La colina (The hill, 1964) de Sidney Lumet

La colina

… o el castigo inútil, el mito de Sísifo

Si nos vamos a la mitología clásica, nos encontramos con la figura de Sísifo obligado a empujar una y otra vez una piedra de peso por una colina y cuando está a punto de llegar a la cima la roca vuelve a rodar hacia abajo. Entonces Sísifo tiene que repetir por la eternidad un trabajo agotador. En el siglo XX, Albert Camus recuperaría el mito para reflejar al hombre contemporáneo condenado a una tarea inútil. Y se puede decir que Sidney Lumet vuelve al mito en su versión más cruda en esta desconocida película de su filmografía, La colina. Y una colina artificial es lo primero que se ve, según van apareciendo los títulos de crédito…, y esa colina será la representación del castigo cruel e inútil bajo el sol abrasador que los oficiales de un penal militar británico, en el norte de África durante la Segunda Guerra Mundial, infringen a aquellos hombres del ejército británico que hayan incumplido la normativa (deserciones, robos, golpear o desobedecer a superiores…). La película arranca cuando llegan cinco nuevos presos, cada uno con su historia a las espaldas, y cómo sobre todo uno de los oficiales, el sargento Williams, se ensaña con ellos, con el visto bueno del director del penal.

Sidney Lumet no pisa en ningún momento el campo de batalla, pero refleja una película dura y compleja sobre la vida castrense. Un ejército que quiere hombres que obedezcan, que sigan la norma y las órdenes, que no piensen, que no sientan, que no sufran… y aquel que se salga de esos cánones es humillado y castigado hasta la extenuación. Lumet es absolutamente demoledor en la primera parte de la película en la que el espectador se agota solo viendo el castigo continuo y sin pausa de los cinco hombres. La colina siempre es una amenaza agotadora bajo un sol abrasador, siempre la suben con los petates, cargados. Angustia cómo tienen que comer. Por las noches procuran que no descansen, les dejan siempre una luz que se enciende y se apaga continuamente por la noche. Siempre recibiendo órdenes, aunque sean absurdas. Nunca les dejan estar quietos o si lo están es bajo un sol abrasador. Y luego además del esfuerzo físico, las humillaciones continuas: uno porque es negro (no se esconde el racismo), otro porque es gordo, y el de más allá porque es débil y sensible… Primeros planos de los rostros deformados por el esfuerzo y el sudor y también de los cuerpos agotados. Planos secuencia para ilustrar lo infinito de las tareas.

En un momento especialmente cruel en la celda que comparten los cinco prisioneros ocurre un hecho que trastoca el “orden” de la prisión militar. Pues todos los presos pero en especial uno de los cinco nuevos, Joe Roberts (Sean Connery), cuestiona la actuación de los oficiales de prisión. Y entonces Sidney Lumet sigue sin dejar respiro alguno y la presión a este hombre va en aumento hasta que va consiguiendo apoyos no solo de compañeros sino de otros oficiales de la prisión. Sin embargo, Lumet potencia su pesimismo hacia el ser humano y deja un final inesperado, seco e impactante. Y es que como ya hiciera en una de sus principales obras Doce hombres sin piedad (y casi es un sello autoral de las películas de Lumet) trabaja a la perfección la psicología de cada uno de los personajes de esta película coral (tanto de cada uno de los cinco nuevos prisioneros como de todos los oficiales en cuestión) así como las relaciones que van estableciendo entre sí. Para ello se rodea de una buena galería de actores (Sean Connery, Harry Andrews, Ossie Davis, Ian Hendry, Ian Bannen, Jack Watson, Alfred Lynch, Roy Kinnear o Michael Redgrave) con unas interpretaciones escalofriantes.

