Entre Moonrise y China Doll hay diez años de diferencia. Diez años que Frank Borzage se tomó como sabáticos. Después de China Doll, solo hizo una película más, El gran pescador. Algunos expertos ven en Moonrise su testamento cinematográfico y es cierto que China Doll parece más una película de compromiso. Lo que sí es verdad es que Moonrise es una sorpresa tanto formalmente como de contenido donde se encuentra un Borzage capaz de meterse en la mente de un hombre acosado por la culpa y es una película donde fluye un espíritu desaforadamente romántico (su seña de identidad). China Doll, sin embargo, se esconde tras una fórmula repetida de cine bélico y amoríos, pero refleja momentos del Borzage más romántico y trascendente.

Moonrise (Moonrise, 1948)

Moonrise

… amor con reflejos de luna

En menos de cinco minutos, un Frank Borzage magistral cuenta toda la vida del protagonista, sus traumas y plantea el conflicto de la película. Nos muestra unos pies reflejados en el agua y cómo caminan en un día de lluvia. Son de un grupo que se dirige a una horca, solo vemos las sombras. Un hombre es ejecutado. A continuación oímos el llanto de un niño y cómo al lado de su cuna cuelga un muñeco, similar a un ahorcado. Después ese niño, Danny, está en el patio de un colegio y sufre las burlas sobre todo de un muchacho, Jerry, sobre la muerte de su padre. Entremedias siempre las sombras del ahorcamiento. Esas burlas y humillaciones nunca se acaban, y siempre es el mismo niño quien incita… Hasta llegar otra vez a unos pies adultos, de dos hombres jóvenes. Son los mismos, Danny (Dane Clark) y Jerry (Lloyd Bridges), y esta vez empiezan discutiendo por una chica y terminan peleándose de manera violenta por lo de siempre, la muerte del padre del Danny. Este reacciona con furia, pero Jerry también. En un momento dado Jerry coge una piedra enorme y golpea fuerte a Danny y este logra arrebatársela pero ya está perdido en una espiral de violencia y pierde los estribos hasta dejar a Jerry sin vida. Danny no quería… y vuelve a hundirse en esa oscuridad, de la que nunca ha salido, pues siempre ha pensado que la muerte de su padre le ha marcado. Con una economía expresiva increíble, Borzage ya te ha contado la esencia de la película y el inicio del viaje interior a los infiernos del protagonista hasta que logra ver la luz en su vida.

Pero es que ese viaje interior, Borzage lo expresa y lo plasma con los planos empleados, cerrados, y con los movimientos de cámara. Angustia, agobio, agonía, sufrimiento… Hay una secuencia que explica totalmente esta manera de filmar. Y es un momento en que vemos a un Danny algo más relajado de lo habitual, en buena compañía, y disfrutando de una feria. Sin embargo, cuando percibe la presencia del sheriff, Danny no solo se inquieta, sino que se obsesiona con que le persigue y entra en una espiral de terror. Sobre todo cuando suben ambos en una noria, pero en distintos compartimentos. La sensación de pánico, angustia, mareo y desmayo… no cuenta solo con la interpretación pétrea de Dane Clark, sino también por los planos cerrados, por un movimiento de cámara que angustia, que agobia, que marea… que muestra la deformación y percepción de la realidad en la mente de Danny y su reacción irracional.

Pero Danny también es pasional y se aferra al amor como tabla de salvación, aunque cuando la cabeza le estalla también se aleja de él. La rivalidad con Jerry se recrudece porque ambos van detrás de una misma chica, la maestra del lugar, Gilly (Gail Russell, bellísima actriz y con un triste destino). Cuando la furia de Danny casi hace que la pierda, trata de tranquilizarse más con ella, de abrirse. Y Gilly se siente atraída y se entrega a ese joven atormentado que es Danny. Deja el camino cómodo, pero no feliz, que le hubiera ofrecido su unión con Jerry (es el hijo de un banquero), para intrincarse en la relación compleja y pasional que le entrega Danny. Un amor que los trasciende…, los eleva. Su primer encuentro en un baile, con el uso de primeros planos que sobre todo idealizan la imagen de ella (por la mirada de él), después de que Danny vuelve de su pelea mortal con Jerry, escenifica la atracción entre ellos, pero también la confusión que tienen ambos respecto sus sentimientos. Sus momentos de intimidad son filmados con una belleza formal y rodeados de un halo de amor imposible, complejo… siempre en solitario, hasta el momento de la feria, donde se atisba una esperanza de normalidad.

