María (y los demás)

Reunión familiar. Soledad en compañía

Una nueva generación de directoras de cine españolas está ofreciendo una mirada especial. Y normalmente sus protagonistas son mujeres entre los 20 y más de 30, de una clase media alta. Películas cotidianas, íntimas, de miradas y actos, con corrientes subterráneas, generacionales. Ahí está Mar Coll con Tres días con la familia o Queremos lo mejor para ella. También Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen con Las amigas de Ágata. Por otra parte Elena Trapé que estrena Las distancias, después de su ópera prima, Blog. O una de las protagonistas de Las amigas de Ágata, Elena Martín que pronto tendrá en cartelera Júlia ist. Si bien como espectadora, las que he podido ver me han parecido propuestas cinematográficas interesantes, con la protagonista que he conectado más o que, quizá, he comprendido hasta el último momento ha sido María, de la ópera prima de Nely Reguera, María (y los demás).

Y es que María (Bárbara Lennie) tiene unos 35 años y más o menos la vida encauzada pero frágilmente. Y ella es consciente de esa fragilidad. Así María organiza su vida en una zona de confort, pero cuando se produce un cambio, todo a su alrededor se derrumba. Sufre un tsunami emocional que no estalla, pero que la hace enfrentarse a ella misma. Y ese cambio provoca miedo, mucho miedo… pero también oportunidades para cumplir sus sueños o para aclarar sus relaciones y emociones. María es ella… y los demás entre paréntesis. Porque al final cada uno de nosotros estamos solos ante la vida y, a veces, los demás nos aíslan más, nos exasperan o los necesitamos desesperadamente…

María (y los demás) es una película con actriz de fondo y esa es Bárbara Lennie, con todos los matices que da a su personaje. La mirada, la forma de moverse, de expresarse, lo que dice y lo que no dice. Y luego está apoyada por los demás: su padre (en el que se ha volcado ante un grave problema de salud), la madre ausente (y por la que ha asumido ciertas responsabilidades y roles en la familia), sus amigos, sus hermanos, las novias de sus hermanos, los tíos, su jefe, su amante ocasional, la nueva pareja de su padre (y el motivo del cataclismo en la vida de María)… que son una galería de secundarios que da pinceladas certeras a sus personajes (José Ángel Egido, Julián Villagrán, María Skell, Rocío León, Aixa Villagrán, Pablo Derqui… y un largo etcétera).

Con una inteligente construcción a través de la puesta en escena y los diálogos (donde también importa lo que no se dice), cuidando los ambientes donde se desenvuelve María (y sus momentos de aislamiento total), y con un suave sentido del humor, la protagonista nos arrastra por su crisis emocional. En esa crisis es consciente de su fragilidad y debilidad, de cómo es capaz de hacer daño a los que más quiere, del miedo que le da el futuro o intentar cumplir sus sueños, lo que necesita cuidar de los suyos y de tener de vez en cuando la aceptación de todos (sentirse necesitada y útil), lo que le gusta la independencia pero también la necesidad que tiene de ser amada con compromiso, la importancia que da a que la dejen ir a su tiempo y que no la hagan cumplir los estereotipos sociales de una treintañera (que tenga que tener una casa propia, pensar en una pareja, una familia e hijos, un trabajo fijo (y que triunfe en él, quizá renunciando al sueño de ser una gran escritora…)… Lo que la cuesta expresarse y gritar sus emociones, sus miedos, sus incertidumbres… La necesidad de mostrarse fuerte y de que todo lo tiene bajo control… María es un personaje real, vivo… de carne y hueso.

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