Felices sueños

Momento feliz entre madre e hijo… baile catártico

Valerio Mastandrea es el hijo atormentado por excelencia. El hijo marcado por la madre. Valerio tiene un rostro triste, y construye un personaje que hace que el espectador desee que le vaya bien, que se desprenda de las sombras que le atrapan. Primero fue La prima cosa bella (2010) de Paolo Virzi y después Felices sueños de Marco Bellocchio. La presencia de la madre en el cine italiano da para un buen ensayo. Estas dos películas unidas por Mastandrea presentan a dos madres luminosas con sombras oscuras que marcan para siempre la personalidad de sus hijos. En la primera, Virzi se deja llevar por el por el arte del buen melodrama, por la emoción, por el estallido de la lágrima. En la segunda Bellocchio hace un juego equilibrista complejo… arrastra al espectador por las impresiones emocionales del hijo, pero con mucha cabeza y análisis, dejando un complejo tapiz. Y en ambas, no faltan los momentos catárticos.

Felices sueños de Marco Bellocchio cuenta en unas pinceladas la relación especial entre una joven madre y su hijo de nueve años… pero a través de los ojos del niño. Así hay una madre luminosa con destellos tristes, como puede verse en una escena en el que el niño hace sus deberes y enfrente tiene a la madre haciendo su álbum de estrellas de la canción mientras canta «Resta cu me», de Domenico Modugno, totalmente premonitoria: «Quédate conmigo, no me dejes» o «Muero por ti, vivo por ti». La madre no para de sonreír y le canta la canción a su hijo, se emociona y se levanta, y el niño mira embelesado. De pronto, a la madre le cambia el rostro y sus ojos se vuelven llorosos, no deja de cantar, pero vuelve a sentarse… y mira de nuevo al niño, que se ha dado cuenta, pero no entiende, la tristeza de la madre. Y en una de esas pinceladas de recuerdos la madre arropa en la cama al niño dormido y le susurra: «Felices sueños»…, que en realidad es una despedida… y una maldición. Porque a ese niño, Massimo, ya no le acompañarán Felices sueños, porque no puede lidiar con el vacío y la ausencia que deja su madre. Porque no entiende que le haya dejado, que se haya ido, que ya no vuelva a escuchar su risa, que ya no le cante, que no pueda bailar con ella, que no pueda pasar miedo en sus brazos viendo el serial de Belphégor… que el juego del escondite sea eterno. No entiende que nadie le hable claro, los silencios de sus mayores y la distancia cada vez mayor que se va abriendo con su padre. Él busca respuestas para encajar la muerte de la madre… y nunca las recibe o no le convencen (esas conversaciones con los curas… no cree que su madre sea un ángel porque no entiende que se haya ido sin él). De esta manera, nunca puede dejar ir a la madre (ni su recuerdo), pues siempre espera que salga de su escondite. Solo, busca los caminos para lidiar contra el dolor. Niño, adolescente, joven… y un hombre de cuarenta años, que tras la muerte del padre, regresa a la casa familiar, a la casa unida al recuerdo de su madre… Un hombre triste de cuarenta años que sigue en busca de una verdad. De una respuesta que silencie las sombras, que acabe con el vacío de la ausencia.

Y el veterano director italiano, Marco Bellocchio, sigue contando la historia de Massimo (que en realidad es la adaptación cinematográfica de la novela autobiográfica del periodista italiano Massimo Gramellini, Fai bei sogni) desde pinceladas emocionales para construir el crecimiento de un niño a un hombre triste porque lidia el dolor, el vacío y la ausencia con el distanciamiento emocional, porque no quiere más daños ni más preguntas sin respuesta. Y cuenta su vida en ráfagas y momentos donde, de pronto, regresa siempre la sombra de la madre, que no abandona. De niño se deja acompañar por Belphégor en sus momentos de crisis, de adolescente sensible trata de buscar respuestas en la religión, de joven se construye una coraza que le sirve también para avanzar en su trabajo como periodista y ya más adulto esa coraza se va rompiendo y deja aflorar al hombre sensible que debe lidiar con el dolor y el vacío. Por eso los ataques de pánico, por eso el vómito de emociones contestando la carta de un lector…

El momento catártico llegará con otra pincelada. La llegada de otra mujer. Una doctora (Bérénice Bejo) que atiende su primer ataque de pánico. Y con ella vuelve a recuperar y a revivir la felicidad que tenía con su madre. Así la película empieza con un baile con la madre donde un niño sensible y tímido se desmelena… y en otro momento el Massimo maduro y triste se decide a bailar en una fiesta con la doctora…, primero no quiere, y luego vuelve a sentirse feliz y libre, y se desinhibe.

Marco Bellocchio crea un tapiz complejo de emociones, recuerdos y melancolías en su relato cinematográfico donde el tiempo va hacia delante y hacia detrás. No hay línea temporal, sino ese tiempo que marca nuestra cabeza que es muy distinto al real. Los recuerdos se mezclan en la cabeza de uno y salen cuando quieren. A veces esos recuerdos parece que no tienen sentido, otras vez son cartárticos. A veces, son confusos y no se entiende qué hacen ahí. En un momento dado la llegada de una carta con un cajita puede abrir la caja de pandora u otras veces una frase: «Déjala marchar», puede llevarnos a un laberinto sin retorno, a ese armario donde aquel niño se escondía con la madre… y no dejaba de escuchar su risa.

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