En ese camino al infierno del personaje principal, algunos personajes además de Gilly, le van haciendo ver que es él mismo y su mente la que se deja marcar por el fallecimiento de su padre, no ve más allá, ni trata de comprender tampoco qué le pasó realmente a su padre y por qué actuó así. Y son los que le hacen ver que hay otro sendero, que su mente puede descansar, que se puede rectificar, y que puede iniciar una vida sin sentimiento de culpa y fuera de su infierno mental. Así hay una galería de buenos secundarios con unos personajes perfectamente construidos: el sheriff (Allyn Joslyn), un chico sordomudo (Harry Morgan), su tía (Selena Royle) y su abuela (Ethel Barrymore)… Pero hay un personaje carismático y es un hombre, Mose (Rex Ingram), que vive aislado por convencimiento y cuida de una manada de perros. A su lado Danny (y al lado de los perros) no solo se encuentra bien sino que es capaz de abrirse un poco más y expresar sus angustias. Mose es una especie de filósofo de la vida que trata de que Danny se quiera un poco más y trate de entender el mundo en el que vive, que no le da la espalda a pesar de sus arrebatos (son más de los que piensa Danny, aquellos que no le dan la espalda…).

Moonrise es un viaje a la mente de un hombre atormentado y castigado, que no se perdona un acto en el cual no tuvo nada que ver. Solo cuando logra acudir a la tumba del padre, y después de un duro viaje mental de aprendizaje, aprende a asumir su propia vida y mirar con otros ojos el retrato de su progenitor (a entender lo que ocurrió).

China Doll (China Doll, 1958)

China Doll

… un amor que crece en los momentos cotidianos

Durante la historia del cine en Hollywood se pueden rastrear películas que cuentan historias de amor entre occidente y oriente. Así durante el periodo silente y pre-code nos encontramos con las siguientes historias: Lirios rotos de Griffith, donde una damisela con rostro de Liliam Gish cae delicadamente en los brazos de un chino en un Londres de los bajos fondos. O La amargura del general Yen, durante el pre code, donde un general chino secuestra a una norteamericana con la cara de Barbara Stanwyck. Después de la Segunda Guerra Mundial y también durante la guerra de Corea, surgen películas bélicas con espíritu de melodrama con más amores entre occidente y oriente: Sayonara de Joshua Logan o La colina del adiós de Henry King. Y curiosamente Borzage regresa al cine con una de estas historias, China Doll, donde cuenta los trágicos amores entre un desencantado piloto y una joven china durante la Segunda Guerra Mundial.

Una película entretenida, agradable de ver, y que solo en algunos momentos, y por eso merece la pena su visionado, se nota la maestría de un buen director como Borzage. Lastrada por unos personajes secundarios que no están bien construidos (los compañeros de los protagonistas) así como debilidades en la trama, tiene más carácter de película rutinaria, pero de pronto hay destellos que convierten a la película en especial.

Y ¿cuándo nacen esos destellos? En el reflejo del trágico amor entre el desencantado aviador (Victor Mature) y la tímida y entregada joven china (Li Hua Li). Desde su primer encuentro por la noche de los dos futuros amantes: con un piloto borracho perdido y un hombre que le vende a su hija sin que este apenas sea consciente, y este le ilumina el rostro con una cerilla. Los momentos de intimidad entre ambos con la presencia de un niño chino que les hace de traductor y con el que establecen vínculos creando una extraña familia. El momento del piloto gravemente enfermo y la entrega total de ella, sus dos rostros en primer plano…, la boda por la tradición china. Y el trágico final donde logra Borzage una emoción máxima con el fin de la extraña familia con momentos de una intensidad y una belleza formal evidente, y la protección de cada uno de ellos a la esperanza de futuro de ese amor trascendente que les unió a todos: una niña recién nacida, fruto del amor de la pareja protagonista.

China Doll es la demostración de que hasta en las películas menos brillantes de los buenos realizadores no pueden evitar destellos de su escritura cinematográfica especial.

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