En el universo cinematográfico de Kenji Mizoguchi, sus historias nos las cuenta desde una distancia prudencial, pero que cala. La vida de sus personajes pasa por nuestros ojos en elaborados planos secuencia con infinidad de detalles, como en un buen cuadro. En sus películas sobre historias del pasado, no solo habla de su presente (y de este presente también), sino que vierte además gotas de su propia biografía. Kenji Mizoguchi murió joven de una leucemia en 1956 y podría haber seguido rodando y rodando… o quizá su fantasma no haya parado de contar historias y también haya recuperado aquellas películas perdidas de su filmografía que ya no podremos ver. Su espíritu de joven luchador fue alcanzado por los ecos de la revolución rusa y posteriormente su visión política y social del mundo la vertió en sus fotogramas. Pero si algo le marcó en su infancia dura y pobre fue el maltrato de su madre y la venta de su hermana mayor como geisha, convirtiéndole en un director que no solo cuidaba a sus personajes femeninos, sino que daba voz a la realidad de la mujer japonesa (y del mundo), a cómo se silenciaba su papel, a las injusticias que aguantaba y a la desigualdad de derechos y oportunidades que sufría a diario. Le gustaban las mujeres en su vida privada y en la pantalla de cine, la turbulenta y agitada vida sentimental de sus personajes no le era ajena.

Cuentos de la luna pálida de agosto (Ugetsu monogatari, 1953)

Cuentos de la luna pálida de agosto

… Hombres y fantasmas… un tenue límite

Mizoguchi recrea un mundo de leyenda en el Japón del siglo XVI y esos cuentos de luna pálida narran las vicisitudes de dos campesinos con ambiciones, Genjuro y Tobei. Uno piensa en enriquecerse con su trabajo como alfarero y el otro quiere ser un samurái; son tiempos de guerra y violencia. Los dos están casados y sus mujeres siempre tratan de que bajen a la tierra y valoren y cuiden lo que tienen. Pero es un cuento trágico y en un río cubierto de tiniebla, mientras todos viajan en una humilde embarcación, les envuelve una premonición oscura sobre el destino. Además se separan en ese instante. La esposa de Genjuro deja la barca con su hijo pequeño para volver a la aldea ante el miedo de que sean atacados y robados con toda la mercancía que llevan a vender a la ciudad. Una vez en la ciudad, Genjuro, Tobei y su esposa empiezan a vender con éxito la mercancía. Pero a la vez todo cambia y se transforma. Genjuro conoce a una bella mujer noble, lady Wasaka, y se ve atrapado en un paraíso de placer y sensualidad. Y Tobei con el dinero ganado compra su uniforme de samurái, abandonando a su esposa para conseguir, cueste lo que cueste, su sueño.

Mientras los dos hombres viven en una fantasía (uno con una idílica historia de amor y el otro en su ansia de convertirse en un señor de la guerra), las mujeres viven su propio calvario, abandonadas en la realidad. La mujer de Genjuro sufre la violencia y la dureza de la guerra, pero trata por todos los medios volver con su hijo pequeño al hogar. Y la mujer de Tobei, abandonada a su suerte, es violada por un grupo de soldados. Sola y sin poder contar con su esposo, decide sobrevivir y dedicarse a la prostitución.

Ambos hombres despertarán de su sueño de manera brusca y descubrirán y valorarán lo que ya tenían. A Genjuro le revelan que estaba siendo feliz con una mujer muerta, un fantasma, y que toda su felicidad es un espejismo. Y Tobei, cuando encuentra en prostíbulo a su mujer, se da cuenta de que solo quiere volver con ella y que todo lo hacía para buscar la aprobación de su esposa en la mirada.

Mizoguchi consigue un momento de emoción sublime con el regreso de un arrepentido Genjuro al hogar. Allí le recibe su solícita esposa, que no solo le cuida sino que también le perdona. Ella le dice que vaya a saludar al pequeño… y se quedan los tres juntos. A la mañana siguiente Genjuro descubrirá que su esposa era también un espejismo, pero que le ha esperado para perdonarlo… pero que su hijo es real y le necesita a su lado.

Lo hermoso de Cuentos de la luna pálida de agosto es que Mizoguchi te hace creer en un mundo de leyenda y que los límites entre un mundo de fantasmas y el de los vivos es tan tenue que los dos conviven con una naturalidad creíble bajo una luna pálida de agosto.

El intendente Sansho (Sansho Dayu, 1954)

El intendente Sansho

Por la libertad…

Con una vieja, dura y bella historia del siglo XII, Mizoguchi habla sobre la injusticia de la esclavitud, sobre el derecho a ser libre y llevar una vida digna. Todo se tuerce para la familia de un gobernador de un pueblo que, por tratar de ser justo con los campesinos, cae en desgracia y es detenido. Su familia tiene que exiliarse y una vez que tratan de regresar al pueblo para saber del paradero del padre son secuestrados y vendidos como esclavos. La madre es vendida para ejercer la prostitución y llevada a una isla y sus dos hijos (un niño y una niña), Zushio y Anju, son vendidos a un cruel gobernador, Sansho. Durante diez años viven la dureza de la esclavitud y además se van desvaneciendo sus nombres y su identidad. Zushio pierde la esperanza y se vuelve un joven duro de corazón que lucha por su supervivencia y Anju sufre en silencio pero sigue escondiendo una esperanza: que volverán a reunirse todos. Mientras, la madre no olvida a sus hijos y lucha continuamente por conservar su recuerdo y tratar de huir de la isla…

Sobre sus desgraciadas vidas siempre revolotean las enseñanzas del padre: Zushio las entierra porque pierde la esperanza y las dos mujeres las atesoran y las hace seguir adelante. El padre decía que todos los hombres son iguales y que hay que apiadarse hasta de los enemigos. Un día, después de diez años, llegan nuevos esclavos al hogar del temible Sansho y una de las chicas canta una hermosa canción que hace que Anju se dé cuenta de que su madre les guarda en la memoria y que esta sigue viva. Anju decide despertar a su hermano y que vuelva a recordar las enseñanzas del padre… y cuando tienen oportunidad, propicia que este pueda huir para que consiga no solo la libertad sino quizá reunirse con otros miembros de la familia. Ella decide sacrificarse por la libertad.

Mizoguchi cuenta una historia política y social con una sensibilidad de poeta. Y deja unos planos secuencia que se clavan en la memoria y emocionan: una muchacha que poco a poco va metiéndose en un río… y un encuentro triste y emocionante, pero que habla de recuperar la dignidad y la libertad…

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