El póker de la muerte

Un predicador con pistolas…

Robert Mitchum recupera, pero con un punto menos profundo y más sarcástico, las reminiscencias bíblicas (de Antiguo Testamento), para encarnar a otro predicador temible. Esta vez el hermano más lúdico de Harry Powell se llama Jonathan Rudd. Su vestuario es muy similar, pero cambia sus tatuajes de Love y Hate, por una biblia de la que no se despega y que entre sus páginas esconde una violenta sorpresa para los que se creen más listos que él. Jonathan Rudd es un carismático y fundamental personaje secundario para un western atípico, El póker de la muerte, justo en un momento de metamorfosis del género donde lo atípico campaba a sus anchas. Y un pionero del cine y buen artesano, Henry Hathaway, construye una muy entretenida historia donde incorpora al western la fórmula del whodunit de las novelas y películas de misterio… Es decir, una galería de personajes… y averiguar quién es el asesino. Aunque la solución es bastante fácil no mina el entretenimiento y disfrute de la película.

Robert Mitchum es como la especial estrella invitada que da sentido a toda la trama, pero su protagonista es un Dean Martin, que arrastra también un desencanto y cansancio de una vida dura en el lejano Oeste, pero que oculta su sonrisa pícara, sus ganas de seguir superviviendo y arrastrando su cartel de héroe sin remedio. Él es Van Morgan, el jugador vividor que va de un lado a otro…, donde haya una buena partida, y que no echa raíces pero a la vez las tiene en todos los lados por donde pasa.

Y en uno de esos sitios del lejano Oeste transcurre en la taberna de siempre, de Mama Malone, a puerta cerrada una partida de póker. Y juega, como no, Van Morgan, un habitual cuando reside en una de las habitaciones que alquila Malone; otros habitantes del pueblo… y un forastero. Todo bajo la mirada del camarero negro, y amigo de Van, George (Yaphet Kotto). En un momento, Van deja de jugar para ir al baño y justo el niño rico del pueblo, Nick Evers (Roddy McDowall), que es un rebelde sin causa con la apatía y la violencia en la mirada, descubre que el forastero está haciendo trampa. Y encabeza un linchamiento del tramposo. Lo ahorcan sin que Van ni George (prefiere no meterse ni intervenir) puedan evitarlo. Van decide que es hora de dejar ese lugar y trasladar su mesa de juego a otra ciudad. Tiempo después recibe la visita de George: alguien está empezando a asesinar a los que participaron en aquella fatídica partida… y todos por violentos métodos que terminan en asfixia. Van decide que es hora de volver y regresa a un lugar que está sufriendo cambios y transformaciones: encuentra las viejas caras que conoce pero también varias nuevas. Entre ellas, Lily, una mujer que ha abierto una barbería como tapadera de un prostíbulo o el reverendo Rudd que consigue que los feligreses vayan a su iglesia pegando tiros allá por donde pasa…

Y es que Henry Hathaway, como buen artesano, no descuida ni el ritmo ni la puesta en escena y deleita con no solo ese principio trepidante y violento, sino con la siniestra aparición de cada uno de los cadáveres. Mientras, los jugadores que quedan vivos se reúnen y especulan o bien alrededor de la mesa donde se disputó la partida (cada vez que muere uno, su silla es volcada frente a la mesa como símbolo de otra ausencia) o en el cementerio donde está la tumba anónima de aquel que lincharon. Este caso de asesino en serie desestabiliza también la paz en el pueblo, donde cada vez se va revolviendo más el ambiente pues algunos, como los mineros, consideran que el sheriff y su ayudante no están realizando correctamente su trabajo. Por otra parte, no tienen desperdicio alguno de los diálogos vertidos ni tampoco la caracterización de los personajes sean principales o secundarios: Mama Malone, George, Lily, la familia Evers (Nick, el rebelde sin causa; su hermana, enamorada de Van y el padre que trata de proteger al hijo, a pesar de la compleja relación entre ambos)…

Y El póker de la muerte es de esas películas que agrada pasearse por sus créditos y realizar descubrimientos. Como que detrás del guion está la interesante, Marguerite Roberts (otra de las afectadas por la Caza de Brujas) y que al año siguiente escribiría otro western con Hathaway, Valor de ley. Que está en su banda sonora un compositor con el peso de Maurice Jarre. O que en su reparto permite recuperar a Inger Stevens y su triste historia; a Yaphet Kotto, un actor afroamericano, con un papel que mostraba que los tiempos estaban cambiando; o mostrar un versátil Roddy McDowall como Nick. Y al frente un Hathaway que sigue mostrando su oficio… Pero es inevitable aparece Robert Mitchum, con su andares desganados y su sonrisa lacónica, y su predicador con Biblia y pistola… y se convierte en el rey de la función.

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