Nota: es un texto hasta arriba de spoilers, NO LEER BAJO NINGÚN CONCEPTO si aún no has visto Blade Runner 2049.

Blade Runner 2049

Dos blade runner: K y Deckard

De Deckard a K. El nuevo y solitario blade runner se llama K. Como Deckard (treinta años antes), es solitario, serio y desencantado. Pero son muchos más sus paralelismos. Y son tan fuertes que incluso en un hilo de la historia podemos creer que son padre e hijo. Pero es que realmente como personajes de ficción actúan y funcionan como un padre y como un hijo.

Los dos acaban siendo rebeldes y se plantean su existencia e identidad, además de darse cuenta de que están atados con cadenas a su trabajo: la persecución y muerte de replicantes. Los dos son redimidos por el amor y la muerte.

Pero lo más curioso de este padre e hijo, es que K, como un personaje kafkiano va por el laberinto de la memoria y del mundo en el que vive, hasta tratar de encontrar un sentido… es un replicante consciente de su esclavitud, que busca su humanidad. Y pese a la controversia de la verdadera naturaleza de Deckard, él actúa como un ser humano sin alma (como los replicantes que elimina), que busca su esencia, volver a sentir amor y miedo a la muerte.

K y Deckard están condenados a encontrarse en una ciudad devastada (que era símbolo del entretenimiento y el juego) donde solo quedan fantasmas u hologramas. Y, allí, se miran a los ojos, se reconocen en sus rituales… y la camaradería que comparten es la de un padre y un hijo. Una relación de amor-odio, de echar en cara y finalmente de unión irreductible.

Y curiosamente lo que diferencia a K y a Deckard son sus destinos. Deckard siempre camina o se aferra a una esperanza. Deckard logra amar intensamente. Y deja una huella en el mundo. Siempre hay esperanza para él, treinta años después también. K es consciente de su esclavitud, su amor es imposible y truncado, sus sueños artificiales rotos en pedazos… y su rebeldía y despertar le llevan a una muerte bajo la nieve. Y la muerte le hace libre. En su muerte se acerca más a la “filosofía” del replicante que fue el mayor enemigo de Deckard y también su salvador: Roy Batty.

Replicantes. Soledad y muerte. Si en el Blade Runner de Scott, la historia de ciencia ficción se vestía de puro cine negro; en el de Villeneuve no se pierde ese halo, pero con matices. Si en 2019 la historia se empapaba del romanticismo del género y de la poesía triste del destino irremediable y oscuro de los héroes de cine negro, en la 2049 se deja arrastrar por un pesimismo frío, de película de guerra fría y espías, con destellos de una poesía más cercana a los mundos distópicos.

Los replicantes en este mundo distópico son los rebeldes. Y curiosamente si en 2019 buscaban conocer al creador y ganar más tiempo en el mundo; en 2049 se siguen aferrando a la vida (se niegan a ser destruidos por ser viejos modelos), se organizan para un rebelión futura contra su esclavitud y además esconden un secreto: son guardianes de un milagro. Los rebeldes ya no tienen ningún apego ni deseo de conocer al creador (y este sigue con el sueño de crearlos más perfectos todavía, ángeles), quieren permanecer lejos de su órbita.

Las muertes de los replicantes Zhora, Leon Kowalski y Pris tienen su continuación en la primera secuencia de Blade Runner 2049, cuando K, el blade runner, sigue una pista en una granja abandonada donde se encuentra al replicante Sapper Morton. Morton será quien deposite antes de morir la incertidumbre en la vida de K. Le hablará de cómo él ha sido testigo de un milagro.

La replicante Luv es presentada como un ángel por su creador, pero es una mujer fría que, sin embargo, es incapaz de ocultar una lágrima. Digamos que es la cara oscura de Rachael. La verdadera mujer-replicante fatal y que es consciente, pero con dolor, de su maldad (Rachael era inconsciente, en un principio, incluso de su identidad replicante). En realidad, es consciente de su esclavitud, de que no puede desatender los mandatos del creador. Es otra auténtica máquina de matar para seguir cualquier orden de su creador, Niander Wallace. Y vive en la soledad más absoluta. Ella establece una relación de persecución sin piedad con su antagonista el replicante K. Y esta mujer-replicante fatal solo puede encontrar la muerte en sus manos. Luv tiene saña con K… quizá es consciente de que él está desatándose de las cadenas, mientras ella sigue con su destino de exterminadora. Solo le queda, a veces, llorar.

Por último, el héroe trágico, K, aquel que toca con una mano el deseo de ser el elegido. De ser, quizá, el fruto de un milagro. Aquel que roto descubre que no son suyos ni sus sueños. Aquel que vive un amor imposible. Aquel que cree encontrar un padre. Aquel que se sabe replicante esclavo y con ese destino. Aquel que decide sacrificarse por el milagro, por mantener la esperanza de otros. Aquel que sigue la estela del destino trágico del héroe de cine negro… y muere en unas escaleras cubiertas de nieve, como Eddie Bartlett, en Los violentos años veinte. Aquel que sigue la filosofía de amor a la vida de Roy Batty, el replicante antagonista de Deckard en 2019.

