Imitación de la vida (Imitation of life, 1934) de John M. Stahl

Imitación de la vida

Momentos de confidencias…

Los remakes de Douglas Sirk en los años 50 de los melodramas de John M. Stahl escondieron la riqueza de este realizador a la hora de plasmar sus historias. Lo condenaron al olvido. Si bien es cierto que Sirk reinventó el melodrama con un lenguaje cinematográfico exultante y de pinceladas barrocas para mostrar una América que bajo sus colores brillantes esconde corrientes subterráneas y oscuras; John M. Stahl, con calma y contención, refleja la América resultante del crack del 29 ávida de historias de superación con un público necesitado de historias con las que sentirse identificado. Historias que dibujaban un melodrama contenido, pero también la posibilidad de luz y salida. Historias que hablaban de sus problemas, de los conflictos sociales y también emocionales. Así en 1934, Stahl adapta una novela de la popular autora Fannie Hurst, Imitación de la vida.

Cuenta básicamente la historia de amistad entre dos mujeres muy diferentes: la joven viuda Beatrice Pullman (Claudette Colbert), mujer blanca que vive un delicado momento económico; y Delilah Johnson (Louise Beavers), una mujer negra que la convence para a cambio de habitación y comida trabajar a su servicio. Las dos tienen además en común dos hijas pequeñas. Una vez que se conocen ya Beatrice y Delilah unen sus vidas para siempre. A partir de la deliciosa receta secreta de unas tortitas que le cuenta Delilah a Beatrice, esta emprende un negocio que las enriquece a las dos. Sin embargo, mientras Beatrice sube en el escalafón social y reconstruye su vida; Delilah sigue bajo el techo de Beatrice, no trata de reconstruir su vida, su historia dura le hace rendirse. Prefiere ser buena persona y esconderse tras oraciones (y desear sobre todo un buen entierro, un entierro digno y brillante). Ella siempre ha luchado en exceso y siempre le han dado la espalda, no puede quitarse la mochila del sufrimiento. Por otra parte, las dos tendrán conflictos en sus vidas por sus hijas, cuando estas dejan de ser unas niñas. La hija de Beatrice, Jessie (Rochelle Hudson), se enamora perdidamente del nuevo amor de su madre. Y la hija de Delilah, Peola (Fredi Washington), la cual tiene piel clara, se avergüenza de ser negra porque se da cuenta de que no encontrará su lugar en el mundo, tendrá menos oportunidades. Lo ve cada día en su madre… a la que quiere, pero también rechaza.

John M. Stahl construye así un melodrama sobrio y contenido, elegante, donde destacan cada uno de los momentos cotidianos y naturales que viven Beatrice y Delilah hasta que consiguen prosperar en el negocio de tortitas. Y cómo una empieza a subir socialmente y la otra decide mantenerse abajo (algo que se marca a través de las imágenes cuando Beatrice en la nueva casa se encuentra en las habitaciones de arriba, y Delilah no abandona las habitaciones de abajo… la frontera la delimita una escalera). Sin embargo, su amistad es totalmente horizontal, las dos siempre juntas… se respetan y se quieren mutuamente. Tampoco falta un sutil sentido del humor a lo largo de todo el metraje. Stahl habla y refleja a mujeres emprendedoras en un mundo de hombres y también muestra los conflictos raciales en un momento que se silenciaban totalmente.

Niñera moderna (Sitting Pretty, 1948) de Walter Lang

Niñera moderna

Mr Belvedere, un hombre muy peculiar

Hay películas que deben su fama a un personaje que habita en ellas. Y el caso concreto de Niñera moderna es muy curioso por estos lares. ¿Alguien ha olvidado el consultorio mítico de la revista Fotogramas, que ahora tiene incluso un blog, regentado con mano firme por Mr Belvedere? ¿Qué cinéfilo de estas tierras no conoce su caricatura a través de esta revista, aunque no haya visto la serie de películas que protagonizó dicho personaje? Sí, Mr Belvedere fue el protagonista de Niñera moderna, y debido a su éxito, protagonizó otras películas alargando la fama del personaje. El rostro de dicho personaje fue el de un actor peculiar: Clifton Webb.

