Muchos hijos, un mono y un castillo (2017) de Gustavo Salmerón

Muchos hijos, un mono y un castillo

Julita, dama del screwball comedy en Muchos hijos, un mono y un castillo

Todas las familias tienen sus peculiaridades, y cada familia es especial a su manera. Si no que se lo pregunten a Gustavo Salmerón que, cámara en mano y con mucho mimo, durante catorce años ha filmado a la suya además de recopilar imágenes de archivo y montar un documental. Así nace Muchos hijos, un mono y un castillo con las luces y sombras de su familia, pero de tal forma que siempre termina provocando la risa o la sonrisa. La cámara se convierte en su herramienta de expresión para realizar una personal biografía de sus padres, hermanos y él mismo. Su familia numerosa (son seis hermanos) gira alrededor de la matriarca, Julita, que con su facilidad de palabra, sus sueños, las vértebras de su abuela y su marcado sentido del humor articula la historia de esta familia peculiar.

Ya lo dice uno de los hermanos…, su familia vive en el caos y llevan una existencia caótica, pero siempre unidos. Y ese caos lo sustenta su madre y su filosofía de vida que como si fuera una vieja dama octogenaria del screwball comedy, con gotas de esa otra generación del 27, arrastra a todos los miembros a una especie de peculiaridad continúa a lo Vive como quieras de Frank Capra (y esa inolvidable familia que son los Sycamore).

Así Julita delante de un vaso de leche y galletas, comiendo con un placer y un deleite sin igual, explica sus sueños y cómo se han ido cumpliendo…, pero también viviremos cómo ella y su familia han ido sorteando las sombras que han hecho, a veces, saltar por los aires sus deseos. Y esos sueños que han ido “escribiendo” su vida han sido: tener muchos hijos, contar con un mono en la familia… y habitar en un castillo…

En Muchos hijos, un mono y un castillo acompañamos a la familia Salmerón a través de las décadas bajo la batuta y la forma de contar su historia de la matriarca, y las risas están aseguradas. Julita habla de todo: de religión, política, historia, de la crisis económica… y, muy especialmente, de la muerte. Cada objeto, (pues es una guardiana de los objetos de su vida, nada se tira… Los Salmerón guardan y guardan y guardan…) esconde una historia o una anécdota que contar. Y hasta de las desgracias o de la muerte cercana…, Julita logra extraer el humor, la broma o las fuerzas para seguir adelante. Así detrás de toda una estrella (Julita desarma con su naturalidad y verdad), los secundarios se lucen: su sufrido, maravilloso y silencioso marido y cada uno de los hermanos, incluido Gustavo (que tiene una química y complicidad con su madre muy especial)… así como una hilera de animales domésticos (el mono, el cerdito, el pavo real, las gallinejas…). La matriarca les hace vivir a todos en una Navidad perpetua, y nunca se desprende de su viejo walkman con cintas de villancicos populares… y que no falte un belén.

Una nota especial

El documental lo estrenan el día 15 de diciembre y lo recomiendo con fervor. Yo tuve oportunidad de verlo en un acto especial: durante la entrega de II Premio de Relato Breve La Gran Ilusión en los cine Princesa. Aquí servidora quedó finalista con un cuento titulado Maxine. Me dejé llevar por mi amor hacia el cine clásico (no podía ser de otra manera) y recreé una anécdota que adoro de Ava Gardner en Madrid. Una anécdota que me ha perseguido siempre en artículos, libros y documentales. Y es cuando Ava paró a un camión de la basura una noche para que la llevase a su casa. Yo siempre me quedaba pensando en los trabajadores del camión, cómo lo vivieron ellos. Me resultaba un momento fascinante y literario, que encerraba un cuento breve… y dejé volar la pluma. Esa anécdota tal y como ocurrió (o mejor dicho como la recuerda un amigo de Ava, el pianista Paco Miranda) puede encontrarse, por ejemplo, en un maravilloso libro que recomiendo siempre su lectura, Beberse la vida. Ava Gardner en España de Marcos Ordóñez.

Coco (Coco, 2017) de Lee Unkrich, Adrián Molina

Coco

Miguel y su bisabuela Coco

Si me dijeran que describiera México, lo primero que me vendría a la cabeza sería el día de muertos. Mi primera visita a México hace más de diez años fue justamente en esta festividad… y quedé para siempre cautiva por el color de la flor de cempasúchil, las catrinas, los dulces, los tamales, los altarcillos (verdaderos alardes de no olvido), los cementerios de colores, la música continua, las representaciones de colores de los papeles picados y los alebrijes… Y Coco, la nueva película de animación de Pixar, lleva México en la venas. Un amor y un conocimiento de un país que logra provocar emoción y lágrima.

Así Coco habla de la ausencia, de la muerte, del olvido…, de los sueños y las pasiones, de los sacrificios, de la huella que puede dejar una buena canción, del arte… a través de un niño, Miguel, que quiere ser cantante, y trata de alcanzar su meta justo el día de muertos en un evento muy especial. Pero no lo tiene fácil: el marido de su tatarabuela dejó a su familia por alcanzar un sueño, ser cantante, y nunca regresó. La tatarabuela logró sacar a todos adelante a través de los zapatos… e hizo que todos enterraran el amor y la pasión hacia la música. La historia de los tatarabuelos se cuenta de manera brillante a través de papeles picados…, ya empieza el alarde de la animación.

De hecho en el altarcillo familiar donde todos los miembros de la familia son recordados con sus respectivas fotografías…, tienen la foto de la tatarabuela con su tatarabuelo… pero esta parte de la imagen rota… A él no quieren recordarlo. Miguel no puede evitar luchar en secreto por su pasión y además tiene su propio altarcillo con el cantante que más admira, del que ve una y otra vez sus películas, Ernesto de la Cruz. Sobre todo se emociona con su canción más famosa, “Recuérdame”. Otra de sus debilidades es su bisabuela Coco, una mujer ya muy anciana sin apenas memoria, pero que él adora.

Por un acto de Miguel esa noche especial, visita el país de los muertos donde se reencuentra con sus antepasados y donde tiene la posibilidad de encontrarse con Ernesto, su ídolo. Sus guías serán Héctor, un muerto que trata de no caer en olvido, y un perro callejero, Dante. Así Coco logra aunar las peculiaridades y la magia de un mundo de muertos muy especial, lleno de luz y colores, con trazos de Frida Khalo, con la tradición de la edad de oro del cine mexicano y aquellos cantantes actores a lo Pedro Infante y Jorge Negrete… en una historia con una sensibilidad especial donde calan cada una de las canciones. Dos de ellas con un significado dentro de la historia, precisamente “Recuérdame”… y una “Llorona” con inspiración de fondo de la voz desgarrada de Chavela Vargas. Porque además Coco narra muy bien este cuento mexicano y realiza giros de argumento que enriquecen la película hasta llevarla a un clímax final que es muy complicado que no emocione. Lo dicho, México en las venas.

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