Y rodeando a todos la gran ausente, el milagro, la replicante perfecta: Rachael. Ella sigue siendo el puente entre 2019 y 2049. Ella sigue siendo la clave. Y vuelve la ilusión de un espejismo. Su voz, su holograma, sus huesos, su secreto… Ella se convierte, de nuevo inconscientemente, en la amenaza. La que vuelve a desestabilizar el frágil orden establecido.

Historias de amor. Tanto en 2019 como en 2049 no falta la historia de amor. Deckard cae en los brazos de Rachael, la replicante que no es consciente de que lo es… y protagonizan una romántica historia de amor que convierte una historia imposible en posible… Y en el montaje del director vemos que emprenden la huida hacia un futuro incierto… tras las puertas del ascensor que se cierran. Puro cine negro. Treinta años después nos enteramos, que consiguieron amarse, continuar su historia… aunque no lo tuvieron fácil. Rachael es una ausencia con fuerza, Deckard sigue enamorado. Y en 2049 el replicante K trata de encontrar destellos de ternura, un poco de compañía (una lucha constante contra su soledad) y un canal de comunicación en Joi, un holograma. Pero el replicante y el holograma desarrollarán un vínculo romántico y verdadero. Se convierten en verdaderos cómplices… y en protagonistas de una verdadera historia de amor imposible. Son conscientes de todos sus límites, de sus dificultades… y tratan de saltar barreras imposibles. Su historia será inevitablemente trágica.

Blade Runner

Enfrentarse a la muerte

El tiempo. Treinta años… y el mundo sigue evolucionando. Y en Blade Runner 2049 un mundo de hologramas que se mezclan con los fantasmas. Ya apenas hay diferencias entre humanos y replicantes. A veces, casi los humanos son como fantasmas y cobran más realidad los replicantes u hologramas. Y el gran apagón deja voces del pasado, imágenes distorsionadas. Una memoria que rescatar, un pasado… como intentan siempre tener los replicantes. Y como en 2019 se sigue reconociendo el caos de una urbe contemporánea con elementos de un mundo distópico. Treinta años han pasado, pero podemos tener destellos, no solo por la información que puede sacar el espectador de la propia película, sino por tres cortometrajes que cuentan cómo se produce el gran apagón; el proyecto del creador, Niander Wallace; o cómo K llega a la granja abandonada del replicante Sapper Morton. El tiempo pasa…

El creador y los recuerdos. Si Eldon Tyrell, el creador de replicantes en 2019, se ocultaba tras unas enormes gafas… que serán parte de su fin; en 2049 el nuevo creador de replicantes, Niander Wallace carecerá de vista, de ojos para ver. Pero Wallace es mucho más despiadado, pues es más consciente de su poder y de lo que quiere llegar a alcanzar. Aunque detrás de su imperio de esclavos, está naciendo un fuerte movimiento de replicantes rebeldes. El visionario no puede ver el mundo en el que se mueve.

Y para los replicantes sigue siendo un drama sus recuerdos. Esos implantes… que en un momento dado tienen consciencia de que son sueños inventados, también creados. Esos recuerdos falsos que les hacen ver, cuando los descubren, que no son humanos. Así como en 2019 Rachael lloraba ante una fotografía de una niña con su madre, una memoria robada…, una imagen ficticia; el replicante K en 2049 esconde recuerdos que le hacen crear una realidad que no es suya, que se le rompe en mil pedazos. Digamos que la memoria y los recuerdos son una de las cosas que más anhelan o desean los replicantes. Son conscientes de su artificialidad, cuando descubren la falsedad de sus recuerdos. Todo un drama.

Si en 2019 veíamos cómo había creadores de los ojos de los replicantes o diseñadores genéticos sofisticados como J. F. Sebastian capaz de crear todo tipo de seres extraños y artilugios, además de replicantes perfectos… En 2049 vemos cómo Wallace ha sofisticado la creación de replicantes, incluso vemos nacer a una hembra, pero lo que más puede llamar la atención es encontrarse con un creador de recuerdos, de sueños… Esos recuerdos que siempre terminan generando lágrimas. Así durante su investigación, K se entrevista con la doctora Ana Stelline… una mujer aislada, sensible y muy especial, pero a la vez la mejor creadora de sueños.

El caballo. Si en 2019 estaba ese misterioso personaje, Gaff, que era como una especie de guía extraño de Deckard, que siempre iba por delante de él, aunque actuando en silencio y dejando sus misteriosas figurillas de papiroflexia… entre ellas el famoso unicornio. De nuevo, ya anciano, estará presente en el año 2049, sin dejar de hacer sus figurillas y como siempre sabiendo sobre el destino de Deckard. Pero si en 2019 el misterio no desvelado se escondía en un unicornio… soñado. Ahora, en 2049 el sueño tiene forma de un caballito de madera con una fecha tallada. Y, sí, es un sueño real… pero ¿quién es verdaderamente el dueño?

… y los hilos entre los dos Blade Runner no cesan… Las conexiones y descubrimientos entre ambas películas crean otra historia subterránea.

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