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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Tarzán en Acapulco

Una familia de leyenda… y su grito de identidad

Johnny Weissmuller es una figura trágica que está unida, sin embargo, a recuerdos felices de mi infancia. Recuerdos de un cuarto de estar, una pantalla blanca, un proyector de 16 mm y un abuelo que nos traía todos los domingos películas de alquiler. Y la serie de películas de Tarzán era protagonista de muchos de esos días. Y me recuerdo de niña pasándomelo bomba con Tarzán, Jane, Boy y Chita y tapándome los ojos cuando temibles tribus africanas atrapaban a los expedicionarios protagonistas y a sus pobres ayudantes en un continente de decorados… y los crucificaban en esas palmeras cruzadas, y cortaban las cuerdas para que murieran despedazados. ¡Me parecía un horror! Luego algo más mayor leí sobre la propia vida de Weissmuller y como visitó centros psiquiátricos donde seguía dando su famoso grito de identidad, de rey de la jungla… y me pareció toda una tragedia. Y ahora ese recuerdo y Weissmuller vuelve de nuevo a mi cabeza con Tarzán en Acapulco, donde Marcos Ordóñéz construye una novela a partir de una triste realidad: la muerte de Weissmuller en Acapulco.

Y logra una construcción que lleva a un clímax emocionante devolviendo toda la dignidad al héroe, pero sin despojar de dureza su tragedia. Todo se ve a través de la mirada de Cosmo Lambert, guionista y director de cine, y las curvas de su vida que le llevan a Acapulco. Ahí vive una historia… es protagonista de una ficción real (valga la paradoja)… una historia tan buena que decide no contarla, no convertirla en guion. Sin embargo, el lector tiene la suerte y el privilegio de vivirla en directo. Y si quiere proyecta en la pantalla blanca de su mente su propia película. Así se adentra en “una historia de amor y desvíos”. En “una historia de padres e hijos”.

Marcos Ordóñez da la sensación de que nos cuenta una historia sencilla, pero como lectora una se da cuenta de las curvas certeras…, del eficaz juego literario. De como una historia lateral pasa a primer plano y se convierte en protagonista de la trama. De las redes que se establecen entre la realidad y la ficción, entre la cordura y la locura, entre las curvas y los caminos trazados, entre los juegos del destino y las improvisaciones…

Así acompañamos a Cosmo Lambert, apenas consciente de su crisis existencial pero dando pinceladas por el camino (y su vivencia como hijo… y el significado de las sombras chinescas en una pared de hospital), hasta una cabaña de Acapulco en un escenario real que casi parece un decorado… y cómo un telescopio le hace ver dos sombras, dos fantasmas que todavía respiran, varados en un espacio creado. Y el guía es un anciano local, Walter Chávez, el contador de historias, el que conduce a otra realidad. Y este le dice que esos fantasmas no tienen nombres y apellidos propios, aunque el mundo se empeñe, ni un pasado (aunque él lo recopile y difunda), sino que tan solo son Tarzán y Jane, atrapados en un presente por el que sí pasa el tiempo.

Y Lambert escucha esa historia lateral y se ve inmerso en ella. De Tarzán solo le viene un recuerdo infantil… Una película, curiosamente la última de la serie, donde ya Tarzán era un príncipe destronado que seguía aferrado a aventuras y a su grito característico. Un Tarzán sin familia, perdido en la pantalla, deambulando en vivencias sin sentido… Tarzán y las sirenas (Tarzan and the Mermaids, 1948)… donde “ni siquiera salían sirenas”. Y Cosmo, que una vez ya se cambió el nombre (o quizá quiso cambiar de historia, y por eso las crea), indaga en la historia del nombre que se oculta tras Tarzán, Johnny… y surge una historia de curvas, pasiones, tragedias y olvido. Pero el guía, Walter, le arrastra a ese espacio de dos fantasmas que todavía respiran… y se convierte en otro, porque Cosmo formaba parte de esa historia, de esa realidad ficticia. Era la pieza necesaria para el último aliento.

Tarzán en Acapulco es esa historia que no fue contada… porque como dice Cosmo: “¿Real?¿Qué quería decir real?”.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

6 Comments

  1. 39escalones dice:

    ¡Qué intereante, mi querida Hildy! Apuntado.

    Besos

  2. Sí, mi querido Alfredo, es una buena lectura para este verano. Lo que me ha gustado es que bajo su aparente sencillez… hay un universo complejo. Y, por supuesto, que volviera a mi memoria Tarzán, Jane, Boy… y Chita.

    Beso
    Hildy

  3. Yo no tengo tan mitificado a Weissmuller, pero la entrada me ha resultado de lo más sugerente.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

  4. Querido Alberto, yo tampoco lo tengo mitificado, pero sí te reconozco que forma parte de los recuerdos de mi infancia y que tengo cariño a ese recuerdo, y la novela de Marcos Ordóñez tiene una bonita forma de contar como ficción una historia trágica y real.

    Beso
    Hildy

  5. Luis S. dice:

    Eso de “realidad ficticia” o de qué quiere decir real… ay. Lo real es real y lo ficticio es ficticio, ¿no? Alemania invadió Polonia, ¿no? Y los unicornios no existen. Creo que no hay dudas. En fin, era un apunte. A mí esas confusiones o interacciones entre lo real y no real ya casi me molestan (cuando era joven me encandilaban), aunque algún cine ha jugado con ambas esferas o lo sigue haciendo. Y mucha literatura del yo o del tú. Y, lo que es muchísimo peor, ¡demasiado periodismo!

    A Marcos Ordóñez lo leo a veces en El País, aunque yo no sea un gran aficionado al teatro. Escribe con sensibilidad, conocimiento y cercanía. Una prosa nada autoritaria sino cómplice. No he leído ninguno de sus libros.

  6. Sí, Marcos Ordóñez escribe tal y como dices: con sensibilidad, conocimiento y cercanía. A mí los libros que he leído hasta ahora de él me gustan mucho. Y me gusta mucho también como crítico teatral.

    Pues a mí, querido Luis, me sigue encandilando en la novela y en los cuentos partir de un hecho real y ficcionarlo. Pero has abierto un interesantísimo tema de debate. Como técnica literaria no me disgusta nada, convertir lo real en una ficción tal y como te hubiera gustado que fuese o jugar con cómo podría haber sido. No es más que otra forma de hacer volar la imaginación (o entrar en el mundo de las posibilidades o en el de las interpretaciones…, ufff, es más complejo todo…). Pero el coloquio y las reflexiones, los caminos que se podrían dar… daría para mucho más. No me gusta tanto esta práctica, efectivamente, en periodismo… Aunque de pronto me ha venido a la cabeza A sangre fría de Truman Capote y lo que me gustó en su día leerlo.

    Beso
    Hildy

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