar por lo que cuenta, y por cómo lo cuenta, y alcancemos a mirar las estrellas. Entre los recuerdos de Ben, y lo que activa su particular búsqueda, es uno de su madre (Michelle Williams), bibliotecaria, escuchando triste y solitaria Space Oddity, de David Bowie. A partir de ahí, un libro sobre gabinetes de maravillas, el germen de los museos que albergan mundos fantásticos donde dejar volar la imaginación, le dará una pista que seguir. Y un accidente con un rayo… encerrará a Ben en su particular odisea espacial, pero no impedirá su búsqueda incesante. Por otro lado, Rose, sorda de nacimiento, también tiene su universo propio y un recorte de periódico será el detonante de su búsqueda. Ella es feliz en las salas de cine mudo, un cine que está destinado a desaparecer… Los dos niños en el fango, pero dispuestos a alcanzar las estrellas. Y en el camino encontrarán dificultades, rechazo, pero también manos amigas, como un niño que da una importancia inmensa a la amistad o un hermano que da la mano. Y ambos entrarán en el Museo de Historia Natural de Nueva York.

El museo de las maravillas I

Ben… y su amigo

Todd Haynes va construyendo la odisea espacial de ambos niños hasta hacer volar al espectador a la maravillosa maqueta de la ciudad en el museo de Queens, donde se culmina de manera emocionante esta historia a través de puro cine de animación artesanal. Y es que Wonderstruck es un bello cuento sobre la infancia, que no es fácil, pero esconde una mirada emocionante hacia el mundo, donde la fantasía ayuda a sobrevivir. Si Brian Selznick narra la historia de Ben como una novela y la de Rose solo con ilustraciones, Haynes ofrece su propia mirada de ambas historias y narra la historia de Ben como puro cine de los setenta, con su estética en el ritmo, en la ambientación y el color; y la de Rose, como una película de cine mudo. Todd Haynes nos hace tocar las estrellas en un mundo analógico y artesanal, donde la fantasía se dispara en todas las direcciones, donde los libros y los gabinetes de maravillas, donde los dioramas y las maquetas, junto a los discos de vinilo y los cuadernos de notas construyen un hermoso universo.

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