Y es que además La colina no es una película fácil ni cómoda. Transcurre en la Segunda Guerra Mundial y en la parte aliada. Y ahí se descubren hombres sádicos, irracionales, psicológicamente inestables, que maltratan hasta provocar la muerte, algunos altos mandos que no se quieren cuestionar lo que está ocurriendo, que ni siquiera les interesa o no quieren problemas o que empiezan a reaccionar pero por asuntos personales. Pero tampoco muestra a los presos como hombres buenos y honestos, sino como seres humanos con todos sus defectos al descubierto, con complejidades varias, y muy afectados psicológicamente. La colina muestra un retrato demoledor del ejército. Y la desesperación final del personaje de Sean Connery deja un gusto amargo en la boca y la mente inquieta.

Lone star (Lone star, 1996) de John Sayles

Lone star

… Sam y Pilar, los protagonistas de una maravillosa y trágica historia de amor

En un autocine abandonado, en una pantalla que ya no proyecta películas, vuelven a encontrarse un hombre y una mujer a los que en su adolescencia no les dejaron amarse. Ahora juntos de nuevo reviven recuerdos y tratan de intentarlo otra vez… porque se sienten inevitablemente unidos. Porque Lone star es una película de frontera, con aires de western triste, una película social y política con cuestiones complejas como la racial (o también la corrupción que campa a sus anchas), una película sobre leyendas lejanas, donde se encadena el pasado y el presente, una película de secretos y revelaciones… pero sobre todo es una trágica historia de amor con un final fuerte a la vez que libre. Y es que John Sayles construye una película de una investigación policial… pero sobre un caso del pasado.

Su compleja estructura es uno de los aciertos con las revelaciones justas a través del flash back, recurso perfectamente empleado. Donde presente y pasado se funden, donde las vidas de todos los personajes se cruzan. Y donde hay continuidad, pero con distintos formatos (quizá no tan distintos), entre las cuestiones sin resolver del pasado y las del presente. Cuestiones sociales que continúan igual (o peor) como la situación de los espaldas mojadas o las cuestiones políticas como la corrupción reinante.

En una zona desértica dos militares se topan con un esqueleto humano y el caso va a parar en manos de Sam (Chris Cooper), el sheriff local, hijo de Buddy, el sheriff leyenda de la localidad, respetado y amado. La leyenda comenzó cuando Buddy, como ayudante, se enfrentó al sheriff Charlie Wade (Kris Kristofferson), un hombre que sembraba el terror en la localidad y corrupto. Poco después Charlie Wade desapareció de forma misteriosa y nunca se volvió a saber de él.

John Sayles construye una historia de intereses creados y otras complejidades, un puzle donde un héroe desencantado y triste, Sam, va colocando cada una de las piezas. Y es que ese esqueleto tiene mucho que ver con la herencia recibida, con su pasado. Así por una parte investiga, y su principal sospechoso es su padre ya fallecido, con el que nunca mantuvo una buena relación, y por otra se reencuentra con el amor de su vida, la mexicana Pilar (Elizabeth Peña), ahora profesora de historia en un instituto, y nota que siente lo mismo. Y la investigación y la historia de amor confluyen como las demás tramas.

En realidad Sayles construye su historia de manera compleja pero fluye fácilmente ante nuestros ojos. También habla de cómo se construyen las leyendas o cómo se cuenta la Historia con mayúscula (según el punto de vista). Y el rostro de hastío de Sam pero también sus ganas de latir, de ilusionarse de nuevo con la vida, dan un ritmo pausado, pero a la vez trepidante, a la película. A Buddy (Matthew McConaughey), el sheriff de leyenda, lo conocemos más a través de las palabras de los otros y la mirada de su propio hijo, que quiere encontrar las grietas al mito, que por los flash backs. El que surge como personaje mítico y maldito, como el terror de la localidad, con una presencia fuerte es Charlie Wade (un potente Kris Kristofferson), como aquel que corrompe el sistema y que perpetua en el presente la senda que ya abrió. No solo aparece un esqueleto, sino un sistema social y político que cambió mucho menos de lo que podía parecer… Siempre hay intereses para perpetuar ciertas prácticas.

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