La la land

Keith (John Legend), el amigo de Sebastian (Ryan Gosling), le dice durante una conversación que mantienen: “Sigues obsesionado con Kenny Clarke y Thelonious Monk. Fueron revolucionarios. ¿Cómo vas a ser revolucionario si eres tan tradicionalista? Te aferras al pasado, el jazz habla del futuro”. Y aunque esta frase habla de la pasión de Sebastian, sirve también para ilustrar la película de Damien Chazelle, La la land. Pues Damien Chazelle es tradicionalista en su forma de contar una historia, y como su protagonista un romántico en sus pasiones, pero es revolucionario. Y no, no lo es en puesta en escena o en recuperar el género musical (que es una disculpa, un hermoso trampantojo), sino en ofrecer una película para soñadores en tiempos revueltos. Igual que en la época del crack del 29 el público tenía hambre de cine y necesitaba poder refugiarse en sus salas y evadirse de un mundo del que apetecía apearse, Damien Chazelle realiza una película para soñar en tiempos de crisis, y poder volar en un planetario hasta alcanzar las estrellas. Sin embargo, llega en un momento en que las salas de cine son como el club de Jazz que quiere poner en marcha Sebastian. Reductos solitarios, aislados. Donde las salas de cine se están cerrando, y abrir una nueva es una hazaña de soñadores. Pero en las salas de cine se siguen refugiando espectadores ávidos de sueños.

Y es que al igual que en los años 30, el glamour de Ginger y Fred o las coreografías de Busby Berkeley permitían unos minutos de evasión; ahora en pleno siglo xxi, Emma Stone y Ryan Gosling, como Mia y Sebastian, dos enamorados con pasiones, logran hacer volar la imaginación del espectador. Ambos destilan química a raudales, como ya lo hicieron en Crazy, Stupid, Love, y hacen creíble a una pareja romántica que pasea por las estaciones del año su crónica de amor imposible. Así la aspirante a actriz y el pianista de jazz apasionado por un género musical que no está de moda caminan por la ciudad de las estrellas y los sueños rotos, donde ficción y realidad se mezclan. Y es que La la land es una preciosa historia de amor y desencanto pero también trata sobre la importancia de perseguir los sueños, de dejarse llevar por las pasiones (aunque supongan renuncias). Y para narrarla, Chazelle toma como disculpa el género musical y cientos de referencias para construir un romance que va in crescendo hasta un apoteósico y triste final.

Damien no es revolucionario en dar continuidad al género musical, sino que crea la ilusión de revivirlo. Ahí se sigue viendo su vena tradicionalista, romántica. Y es que ese final apoteósico provoca los mismos sentimientos que los últimos e impresionantes números musicales de películas míticas como Cantando bajo la lluvia o Un americano en París. No actúan grandes bailarines o cantantes con coreografías impresionantes, sino que son pinceladas de pasado y de historia del cine musical. Sombras sobre lienzo blanco e ilusiones… Chazelle elige a Stone y a Gosling, dos actores a los que pone a cantar y bailar, como hiciera en su momento Joseph L. Mankiewicz en su inmersión en el cine musical con Marlon Brando y Jean Simmons en Ellos y ellas. Y sentimos los ecos de Ha nacido una estrella en el personaje de Mia y en la ciudad de Los Ángeles o cómo el amor detiene el tiempo y el espacio tal y como ocurre en la escena del baile entre Maria y Tony en West side story. La tristeza del amor imposible, pero aun así la alegría de vivir, como una fusión de Los paraguas de Cherburgo y Las señoritas de Rochefort de Jacques Demy. La presencia fantasmal o la inspiración de Fred Astaire, Gene Kelly, Cyd Charisse, Leslie Caron… en los bailes en solitario de la pareja o la influencia de coreógrafos míticos como Bob Fosse (en ese momento de Mía con sus amigas y los vaporosos vestidos, un recuerdo fugaz de un momento de Noches en la ciudad). Y se va acercando en destellos a musicales más modernos y a la amargura del New York, New York de Scorsese o al paseo urbano de amores rotos de Corazonada de Coppola, hasta llegar a la canción que emociona con actriz brillante como los solos musicales que han dado Nicole Kidman (Moulin Rouge y Nine), Anne Hathaway (Los miserables) y ahora Emma Stone y su canción Fools who dream en la audición final.

La la land

Y las pasiones de los protagonistas, el jazz y el cine clásico, envuelven sus sueños. Pero son dos pasiones que sobreviven, como los sueños de los protagonistas, dispuestos siempre a volver a nacer. El póster de Ingrid Bergman en la habitación de Mia, las dos secuencias en el cine Rialto (una para ver Rebelde sin causa de Nicholas Ray… donde curiosamente se quema el celuloide, como símbolo de un soporte ya obsoleto, sueños de celuloide que arden. Y la otra para ver el monólogo teatral de Mia… Cine y teatro, apenas sin público en la platea. Bueno, hay una tercera aparición del teatro en ese final emocionante, pero queda reservado hasta su visionado), las referencias de Sebastian a sus ídolos, los discos de vinilo, y los locales míticos… Y por Rebelde sin causa regresamos al planetario como escenario cinematográfico, aquí como culminación del enamoramiento; y Mia recuerda el visionado de películas clásicas con su tía, bonito personaje ausente, o los dos protagonista pasan de largo por el mural de You are the star, donde míticas estrellas de cine como Marilyn, Chaplin, Bogart, Liz Taylor o Dean están como espectadores en una sala de cine.

Y entre la ilusión de pasear por los fantasmas del género musical clásico y del cine de celuloide surge una triste historia de amor de dos personas apasionadas.

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