¿Quién puede olvidar a Webb como el elegante y cínico periodista Waldo Lydecker en Laura? Ya con ese papel donde debutó como protagonista en el cine (él siempre había brillado en Broadway) alcanzó la inmortalidad. Belvedere tiene algunas características de Lydecker, pero mientras este era un personaje oscuro… Belvedere tiene luz. Como Mr Belvedere su herramienta también es el lenguaje y la manera de tratar al otro. Belvedere es un hombre elegante, sofisticado, extremadamente elegante, estirado, solitario, asexual… y que sabe de todo y hacer absolutamente todo. Pese a mostrarse distante, es un hombre observador del mundo que le rodea. Él emplea sus frases brillantes y certeras para dar continuamente su visión de la vida. Pese a parecer carente de empatía, todo el mundo, sin embargo, termina sintiéndose a gusto con él. Es alguien auténtico, que no se esconde y no oculta su inteligencia, pero no la emplea para hacer daño; sí para mantener a distancia a los entrometidos y destapar a los que son hipócritas e injustos.

Niñera moderna es una divertida comedia costumbrista donde el peculiar Mr Belvedere se mete de lleno en la vida de una familia de clase media americana en una pequeña ciudad. Un matrimonio y tres niños necesitan una niñera con urgencia. La madre ya desesperada (pues ninguna profesional dura mucho en su casa) pone un anuncio… y quien finalmente pisará su hogar será el peculiar Mr Belvedere. Y en un principio este hombre antipático terminará siendo imprescindible en la vida de esta familia. Lo que no saben es que en realidad su misión es otra…: destapar de una manera muy peculiar las pequeñas miserias de una ciudad de provincia. A Webb le acompaña una buena galería de actores que brillan también a su lado: Maureen O’Hara, Robert Young, Ed Begley y un genial Richard Haydn.

La habitación en forma de L (The L-Shaped Room, 1962) de Bryan Forbes

La habitación en forma de L

Leslie Caron sale de su zona de confort con éxito

Director británico de trayectoria interesante, Bryan Forbes debutó con la delicada Cuando el viento silba y continuó con La habitación en forma de L. Su filmografía empezó en el momento de máxima fuerza del free cinema, y pese a contener sus primeras películas ciertas características de este movimiento, también era un director tremendamente personal. Si su debut mostraba el mundo de la infancia y la vida rural británica, en La habitación en forma de L se va a la ciudad, a Londres, y habla de la soledad y proceso de maduración de una joven francesa soltera, que se ha quedado embarazada. La frágil y dulce Jane busca soledad y huye del mundo, así que termina alquilando una habitación de mala muerte en forma de L. Y allí en esa habitación y junto a otros inquilinos igual de solitarios y perdidos que ella, construye un nuevo mundo que la hace, de alguna manera, enfrentarse finalmente a su vida y tomar las riendas… dejando finalmente una carta, que es una puerta abierta.

Para la sensible, frágil pero a la vez tremendamente fuerte y entera Jane sorprende una Leslie Caron en su piel. Caron demostró que además de ser una brillante actriz del cine musical de oro americano era también una actriz dramática excelente llena de posibilidades. Así Caron decidió salir de su zona de confort y arriesgarse con una película de autor europea donde se enfrentaba a un personaje de carne y hueso… que no bailaba o vivía en un mundo de fantasía. Jane, su personaje, convive con otros personajes solitarios y con problemas varios, algunos hasta son bastante desagradables, pero ella trata de entender y acoger a todos, pues ella quiere ser entendida y acogida. Y así crea una especie de extraña familia que le sirve para salir del bache y seguir luchando sola, pero con una luz. Está el joven escritor fracasado que podría enamorarse de ella (siempre se lo dice), la anciana vedette olvidada por todos, la desagradable casera porque la vida es dura (pero que termina acogiendo a espíritus solitarios), el músico negro que trata de no hundirse o las prostitutas de la planta baja…

Y en ese universo marginal, en esa destartalada habitación en forma de L, Jane vuelve a atreverse a tomar las riendas de su vida. Cuando se da cuenta de que los demás también está perdidos y solos, y que tampoco saben que hacer con sus vidas, que cometen errores, y que tratan de ir viviendo… como ella.

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