Gilda en los Andes

Una película perdida es el trepidante macguffin para sumergirse en Gilda en los Andes. Y ese título evocador es una metáfora sobre lo que es capaz de hacer un cinéfilo por recuperar o descubrir una película en paradero desconocido… En las páginas del libro encontramos una leyenda que cuenta que “un grupo de locos animados por la Hayworth decidieron que debía preservarse una copia a toda costa, de la hecatombe nuclear, de los puritanos radicales, de la ira de Alí Khan…, ¡qué se yo! Y se lanzaron a enterrarla en lugar seguro e inexpugnable en la cordillera de los Andes”. Pero la película perdida no es Gilda, aunque por supuesto tiene su protagonismo, no podía ser de otra manera. La película perdida es la copia número tres de La dama de blanco de Rasmus Bjornson, cineasta de tierras frías. Fernando Marañón, con un buen sentido del ritmo, crea una novela que es un homenaje al cine tanto en la forma de escribirla como en lo que cuenta. No solo hay cine negro y de espías en la narración sino también máquina de escribir de la novela negra norteamericana, con los escenarios fríos de la novela negra nórdica. Y también un poco de esa España de thriller que sobrevive en una crisis económica y social, con la corrupción política a cuestas y que baila entre lo tradicional y lo moderno… con ecos quijotescos y ese humor de superviviente de la pluma de Quevedo. Pero también un juego perpetuo de realidad y ficción, de personajes históricos mezclados con otros irreales, de edificios y escenarios que forman parte de nuestro mundo y otros de creación literaria… e incluso algún personaje fantasmagórico, algunas mujeres míticas que arden como el celuloide y otros de carne y hueso. Y de ese cóctel explosivo se consigue una novela de lo más entretenida.

Gilda en los Andes tiene varios escenarios variopintos, pero hay dos muy cinéfilos. Uno es la Filmoteca de Cádiz en el Palacio Buñuel. La Filmoteca como refugio, como hogar de últimos románticos. El cinéfilo de celuloide en extinción. El de la sala oscura y la enorme pantalla blanca. Y una Filmoteca en crisis, que pone de relieve las dificultades que están pasando las filmotecas españolas para sobrevivir. Y otro escenario donde se desarrolla parte importante y emocionante de la trama es el festival de cine de Tromso en Noruega. Durante sus páginas los protagonistas hablan de cine, de películas, de directores, de actores y actrices o incluso interactúan con ellos. Hay un pequeño y curioso anecdotario de cine internacional, pero también de un cine español donde junto a un Luis Buñuel que traspasa fronteras, también están esos actores de carácter como Francisco Rabal o Luis Escobar, dignos personajes para protagonizar mil y una novelas. También hay Historia y unas gotas de homenaje y fantasía como un cinéfilo Alfonso XIII o un viaje por España por parte de Rossellini y Truffaut.

Y es que hay una frase de Garci que se repite unas dos veces en esta historia. Algo así como que dentro de un cine o cerca de un cine nada malo puede pasar; igual que le ocurría a Holly que tenía esa misma sensación cuando entraba o estaba cerca de Tiffany en Desayuno con diamantes. Pues bien el lector que se sumerge en Gilda en los Andes va a pasar mil y una aventuras, como los falsos culpables o los héroes cotidianos de algunas películas de Alfred Hitchcock, desde el sillón de su casa, sin que nada le ocurra. Nada malo va a pasar por inmiscuirse en sus páginas, pero sí la sensación de meterse dentro de una pantalla blanca entre flashbacks y travellings desembocando en la noche americana. Como si fuese Roger O. Thornhill de Con la muerte en los talones va a recorrer países y distintos escenarios acompañando a dos hombres corrientes, unidos por el cine, y condenados a encontrarse y a entenderse: Antonio Requena, director de la filmoteca de Cádiz y un director de cine danés en horas bajas pero con fama comparable a la de Lars Von Triers.

Esa es la trama principal donde también se encuentra una galería de secundarios de importancia como un teórico de cine noruego algo desencantado, una bella dueña de un hotel de hielo… o ni más ni menos que el servicio de inteligencia danés, con agentes grises y otros dobles, que arrastran una telaraña de venganzas y traiciones. Pero como en las grandes películas también hay tramas secundarias que van paralelas a la principal como ese grupo de amigos de Requena que son empleados y espectadores de la filmoteca que deciden poner todo patas arriba por no perder su último refugio. Tampoco puede faltar ese romanticismo de cine o novela negra con un punto de fatalidad. Ni perder de vista que en el cine de espías, de suspense o el puro cine negro nada es lo que parece. Y que a la vuelta de la esquina, es decir, de la página, hay un giro sorprendente.

Gilda en los Andes es un laberinto con una meta final donde hay incógnitas, misterios no desvelados, secretos a voces, sueños de celuloide y unas gotas de glamour.

Nota: si queréis conocer más a su autor no tenéis más que visitar el blog David y Goliat. Cine español versus cine de Hollwood (link directo a la derecha en Otros apasionados cinéfilos).