En realidad, nunca estuviste aquí

Joe, un espectro en vida con cicatrices que mostrar.

Si en Tenemos que hablar de Kevin se metía en la mente de Eva, una madre que sufre un fuerte trauma, en En realidad, nunca estuviste aquí todo está en el cerebro de Joe, una especie de asesino a sueldo. La directora Lynne Ramsay vuelve otra vez a “mirar” de manera especial y crear un universo personal de la adaptación de una novela (la primera de Lionel Shriver y la segunda de Jonathan Ames). En las dos películas asume el papel de guionista y directora y las dos tienen una potencia visual que empuja la historia y deja sin respiro. La importancia del sonido, de la banda sonora y el empleo del color (si en la primera la presencia del rojo era abrumadora, en esta son los tonos azulados) apuntan más rasgos de su estilo. Pero también Ramsay tiene una manera, muy especialmente en esta película, de representar la violencia. Joe (Joaquin Phoenix) es un mercenario, un asesino a sueldo, que rescata a niñas de la trata de blancas y la explotación sexual. Y es un hombre atormentado que vive, desde la infancia, en permanente estado de shock. En realidad es un muerto en vida, un espectro que siempre, con sus reacciones, pilla de sorpresa… Físicamente es un hombre de profundas cicatrices, como las del alma. Es una mole, una especie de bestia herida que enseña toda su sensibilidad en el cuidado atento de su anciana madre.

Su mente es un desorden de caos, recuerdo y memoria de su vida pasada. Un puzle que armar según evoluciona el metraje. Un vida de traumas y shocks que le convierten en un espectro de carne y hueso, pero siempre a punto de estallar. Y también con ganas de reposar… no solo su cuerpo, sino el torbellino de dolor que es su mente. Joe es el personaje que sustenta la película pues todo transcurre a través de su mirada y de su mente. Y Joaquin Phoenix muda su cuerpo, su mirada, sus gestos y movimientos en Joe. Es la transformación de un actor en personaje. Su forma de hablar, de moverse, de pisar, de tocar a los otros personajes, de mirar, de llorar, de derrumbarse, de deambular como un espectro, de avanzar con un martillo, de respirar… Su manera de vestir pero también de sufrir. Joaquin logra convertirse en Joe y que descendamos por su mente.

Lynne Ramsay construye así una historia dura y violenta sobre un asesino a sueldo que se enfrenta, sin quererlo, a la corrupción política de las altas esferas de poder… y su vida se pone todavía más patas arriba de lo que está. Esta vez tiene que rescatar a la hija adolescente de un político de una especie de burdel… pero todo se va retorciendo y complicando más todavía. La directora hunde al espectador en un mundo de imágenes, sonidos y música del que es difícil huir. Una canción infantil mientras una madre y un hijo limpian la plata o una canción triste que entonan dos asesinos… mientras uno va perdiendo la vida. Dos manos que se unen. Las lágrimas de Joe. El sonido silencioso del fondo de un lago y unos cabellos que se mecen… La dulzura y protección de Joe hacia la niña que tiene que rescatar. Una niña de ojos azules que le da un motivo para seguir siendo un espectro en vida… Hace un bonito día.

La directora además narra visualmente una historia de violencia extrema…, pero casi siempre fuera de campo o después de que esta ya se haya cometido. Un hombre avanza con un martillo por una especie de burdel y vemos todo su ataque a través de un circuito cerrado de televisión o ese mismo hombre avanza con su arma por una mansión y solo vemos los resultados… Pero el impacto y la brutalidad es la misma que si la mostrara explícitamente.

Lynne Ramsay se hunde en la mente de Joe y deja un bello, brutal y ambiguo final… Pero ¿qué ocurre realmente? En realidad, nunca estuviste aquí… o sí.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.